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Agapito Maestre

Sin monarquía no hay democracia

En España no existe, por fin, la cuestión monárquica, porque el jefe del Estado trata a todos los partidos por igual.

En España no existe, por fin, la cuestión monárquica, porque el jefe del Estado trata a todos los partidos por igual.
La Familia Real. | Gtres

Sánchez no celebró el décimo aniversario de la llegada de Felipe VI a la Jefatura del Estado. Nunca aceptará de buen grado que sin monarquía no hay democracia. Pero tiene que tragar, porque sin Felipe VI, sin monarquía, él no tiene capacidad de maniobra. Por lo tanto, alguien que está desmontando pieza a pieza el sistema democrático para eternizarse en el poder, no puede concederle nada al monarca. Sánchez sabe muy bien que Felipe VI es el único que tiene poder para detener sus tropelías. Su poder es simbólico, sí, pero grandioso. La Monarquía, de acuerdo con la expresión que emplea el mismo texto constitucional, es símbolo de la unidad y permanencia del Estado. El rey no es sólo un órgano del Estado, aunque convenga a ciertos efectos reconocerle esta consideración, sino sobre todo es el símbolo que identifica con su persona la unidad y la continuidad del Estado, y aunque no lo diga expresamente la Constitución, con la identidad histórica de la nación .

He ahí el fundamento simbólico de su autoridad, que le permite una influencia para realizar una función de integración y arbitraje, aun sin ejercer ningún poder político efectivo. Por eso decimos que la Corona y su personificación en el Rey se institucionaliza. Ejemplar es la figura de Felipe VI, desde hace una década, porque ha añadido valor, mucho valor e inteligencia, a su doble legitimidad histórica y jurídica. Ha logrado reactivar en la mayoría de los españoles la facultad que nos distingue de los animales: la capacidad de entusiasmarse con lo óptimo. Con lo mejor. Nadie puede ponerle un pero a Felipe VI. Al contrario, es el único símbolo de España que ilusiona. Entusiasma. Sánchez no es nada al lado de Felipe VI. Y, lo que es peor para el bloque de poder sanchista, no encuentra forma alguna de deslegitimar lo que el PSOE legitimó en la Transición; aunque observando la política reaccionaria, casposa y, sobre todo, anacrónica de Sánchez, no me extrañaría que el PSOE de hoy, junto a su no menos ajados socios, regresase a los planteamientos del siglo XIX.

Sin embargo, hoy por hoy, agarrarse como un clavo ardiendo a la antítesis entre democracia y monarquía, según lo entendió la Constitución de 1869, sería firmar el suicidio del socialismo. No digo que no pueda intentarse, pero es demasiado arriesgado… La monarquía española es una institución perfectamente racionalizada en el texto constitucional. El párrafo tercero del artículo 1. afirma que "la forma política del Estado español es la Monarquía parlamentaria" y el título II del texto regula la institución y sus facultades o funciones más generales. La institución de la Monarquía fue fruto del consenso básico establecido con el más importante partido de la oposición, el PSOE. No creo que Sánchez se atreva a deslegitimar a su propio partido; aunque no debería olvidarse que el PSOE presentó inicialmente una enmienda que definía la República como forma política del Estado español, junto con otras, coherentes con dicha enmienda, al título II. Pero, en honor a la verdad, es menester reconocer que no hubo un gran debate sobre este tema que sea comparable al de la Constitución de 1869. No se planteó, pues jamás la antítesis entre democracia y monarquía. Los socialistas aceptaron la inviabilidad de la democracia sin la Monarquía.

Cosa distinta es reconocer que, a pesar de todo, los socialistas no dejaron jamás de cambalachear con Juan Carlos I, mientras que la derecha se desmarcaba del asunto y, como siempre, no quería entrar en un asunto capital de la vida democrática, a saber, estudiar, debatir y asumir los fundamentos más instintivos e irracionales de la vida política: el símbolo de la democracia. O sea, la derecha pasaba del asunto y los socialistas siempre hicieron cuestión y problema del símbolo. Los socialistas jugaron mucho y mal con Juan Carlos I. Pero, por fortuna, desde hace una década la monarquía ya no es un problema. Es el cambio más importante en la España del siglo XXI. Las ambigüedades, que hubieran podido existir entre la etapa de Juan Carlos I y los españoles de a pie, han sido resueltas por Felipe VI con inteligencia y voluntad democrática. En España no existe, por fin, la cuestión monárquica, porque el jefe del Estado trata a todos los partidos por igual. Ha cortado cualquier relación oscura que pudiera haber tenido su padre con el PSOE, un partido siempre proclive a caer con gusto en tentaciones totalitarias.

Liberado de esa carga, el monarca persiste en cumplir escrupulosamente el mandato constitucional, en legarle a su hija una institución limpia y, sobre todo, genuinamente democrática. Felipe VI ha vuelto a cumplir impecablemente con su defensa de la Nación española. Muchos son los ejemplos de su buen hacer, pero basta recordar su jura de la Constitución, el discurso a la nación para detener el golpe de Estado en Cataluña y el juramento de la Constitución por parte de la heredera del trono de España el día de su mayoría de edad, para mantener que es el genuino garante de la continuidad de España. Brilla con luz propia la legitimidad de la monarquía española. No hablo de legitimidad histórica, dicho sea de paso, única en el mundo donde los monarcas nunca han tenido más dignidad que su último ciudadano, sino de legitimidad, insisto, constitucional y de ejercicio cotidiano. Legitimidad sobre legitimidad. Nuestra monarquía es la única en el mundo que fue votada en una Comisión Constitucional en el Congreso de los Diputados, el 11 de mayo de 1978 y, más tarde, respaldada en referéndum por más del 90 % de los españoles. Al Rey de España, sí, al jefe del Estado, le sobra legitimidad para detener la locura secesionista de Sánchez. ¿Con esos antecedentes alguien se extraña de que Sánchez no celebre el décimo aniversario de la llegada al trono de Felipe VI?

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