
El pasado 29 de enero, el presidente Trump emitió una Orden Ejecutiva que ha puesto al régimen cubano en la situación más delicada desde el colapso de la antigua Unión Soviética. Su objetivo declarado era hacer frente a la amenaza real encarnada en el régimen cubano. Las aducidas conexiones de Cuba con grupos terroristas –Hamás, Hezbolá– y actores hostiles a Estados Unidos –Rusia, China, Irán– no representan una novedad. Desde los albores de la revolución cubana, están muy documentadas las relaciones de La Habana con docenas de organizaciones terroristas. Lo realmente disruptivo es la firme determinación de Trump de poner fin a la llegada de recursos a un régimen considerado como una amenaza para el país y calificado de terrorista.
No es de extrañar, en consecuencia, que en España haya sido precisamente Bildu, heredera de ETA, organización terrorista que encontró en Cuba un santuario y refugio seguro, quien haya liderado la campaña para salir en defensa del aparato cubano. En un aspecto, Bildu tiene razón. Los cubanos sufren un bloqueo implacable.
Pero ese embargo comercial impuesto por Kennedy en 1962. Un embargo compatible con que Estados Unidos haya pasado a ser uno de los primeros socios comerciales de Cuba y el primer proveedor de alimentos, sino el bloqueo interno impuesto por la dictadura comunista. Un bloqueo que impide al pueblo cubano el desarrollo de casi cualquier actividad productiva.
Antes de la revolución comunista, Cuba figuraba entre los países más prósperos y dinámicos de todo Iberoamérica. Cuesta creerlo hoy, cuando el 89% de las familias cubanas viven en situación de pobreza extrema, pero en la década de los 50, solo Venezuela y Argentina superaban a la isla en renta per cápita.
De acuerdo con la Enciclopedia Británica, en su edición de 1954, Cuba era el país más avanzado de las Américas en materia de legislación laboral, incluyendo Estados Unidos. El desempleo, con una tasa de apenas el 7 %, era el más bajo de toda la región, como lo era la mortalidad infantil. En el ámbito educativo, la alfabetización alcanzaba el 76 %, una de las más altas del continente. El país ocupaba el segundo lugar en número de automóviles y teléfonos por habitante, y el primero en televisores per cápita.
Cuba producía a precios muy competitivos en sectores muy diversos. Tenía 6 millones de cabezas de ganado; era el mayor exportador de azúcar del mundo y un referente en ocio y consumo. Los almacenes El Encanto, en La Habana, fueron la escuela de los fundadores de las dos grandes cadenas españolas: El Corte Inglés (Ramón Areces) y Galerías Preciados (Pepín Fernández).
Cuba era eso. Cuba siempre fue eso. Lo que Cuba merece y está llamada a ser es eso: un país próspero. Pero en muy pocos años el intervencionismo comunista acabó con las enormes capacidades de Cuba para producir bienes y servicios. La sucesión de expropiaciones, prohibiciones y finalmente en 1968 la llamada "ofensiva revolucionaria" acabaron con todo vestigio de empresa privada y dieron la puntilla a las capacidades productivas del país. El escritor y Premio Cervantes Jorge Edwards, encargado de negocios en La Habana en 1970, dejó por escrito una confidencia que le hizo Fidel Castro en su primer encuentro a principios de los setenta: «Seremos malos para producir, pero para pelear sí que somos buenos». Es difícil definir mejor la transformación operada en el país: convertir la subversión y la violencia política en el principal activo estratégico.
Fue así como Fidel Castro hizo de Cuba un gigante en la recepción de subsidios. No hay país que haya recibido más fondos del exterior, la mayoría como contraprestación de acciones subversivas y apoyos políticos a países totalitarios. Entre 1975 y 1991, alrededor de 450.000 cubanos, entre militares y civiles, participaron en misiones en África bajo la batuta estratégica soviética. A cambio, se calcula que el régimen cubano recibió de la URSS el equivalente a ocho veces el Plan Marshall, creado para reconstruir toda Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo modelo se replicaría después en Venezuela, donde Chávez contaría con la asistencia total de Cuba, así como en Irán y China, que contaron con el apoyo de la dictadura para la penetración en la región.
Lo extraño es el empeño de Europa y especialmente de España de continuar apoyando al régimen. Hoy en día, solo superado por Grecia, Cuba es el país que más adeuda a España: más de 2.000 millones de euros. Reiteradamente gobiernos de distinto signo político han ido aprobando moratorias, quitas y planes de reestructuración que convierten en derecho lo que siempre fue un hecho.
Las élites cubanas han acumulado fondos que ni sirven para pagar la deuda, ni para paliar la gravísima situación humanitaria que afecta a los ciudadanos. Una investigación dirigida por Nora Gámez Torres para el Miami Herald hizo públicas las evidencias que prueban que GAESA, el conglomerado empresarial controlado por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, retiene en efectivo 18.000 millones de dólares. Unos fondos que no se emplean ni para devolver sus deudas, ni para ayudar al pueblo cubano, cuyas miserias exponen para solicitar más ayudas internacionales.
Voces del exilio cubano han exigido la creación de un "corredor humanitario" que canalice las ayudas al margen del aparato estatal. Ayudar al pueblo cubano sin fortalecer al régimen no es tarea fácil. Según la legislación vigente en el país, toda cooperación con la Isla debe canalizarse obligatoriamente a través de entidades oficiales cubanas que cuentan con un amplio historial de enriquecimiento a través de las ayudas del exterior.
Tal vez por eso es más valioso el precedente establecido por el Secretario de Estado Marco Rubio, que ha logrado canalizar ayudas sin fortalecer el aparato represor, sin contribuir a financiar entidades vinculadas al régimen, sin otorgar a la dictadura la discrecionalidad de canalizar las ayudas con fines políticos y, sobre todo, controlando el destino de los fondos.
En apenas unas semanas, desde que Marco Rubio anunciara la partida de 9 millones de euros de ayuda humanitaria norteamericana canalizada a través de organizaciones de la Iglesia Católica cubana, se han acumulado los testimonios de cubanos beneficiarios. Esa realidad contrasta con el silencio tras las ayudas europeas aprobadas tras el huracán Melissa el año pasado. No es la primera vez. Son numerosas las evidencias documentadas de que el régimen cubano ha vendido o desviado ayuda humanitaria recibida, en lugar de distribuirla gratuitamente a los damnificados.
Durante décadas, Cuba ha recibido cientos de miles de millones de dólares en ayudas y subsidios que no han evitado el hambre, la ruina y la pobreza. Es hora de garantizar que esos fondos beneficien al pueblo cubano y no al aparato represivo. Por eso, sin "corredor humanitario" eficaz, no hay camino más efectivo para ayudar al pueblo de Cuba que acabar con la dictadura que lo esclaviza.
España debe ayudar al pueblo cubano, pero no al régimen que lo esclaviza. Porque el camino más efectivo para ayudar al pueblo de Cuba es ayudar a acabar con la dictadura.
Matías Jove es director de Cuba en Transición
