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Jesús Fernández Úbeda

Un "cobarde" y sus socios derrotan al "régimen del 78" en una pocilga

Feijóo, con un gran discurso elegíaco, puso cordura en un manicomio en el que los zumbados han tomado el poder.

Feijóo, con un gran discurso elegíaco, puso cordura en un manicomio en el que los zumbados han tomado el poder.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, emite su voto. | EFE

Alberto Núñez Feijóo pronunció, quizá, el mejor discurso de toda su carrera política este jueves, poco antes de que el Congreso de los Diputados, rebajado a pocilga, aprobara definitivamente la ley de Amnistía por 177 votos a favor y 172 en contra –la diputada de Podemos Martina Velarde no acudió por un problema personal grave–, y justo después de que algunos diputados de Vox, hiperventilando, le gritaran "traidor" a un pobre diablo socialista, el desconocidísimo Artemi Rallo, y de que éste llamara a los miembros de una formación que representa a tres millones de españoles "neofascistas" y "filonazis". El líder de la oposición puso cordura en un manicomio descontrolado, en un Asilo Arkham en el que los zumbados han tomado el poder. Lloró a los muros de la patria nuestra, "si un tiempo fuertes, ya desmoronados" (Quevedo), denunciando con serenidad, rigor y dureza la "corrupción política" del, hasta las 10:35, ausente Pedro Sánchez, preguntando a la bancada socialista por qué su "amo" es "tan cobarde que ni siquiera comparece hoy" y aventurando que "la legislatura empieza y puede acabar aquí".

Oriol Junqueras, Carme Forcadell, Dolors Bassa o el rociero Jordi Turull fueron testigos de honor del infecto vodevil. Cuando el pleno arrancó, sólo once de los veintitrés integrantes del Ejecutivo tenían plantadas sus posaderas en sus respectivos escaños. El sarao empezó flácido, con Alberto Catalán, de UPN, comparando al Gobierno con Judas; con la mascota del BNG, Néstor Rego, tan contento por decir "grazas" en la tribuna de oradores, o con Jon Iñárritu, de EH Bildu, hablando un catalán infinitamente mejor que el de Rufián. El desinterés general de sus señorías se manifestó en un runrún masivo y compacto que trituró Míriam Nogueras, a quien sí se le teme y, por ende, se le escucha. La portavoz de Junts celebró haber ganado "una batalla entre el conflicto de las dos naciones, la nación catalana y la española" y aseveró que "la lucha continúa", que están preparados para "pasar de las palabras a los hechos, de la retórica a la acción". El Polichinela augusto de ERC, por su parte, festejó la "primera derrota del régimen del 78", y señaló la "próxima parada: el referéndum".

Gerardo Pisarello, tucumano comunista que, en 2015, disfrutó de su minuto de gloria al impedir que el otrora líder del PP de Barcelona, Alberto Fernández, desplegara en el balcón del Ayuntamiento de la Ciudad Condal una bandera española –instantes después de que Alfred Bosch colgara una estelada–, sacó las uñas por Begoña Gómez, atizó a las "derechas instaladas en el neofranquismo más descarado" y aseguró que la Ley de Amnistía será la "antesala de cambios más profundos". Santiago Abascal también invocó a la esposa del presidente del Gobierno, pero de otra manera, claro: "No sabemos si van a amnistiar a sus ministros, a sus propios familiares o si el señor Sánchez tiene la intención de autoamnistiarse". El líder de Vox censuró al secretario primero de la Mesa del Congreso, "que odia profundamente a España", y matizó a Rufián: "Es mucho peor que eso. Se produce la primera derrota y el atentado más grave a los españoles honrados que cumplen la ley desde 1978". Con un "Viva España" remató su intervención.

Acto seguido, comenzó un esperpento pornográfico. Pisarello, en plan drama king, pidió la palabra, Armengol se la dio –la duda ofende– y, como un gremlin mojado, vociferó que es "nieto de republicanos andaluces", que se siente "orgullosamente catalán y latinoamericano" y que no acepta "ninguna lección de los señoritos que siempre han vivido del cuento y que forman parte de organizaciones históricamente islamófobas, antisemitas, que han ido a rendirle pleitesía al carnicero de Rafah". Sus coleguis de Sumar y los diputados de ERC, en pie, se dejaron las manos aplaudiendo; los socialistas, ídem, pero sentaditos. José María Figaredo solicitó intervenir y, oh, sorpresa, la delegada del PSOE en la presidencia del Congreso rechazó su petición. Entonces, la pólvora prendió: diputados de Vox le gritaron "fuera, fuera" a Armengol; Armengol pidió respeto "a la Cámara y a la democracia"; los voxeros Pedro Fernández, Ignacio de Hoces y Manuel Mariscal se quedaron a gusto rugiendo "traidor" y "corrupto" al socialista Rallo, y éste los llamó "neofascistas cerriles" y, ojo al oxímoron, "filonazis que se reúnen con Netanyahu". En la tribuna de prensa, algunos apostamos que el fregao acabaría a hostias.

Recuperada cierta calma, el diputado Rallo, peón fatuo, se ciscó en "la Meloni" y, como la pitonisa de una peli de terror de serie B, le profetizó a Feijóo que "va a ser devorado por los suyos, que no le van a pasar otra victoria quimérica" y "por la bestia neofascista". La bancada socialista le brindó, firmes, arrr, la pertinente ovación bolivariana.

El presidente del PP clausuró el circo vocinglero con un discurso elegíaco, sobrio e implacable: "No vengo aquí a llamar neofascistas ni filonazis a nadie, vengo a hablar sosegadamente a los españoles". Feijóo denuncio la "corrupción política" por la que Sánchez continúa en la Moncloa, decretó el "acta de defunción del PSOE" y preguntó a la bancada socialista por qué su "amo" es "tan cobarde que ni siquiera comparece hoy aquí": "Si tan buena es la ley de amnistía, retírenla, inclúyanla en su programa electoral, presuman en toda España de ella. Pregunten a la gente, háganlo a lo grande, convoquen elecciones y escuchemos a todos los españoles qué opinan de este fraude electoral". Al poco, el tipo que firma libros escritos por Irene Lozano, impasible, como robótico, entró en el hemiciclo. Sus lacayos le aclamaron servilmente. Arrancó la votación pública por llamamiento. Manuel Mariscal gritó "traidor" cuando el presidente del Gobierno dio su "sí" y, por 177 votos, quedó levantado el veto del Senado a la Ley de Amnistía. Su aplicación, ahora, queda en manos de una justicia terriblemente asediada.

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