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Santiago Navajas

Si no existiera Sarah Santaolalla, habría que inventarla

El mundo se perdió a Kafka, pero ha ganado a Santaolalla: no cualquier tiempo pasado fue mejor.

Cintora y Santaolalla critican a Federico | RTVE

En un mundo donde la política se ha convertido en un circo de marionetas manipuladas por hilos invisibles, ha surgido una figura que desafía todas las expectativas, una Wonder Woman llamada Sarah Santaolalla. Esta joven prodigio de la comunicación y el análisis político ha escalado las cumbres mediáticas no gracias a padrinos políticos o contactos generosos, sino puramente por el peso de su currículum impecable y sus disecciones meticulosas, siempre matizadas con una precisión quirúrgica. ¿Quién necesita conexiones cuando se tiene un intelecto tan puro y analítico? Santaolalla es la prueba viviente de que el mérito, y solo el mérito, abre puertas en la España de progreso de la que Pedro Sánchez y su esposa Begoña Gómez (su familia en general, del suegro al hermano del presidente) son faros que iluminan el camino tanto a mujeres de buena fe y mejores entendederas como a hombres aliades y deconstruidos según las pautas femizquierdistas de la "nueva masculinidad".

Detengámonos por un momento en su trayectoria: con apenas dieciocho años, ya dominaba las ondas radiofónicas en la Universidad de Salamanca como una combinación de Miguel de Unamuno, Clara Campoamor y Sara Montiel, y desde entonces ha conquistado platós de televisión en RTVE, Cuatro, Antena 3… con la energía y la determinación con la que Patton avanzó en África y Europa contra los nazis. Ahora la que tiembla es la ultraderecha y sus sectores aliados laterales. Tiembla Madrid como tembló Berlín.

Santaolalla rompe con las barreras de la extrema derecha siempre en defensa del progresismo, la igualdad y la justicia social, es decir, todo lo que ha hecho que ella haya llegado a estar donde está. Estudiosa del derecho, la política y el feminismo, Santaolalla no se limita a regurgitar opiniones ajenas; no, ella construye argumentos con la delicadeza de un relojero suizo, siempre equilibrados, sin sesgos, siempre enriquecidos culturalmente, dura con las espuelas, blanda con las espigas. ¿Quién sino Santaolalla podría citar sin contradicción a Wittgenstein y Popper en una sola frase? Es imposible adscribirla a ninguna corriente ideológica. ¿Izquierda? ¿Derecha? Eso es para los tertulianos a sueldo de los partidos que reciben las consignas del día a golpe de WhatsApp. Santaolalla flota por encima de tales vulgaridades, ofreciendo perspectivas tan ponderadas que podrían reconciliar a un falangista con un anarquista, a Alvise Pérez con Pablo Echenique. Sus intervenciones son un bálsamo de objetividad en un mar de polarización, donde cada palabra es un ejercicio de ecuanimidad absoluta, libre de cualquier prejuicio que no sea el de la verdad pura y dura. Busquen a tertulianos como ella o Gonzalo Miró —experto renacentista que nos ilustra sobre política energética, la pesca con mosca, la filosofía de Byung-Chul Han y el análisis panenkista del fútbol—, para tener una perspectiva de águila de los aconteceres diarios. No se veía algo así desde que José Luis Balbín invitaba a Tierno Galván y Federica Montseny a su mítico programa La Clave.

Por todo ello, no fue extraño que se diese por aludida cuando una tertuliana en uno de esos programas que Pablo Iglesias postula cerrar, por ser una amenaza contra la democracia, (ahora iremos con lo de Iglesias), habló de una "tonta con tetas" porque si algo caracteriza a Santaolalla son factores intelectuales contradictorios con cualquier descripción que pretendiera reducirla a una especie de choni vulgar y bastorra como la que dibujó Bigas Luna en Yo soy la Juani. Podría ser un elogio andaluz paradójico al estilo de llamar "La Contrahecha" a la bellísima y extraordinaria bailaora Encarnación Peña, pero en este caso había más bien malafollá y, si acaso, un filón de envidia.

Pongamos esto en contexto con la reciente, valiente y lúcida campaña liderada por Pablo Iglesias, uno de los referentes españoles de la democracia popular en lucha con los poderes fácticos de origen franquista, contra los propagadores de bulos como Iker Jiménez, Pablo Motos, Arturo Pérez-Reverte, incluso Antonio Banderas. Iglesias, paladín de la libertad de expresión pero sin confundirla con el libertinaje expresivo, ha arremetido contra Jiménez tachándolo de "mentiroso profesional" y exigiendo una ley de medios para vetar a quienes, como el presentador de Horizonte, osan mezclar ovnis y exorcismos con debates políticos. No como el mismo Iglesias, que en cada intervención cita a Fidel Castro y Hugo Chávez como figuras de autoridad intelectual y democrática contrastada. "No es censura, es protección democrática", ha añadido Iglesias desde los platós de RTVE, recordándonos que en países de verdad socialistas como Cuba, Corea del Norte y Venezuela serían imposibles programas como Horizonte, El Hormiguero y Es la mañana de Federico.

Mientras tanto, Santaolalla brilla como un ejemplo opuesto, ya que con su análisis neutral y sin ataduras ideológicas, representa todo lo que Iglesias defiende y trata de imponer. Como establece la interpretación correcta de Popper en La sociedad abierta y sus enemigos, que es la que sostiene implícitamente Iglesias, hay que ser intolerante con los intolerantes. Si en la Segunda República hubo una ley llamada de "Defensa de la República" que clausuró periódicos que criticaban el mejor sistema político de toda la historia de España, ¿por qué no vacunar a la actual democracia de virus como Jiménez y Motos cuando figuras como Santaolalla demuestran que se puede opinar de política sin caer en el fango de las agendas ocultas y los intereses creados? Santaolalla no necesita leyes para "proteger" la democracia porque su mera presencia la eleva.

En esta era de fake news y bulos, Santaolalla es el antídoto perfecto. No hay sugar daddy como Roger Ailes que la impulse, ni padrino como Michael Corleone que la proteja; solo su currículum vitae, forjado en el yunque de la dedicación, y sus opiniones tan equilibradas que podrían servir de nivel de burbuja para un carpintero. Santaolalla nos recuerda que la verdadera grandeza intelectual surge del esfuerzo solitario, no de redes clientelares. El mundo se perdió a Kafka, pero ha ganado a Santaolalla: no cualquier tiempo pasado fue mejor. Por cierto, la sexualización de las mujeres que ella evita con una modestia y un decoro ejemplares en estos tiempos de soez exhibicionismo reguetonero es el arma final de los que tratan de opacar el talento de mujeres como ella con repugnantes descripciones de su físico. En suma, necesitamos a Santaolalla, una fusión entre Oriana Fallaci, Susan Sontag y Marilyn Monroe, porque es un antídoto contra la pereza y una reivindicación de la pureza. Si no existiera, trataríamos de inventarla pero no podríamos porque no alcanzaríamos ni a sospechar que tal lux mundi pudiera llegar a pasearse entre nosotros, simples mortales.

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