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Luis Herrero Goldáraz

Porque nadie le votó

La pregunta interesante es por qué, después de todo, el único que no necesita nuestros votos es el que conserva mejores alicientes para la ejemplaridad.

La pregunta interesante es por qué, después de todo, el único que no necesita nuestros votos es el que conserva mejores alicientes para la ejemplaridad.
La Familia Real. | Gtres

A los diez años de reinado de Felipe VI es posible aproximarse de dos formas: centrándose en lo obvio o en lo paradójico. Lo obvio es muy obvio, sobre todo, por el contraste. Concretamente, el que aporta la oscurísima degradación institucional que se ha ido extendiendo como un cáncer por entre los poderes del Estado frente a la ejemplaridad de una Corona que no sólo ha sabido sobrevivir a una sucesión envenenada, sino que ha salido de ella como lo hacen esos regateadores que evitan airosos la presión en su propia área y se dirigen a lo loco hacia el área rival, esquivando rivales y patadas, convenciéndonos por el camino de que hasta para quienes todavía creen en la regeneración democrática de España es posible remontar.

Lo paradójico es por qué. Siguiendo la lógica de los republicanos más insustanciales, que son los que más ruido hacen en los aledaños del Congreso, estaríamos ante algo sencillamente imposible: un rey "sin alicientes democráticos", cuyo cargo no depende de las urnas, sumiso sin embargo ante la ley y defensor de la Constitución que la sustenta, que apuesta por la transparencia y que está dispuesto a pagar los precios personales que hagan falta con tal de garantizar la neutralidad institucional que se le exige. Ni siquiera hace falta mirar hacia el otro lado, el del fango parlamentario y la parálisis legislativa, el de la obscena intromisión política en la Fiscalía y en el Constitucional, el del mercadeo de impunidades a la carta, para caer en que igual el "aliciente democrático de las urnas" no es lo que embrida verdaderamente a quienes ostentan el poder.

Queda preguntarse qué lo hace. Y para ello basta con observar qué ha diferenciado al uno de los otros durante estos últimos diez años. Qué lo sigue diferenciando a día de hoy. La respuesta más sencilla a esa pregunta es que a la debilidad del rey, a su estrechísimo margen de maniobra, se le suma el hecho absurdo de que ni siquiera puede recurrir a unas elecciones para afianzar su legitimidad. Él no tiene, como tienen los políticos, el "aliciente democrático", así que tampoco puede convencerse de que lo único que le justifica es salir elegido cada cuatro años, sin importar cómo ni en base a qué mentiras. Teniendo esto en cuenta, la pregunta interesante es por qué, después de todo, hemos permitido que sea quien no necesita nuestros votos el que mejor conserva los "alicientes" que le incitan a la ejemplaridad.

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