
Irán y Estados Unidos han llegado a un alto el fuego de dos semanas que supondrá el final, al menos por ese plazo, de todas las operaciones militares contra el régimen de los ayatolás y, si estos cumplen su parte, todos los ataques que los iraníes han lanzado contra Israel y todos los países del golfo Pérsico.
Israel, por su parte, ha anunciado que acepta el acuerdo, aunque considera que no afecta a su campaña contra Hezbolá en el Líbano. Además, a finales de esta misma semana se iniciarán conversaciones de paz en Islamabad, la capital de Pakistán, que ha intermediado entre ambos países.
Han sido cinco semanas y media de intensos bombardeos que han castigado con gran dureza al régimen de los ayatolás, destruyendo buena parte de la infraestructura militar y de seguridad de la dictadura, incluyendo objetivos del aparato de represión responsable, por ejemplo, del asesinato a sangre fría el pasado mes de febrero de decenas de miles de manifestantes que protestaban contra la dictadura.
Además, se ha eliminado a buena parte de la élite del régimen, empezando por el líder supremo Alí Jamenei después de casi 40 años de ejercer un poder casi absoluto que heredó de Jomeini. Pero no ha sido el único: el jefe de Inteligencia de la Guardia Revolucionaria es el último de una larga lista de destacados personajes del régimen entre los que estaban el líder de las milicias de Basij o el secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, Alí Lariyani, al que Israel señalaba como el nuevo hombre fuerte de la dictadura. Incluso el heredero oficial de Jamenei, su hijo, parece que fue alcanzado en los bombardeos y, aunque no se sabe a ciencia cierta cuál es su estado de salud, el hecho de que no haya aparecido en público ni a través de una grabación o fotografía sí nos permite hacernos una idea de que bien, lo que se dice bien, no está.
Los ataques también han dañado severamente elementos clave de las capacidades disuasorias del régimen: el arsenal de misiles de largo alcance y sus centros de fabricación y el programa nuclear, aunque sobre el segundo queda cierta duda de si realmente era una amenaza tan inminente como se dijo para justificar este ataque, pues en teoría ya se había golpeado las instalaciones nucleares y retrasado el programa en la Guerra de los Doce Días el pasado mes de junio.
¿El final de la guerra?
Trump presume de que Estados Unidos ha "cumplido y superado todos los objetivos militares" que se planteaba al inicio de la contienda. Es posible que sea así porque han sido 40 días de ataques a los que Irán no ha podido plantear ni siquiera una mínima oposición –después de decenas de miles de operaciones solo han logrado hacer blanco en dos aviones– pero resulta difícil no atribuir la frase a la fanfarronería propagandística habitual del presidente americano.
El verdadero problema para evaluar si ya se han cumplido de verdad o no esos objetivos es que sabemos muy poco de ellos, por no decir nada: se habló del programa nuclear, como ya decíamos, de generar las condiciones para un cambio de régimen… Incluso desde el punto de vista estrictamente militar la sensación que se ha transmitido es un cierto nivel de improvisación y, sobre todo, errores de bulto como dejar fuera de la planificación elementos estratégicos que eran completamente previsibles y se han demostrado esenciales en el transcurso del conflicto, como el bloqueo de Ormuz.
De lo que hay pocas dudas es que dos de los tres contendientes han llegado a un punto de agotamiento importante: Irán ha recibido un castigo brutal, con la mayor parte de su cúpula dirigente ya en el paraíso –acompañados de muchas huríes, eso sí– y, esto es lo más importante, no solo ha dejado de ser una potencia regional sino que se enfrenta a una travesía del desierto de bastantes años para volver a serlo, con la única excepción de su control sobre Ormuz, que es la gran lección que deberían aprender Estados Unidos, Europa y los países del golfo Pérsico.
Estados Unidos, por su parte se puede enfrentar a un enorme desprestigio si, en lugar de la sensación de poderío militar y de dominio global que Trump ha tratado de transmitir a su manera, acaba apareciendo como el perdedor de la guerra. Y lo ocurrido con Ormuz, perdonen que insista, ya empieza a transmitir algo de ese escenario.
La única forma de evitarlo es que el acuerdo de paz sea una derrota inequívoca de los ayatolás, lo que la verdad es que no ha ocurrido nunca. Es más, históricamente si algún acuerdo no les acababa de gustar simplemente lo incumplían. Aun así, parece muy difícil que la guerra vuelva o al menos que lo haga con la intensidad de las pasadas semanas y, si tuviese que apostar por algo, lo haría por una sucesión de conversaciones, rupturas y ultimátums entre los que pueda haber alguna escaramuza.
Eso sí, pongan entre paréntesis el párrafo anterior porque tal y como nos han demostrado las últimas semanas y en especial los últimos días, con Trump es imposible saber qué va a ocurrir.
Entonces, ¿quién ha ganado?
Como decimos, Estados Unidos tiene difícil reclamar una victoria por la falta de unos objetivos concretos y lo ocurrido con el estrecho y la economía mundial, pero Irán tampoco lo tiene fácil tras 40 días de bombardeos intensos a los que no ha opuesto resistencia, del exterminio de su cúpula dirigente y de su degradación como potencia regional.
Y es que no todas las guerras acaban con un ganador y un perdedor claros, la que libraron Irán e Irak, sin ir más lejos, dejó a los contendientes exactamente en el mismo punto de partida después de casi ocho años de batallas y un descomunal coste humano –algunas fuentes hablan de hasta un millón y medio de muertos y ninguna reconoce menos de medio millón– y económico.
Sin embargo, en este conflicto yo creo que sí podemos hablar de un claro ganador, Israel, que era el tercero en discordia: no es una victoria definitiva porque ninguna de las suyas lo es, pero sí ha logrado superar el reto existencial que Irán, su programa nuclear y sus misiles representaban.
Además, lo ocurrido en estas cinco semanas y media debilita de forma quizá sí definitiva a los proxys iraníes en las fronteras de Israel –no parece que los ayatolás vayan a estar como para apoyar a Hezbolá y Hamás– y, en suma, puede dar al Estado hebreo unos años de tranquilidad, sobre todo si terminan lo que han empezado en el Líbano.
A los israelíes les habría encantado acabar con el régimen, pero para ellos la debilidad en la que ahora se encuentra Irán, la demostración de fuerza que han hecho y la capacidad que tendrán para golpear de nuevo si lo necesitan son suficientes: han salvado una bola de partido, tienen tiempo y capacidad para gestionar las próximas y pueden decir con total convencimiento que Israel prevalecerá… al menos en la próxima década. Y entonces ya harán lo que sea necesario para tener otros diez años más.
Por cierto, quizá en el futuro a esta guerra la llamemos la del 7 de octubre porque fue aquella masacre la que prendió la mecha de un conflicto que ya venía de mucho antes, pero que se ha recrudecido en estos dos años y medio con singular ferocidad, acabando por estallarle en la cara –y nunca mejor dicho– a la pandilla de miserables asesinos fanáticos que lleva ya casi cincuenta años sojuzgando a su pueblo, masacrando a mujeres y homosexuales y exportando el terrorismo a todo el mundo, pero especialmente a Oriente Medio.
