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Cristina Losada

El coste de coleccionar felicitaciones de Hamás

Las democracias europeas más relevantes no están por recibir las tarjetas de felicitación de Hamás, las mismas que colecciona España.

Las democracias europeas más relevantes no están por recibir las tarjetas de felicitación de Hamás, las mismas que colecciona España.
El ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel Albares. | EFE

Un barómetro del Real Instituto Elcano, recién publicado, dice que un 78 por ciento de españoles está a favor de que "los Estados europeos reconozcan ya al Estado de Palestina". La pregunta no era si España debía reconocerlo ahora, junto a Irlanda y Noruega, sin esperar por países europeos importantes, pero la encuesta servirá para que Sánchez y Albares se ufanen más de lo acertado de su iniciativa. Hay un tipo de político que mide la corrección de sus decisiones sólo con la vara de los sondeos. Si una decisión suya cuenta con apoyo popular, ya no hay quien le quite de la cabeza que es espléndida y maravillosa. Es un método amoral, pero puede recompensar al oportunista con votos. En política exterior, en cambio, es un método peligroso. Ahí no es cuestión de votos, sino de costes. Costes que no paga el gobernante que mete la pata, sino la nación.

Reconocer al Estado palestino ahora, tras la masacre de Hamás y en medio de la guerra que ha provocado la masacre, es un grave error de política exterior que tiene costes para España. Los costes más gravosos no son las amenazas del ministro de Exteriores israelí ni lo que Israel pueda hacer en represalia, aunque llegara a tocar la sensible cuestión del separatismo catalán. No. Quien crea que el coste de esta decisión se limita al enfado israelí se equivoca. Y se equivoca quizá por desconocimiento del mundo occidental. Creer que Israel es un paria sin amigos, sin influencia y sin apoyos es desconocer que en las principales democracias, por motivos que no hace falta explicar, la causa israelí cuenta con el respaldo de grupos influyentes, que apoyan a Israel frente a la voluntad explícita de sus enemigos de destruirlo. Lo apoyan frente a enemigos como Hamás, los masacradores que han felicitado a Sánchez por el reconocimiento. España, felicitada por Hamás. Ya van dos veces. ¿Cómo vender eso?

Albares y Sánchez o no lo han visto o les da igual. Que les pasen la columna de Bret Stephens en el New York Times sobre su feliz anuncio del reconocimiento. Stephens, uno de los opinadores estrella del Times, machaca a España. Empieza precisamente por la opinión pública: he ahí un país donde la gran mayoría está a favor de reconocer el Estado palestino, pero no piensa lo mismo cuando se trata de sus propios movimientos independentistas. Habla de Cataluña y del País Vasco e incluso de Melilla y Ceuta, con vallas y fortificaciones que recuerdan, dice, las que separan Gaza de Israel. El autor distorsiona, cierto, pero lo significativo es otra cosa. Es que en uno de los periódicos más influyentes del globo —en uno de esos diarios que el progre español no sé si lee, pero adora— hubiera un artículo contra España al día siguiente del anuncio. Es la señal de un estado de opinión.

No se puede descartar que esta decisión crítica de política exterior, tomada sin consensuar, se origine en el cliché simplista de que la causa de Israel es de derechas y la de Palestina es de izquierdas. Si en la política nacional funcionan con eso, por qué no en la otra. Pero, ¿por qué creen Sánchez y Albares que Biden, el progresista Biden, mantiene sin fisuras su apoyo a Israel en año electoral? ¿Por qué no hace caso de todos los universitarios pro-Hamás que le gusta tanto sacar a Televisión Española? Que le den unas vueltas a esto los dos imprudentes pueblerinos. Además, los costes de reconocer ahora al Estado palestino, contra la voluntad expresa de Israel, no se repartirán entre muchos. Noruega e Irlanda son países pequeños. Malta, Bélgica o Eslovenia más aún. Y por ahí se va a quedar el recuento. Más los que ya estaban, la mitad de los cuales reconocieron al estado proclamado por la OLP en 1988, cuando eran satélites y aliados de la Unión Soviética. Con las oleadas de antisemitismo que han aflorado tras la masacre de Hamás, las democracias europeas más relevantes no están por recibir las tarjetas de felicitación de Hamás, las mismas que colecciona España.

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