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Santiago Navajas

No todos los socialistas son malditos, Milei

Pero sí es cierto que por cada Simone Weil hay cien al estilo de Angela Davis y por cada Marcel Mauss una legión de émulos de Pablo Iglesias.

Pero sí es cierto que por cada Simone Weil hay cien al estilo de Angela Davis y por cada Marcel Mauss una legión de émulos de Pablo Iglesias.
El líder de Vox, Santiago Abascal junto al presidente de Argentina, Javier Milei | Europa Press

En su mitin para Vox en Madrid, Milei ha caracterizado a los socialistas de "malditos" y ha sintetizado el socialismo como un núcleo de envidia y resentimiento recubierto de una pátina hipócrita de buenos sentimientos. Sin embargo, Hayek dedicó su gran libro Camino de servidumbre a "los socialistas de todos los partidos" porque creía que gran parte de los socialistas estaban animados por buenos y auténticos sentimientos de justicia y solidaridad, solo que se equivocaban al creer que la mejor forma de ayudar a los más débiles, vulnerables y que sufrían de miedo y dolor es mediante una intromisión del Estado en sus vidas, convirtiendo al Leviatán estatal en un sustitutivo perverso de Dios.

Dos socialistas benditos fueron Simone Weil y Marcel Mauss. Tanto la filósofa como el antropólogo, ambos franceses, son inobjetables desde la pureza teórica y práctica de la izquierda. Weil luchó en la guerra civil española; Mauss tanto por familia, su tío era Émile Durkheim, como por su profesión, escribía también en L'Humanité, era un referente del socialismo. Ambos eran profundamente antitotalitarios, como también lo eran Orwell, Russell y Gide. Creían en la justicia, la educación laica y una moral social solidaria.

Mauss no solo no se embarcó en el socialismo de la violencia, sino que tuvo el coraje de señalar con nombres y apellidos a los socialistas que habían seguido el dictum de Marx en el Manifiesto Comunista sobre que el socialismo solo podría llevarse a cabo mediante la violencia. En el artículo "Fascismo y bolchevismo", de 1923 y con el golpe de Estado bolchevique contra la república liberal rusa todavía chorreando sangre (a Lenin se le responsabiliza de tres millones de muertes), subrayó la raíz común del terrorismo comunista y fascista, de Lenin y Mussolini, en el "alma despiadada" de Georges Sorel.

El fascismo, y su primogénito, el bolchevismo, son ante todo movimientos de tropas que no han querido disolverse […] En el fondo el fascismo y el bolchevismo no son más que episodios políticos de la vida de pueblos que permanecen ineducados políticamente.

La esencia común a fascismo y comunismo que apuntaba Mauss la trazó en una página inolvidable Simone Weil en un artículo titulado "No empecemos otra vez la guerra de Troya", que se puede leer en El desasosiego de nuestro tiempo (editorial Página Indómita):

De una y otra parte, vemos el mismo dominio del Estado sobre casi todas las formas de vida individual y social, la misma unanimidad artificial obtenida mediante la coacción, en beneficio de un partido único que se confunde con el Estado. Por eso se puede afirmar sin temor que la oposición entre fascismo y comunismo no tiene rigurosamente ningún sentido.

Escrito en 1937, es decir cuando la mayor parte de los intelectuales se arrodillaban extasiados para venerar el totalitarismo soviético, revela la lucidez asombrosa de la filósofa francesa. Tuvimos que esperar hasta 2019 para que el Parlamento europeo equiparase los "asesinatos en masa, genocidios y deportaciones de ambos regímenes" durante el siglo XX. Sin embargo, los socialistas europeos trataron de colar una propuesta diferente a la aprobada para tratar de que no se mencionase el comunismo y sus crímenes.

Milei ha responsabilizado a los socialistas de haber asesinado a 150 millones de personas. Pero como es el caso de los señalados Weil y Mauss, hay socialistas que rechazan la violencia como herramienta política. Pero deberían ser los primeros en señalar a aquellos de sus compañeros de denominación que la justifican teóricamente: "praxis revolucionaria" lo llaman. El "pecado original" socialista en clave marxista y anarquista es su compromiso con la violencia y la dictadura. Y hemos visto a Zapatero y Sánchez homenajear a golpistas como Largo Caballero y terroristas como Álvarez del Vayo, a Yolanda Díaz y Errejón glorificar a Fidel Castro, a Julio Anguita ser enterrado con la bandera de la Unión Soviética y en las universidades de todo el mundo reivindicar, tanto catedráticos nostálgicos del materialismo dialéctico como estudiantes ahítos de ideología de género, a Lenin y Stalin.

No, Milei, no todos los socialistas son unos malditos por reivindicar la violencia y propagar el resentimiento, pero sí es cierto que por cada Simone Weil hay cien al estilo de Angela Davis y por cada Marcel Mauss una legión de émulos de Pablo Iglesias. También es misión nuestra, como liberales, hacer como Hayek y convencer a los socialistas benditos, sobre todo haciendo que comprendan que no hay lugar en la civilización para el socialismo maldito.

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