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José García Domínguez

La Justicia no es un cachondeo

Ni unos ni otros parecen ser conscientes de las consecuencias políticas profundas del permanente navajeo para poder mover las togas a su gusto.

Ni unos ni otros parecen ser conscientes de las consecuencias políticas profundas del permanente navajeo para poder mover las togas a su gusto.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez y el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. | EFE

La Justicia no es un cachondeo, como espetó en cierta ocasión un alcalde populachero de Jerez en busca del aplauso fácil y barato de la calle. La Justicia es algo mucho más grave que eso, a saber: es uno de los factores causantes de la creciente deslegitimación de nuestro orden democrático y liberal entre amplias capas de la población, un estado de ánimo que ya no se circunscribe a ámbitos marginales de la opinión pública española. Fenómenos como el de la inopinada irrupción en las urnas de personajes salidos de las cloacas más pestilentes de Internet no resultan ajenos, sino más bien todo lo contrario, al descreído cinismo antipolítico que acaban provocando las luchas públicas de los dos grandes partidos para tratar de controlar el gobierno de los jueces.

Ese espectáculo bochornoso, el de ver a PP y PSOE forcejeando durante años en una reyerta a cara de perro por repartirse el botín de los tribunales, ha hecho más por fomentar la mentalidad antisistema que toda la legión de agitadores y demagogos que surgió a la escena pública tras la Gran Recesión de 2008. Pero ni unos ni otros parecen ser conscientes de las consecuencias políticas profundas del permanente navajeo para poder mover las togas a su gusto. Ahora, Sánchez amenaza con eso tan castizo y español, un trágala, a Feijóo. Y Feijóo se lo devolverá, algo también muy castizo y muy español, cuando sea él quien ocupe la Moncloa. Es cansino. Es estéril. Y, sobre todo, es inútil.

Así las cosas, si queremos ser lo mismo a esos efectos que Hungría y Polonia, sin duda, vamos por el buen camino. Pero si el propósito fuese asemejarnos a una democracia seria, tal vez debiéramos fijarnos en Italia. Porque Italia, cuyo modelo imitamos al redactar en su día la actual Ley orgánica del Poder Judicial, acaba de instaurar otro sistema diferente tras constatar, igual que nosotros, su fracaso. ¿Y qué alternativa han adoptado? Pues la única posible que excluye las interferencias de los partidos en el proceso: el sorteo. Sí, el sorteo. Tan simple como eso.

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