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Ciencia, ideología y Estatuto de Autonomía

Según estos ideólogos del nacionalismo catalán, el saber, el conocimiento, en fin, la ciencia sobre la nación española determina que la nación tiene que desparecer.

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La ilustración política, la argumentación social y el razonamiento jurídico, cuando en 2006 se aprobó el Estatuto de Cataluña, fueron concluyentes: el texto entero, de principio a fin, era incompatible con la Constitución española. Nadie con un poco de sentido común, independientemente de su sabiduría o especialidad intelectual, ni tampoco ningún experto serio y desideologizado del ámbito de las ciencias sociales y jurídicas, sin entrar en discusiones científicas de escuelas y corrientes, defendió la plausibilidad, la viabilidad o, sencillamente, el alojamiento sensato, racional y sosegado de ese texto en la Constitución española. El análisis científico de ese Estatuto concluía que todo en él era forzado. No había límites políticos ni mesura social en los legisladores. La carencia de sindéresis y resentimiento contra España fueron los estímulos de los redactores de ese texto.

La casta nacionalista e independentista con la colaboración de Zapatero no construyó, pues, un texto sensato para vivir en común, sino un arma de guerra y, de paso, un bunker, para refugiarse cuando reaccionase los adormecidos españoles. El Estatuto era la vía a corto plazo para la secesión de la autonomía de Cataluña de España. El diagnóstico científico sobre ese texto, como diría un jurista cursi, fue inapelable: el Estatuto de Cataluña era absolutamente inconstitucional; o peor, había sido un texto elaborado por socialistas, nacionalistas e independentistas con una voluntad de enfrentamiento contra la Constitución. Era un texto cargado de perversidad, maledicencia y violencia contra todo aquello que simbolizase la permanencia y ampliación del Estado de Derecho, es decir, el Estatuto era un arma de guerra contra cualquier planteamiento político que defendiese la idea de una nación de individuos libres e iguales antes la ley.

El Estatuto sólo pretendía, y así sigue después de la sentencia del Constitucional, una sociedad asimétrica y desigual. Más aún, exige "derechos históricos" (sic) preconstitucionales. Los grandes expertos sociales, científicos políticos y gentes normales en sus respectivas especialidades jurídicas emitieron un juicio inapelable: el Estatuto no tenía defensa ilustrada posible desde la ciencia jurídica. El Estatuto era un texto, desde cualquier punto de vista científico, dirigido a dinamitar la Constitución española. Por lo tanto, sólo cabía una "defensa" ideológica, interesada y falsificadora del engendro por parte de los "políticos" ventajistas, resentidos y traidores (sic) a la propia democracia española, que han conseguido perpetrar un atropello intelectual y jurídico que ya es histórico, entre otras razones, porque han deslegitimado casi por completo a instituciones claves para el desarrollo de la democracia en Cataluña en particular y en España en general; así, por sólo dar dos ejemplos, la Generalidad de Cataluña sale de este asunto bastante peor que entró, y el propio Tribunal Constitucional a la hora de sentenciar la inconstitucionalidad del Estatuto ha caído en contradicciones tan graves que pone en cuestión la viabilidad de la institución.

A lado de los políticos, o mejor, como brazos "ideológicos" del nacionalismo y el socialismo independentista, se sumaron a esa defensa "pseudo-científica" del Estatuto, antes y después de la sentencia, profesores, juristas profesionales y, por supuesto, algunos medios de comunicación, en Cataluña prácticamente todos. Todos ellos han luchado denodadamente por imponer una mentira como si fuera una verdad, una manipulación por una liberación y, en fin, tratan de hacer de la impunidad intelectual y la ideología un arma "científica" y racional. Son estos últimos, sí, los que pasan por "científicos" los más peligrosos, porque terminan por pervertir la esencia última de su oficio. El "científico" disfrazado de "ideólogo" es tan malo como el ideólogo que se presenta avalado por el conocimiento científico. La búsqueda de la verdad es sustituida por un tópico, quizá una sencilla y triste mentira, que se reviste con el manto de "científica". Son los que utilizan su falso saber como poder. Los ideólogos del Estatuto de Cataluña no sólo residen en los medios de comunicación y las universidades de Cataluña, sino también, y quizá sobre todo, en las universidades del resto de España y en los medios de comunicación que se editan en Madrid.

A propósito del fallo del Tribunal Constitucional estamos asistiendo a un espectáculo similar al que ya se produjo, cuando fue aprobado el engendro en el Parlamento, a saber, hacernos pasar por "científico" lo que es una falsificación. Un engaño. Un ejemplo –quizá el más terrible y cruel porque trata de presentar la estupidez, la banalidad y el lugar común por asuntos originales y geniales–, está representado por quienes critican el fallo del constitucional por poco "científico"; los ponentes de la sentencia, según estos falsos y sedicentes racionalistas, han despreciado los descubrimientos, las investigaciones y los resultados de las ciencias sociales y jurídicas de las últimas décadas. Quiere hacer pasar, en efecto, el editorialista de El País un engaño ideológico, y quizá uno de los que más éxitos han tenido en la historia de la humanidad, por una verdad incontrovertible, y así mantiene que la sentencia es, sobre todo, deficiente, porque la "indisoluble unidad de la nación española", que expresa la Constitución española, ya no puede defenderse; es una verdad, dicen estos majaderos, puesta en cuestión por los cambios mundiales y, sobre todo, por el saber que se ha producido sobre esos cambios.

En otras palabras, según estos ideólogos del nacionalismo catalán, el saber, el conocimiento, en fin, la ciencia sobre la nación española determina que la nación tiene que desparecer. Resulta curioso que los "científicos" que mantienen, por un lado, la muerte de España como nación, sean, por otro lado, los más firmes defensores de la nación catalana. ¡Se necesita ser majadero para hacernos comulgar con esas ruedas! Naturalmente, y por si alguien no le había quedado claro la añagaza ideológica, quien defiende semejante perversidad intelectual con mayor énfasis entre los magistrados del constitucional no es otro que Eugeni Gay, el magistrado más nacionalista de los nacionalistas catalanes. Este magistrado es, precisamente, el que eleva el diario El País a modelo intelectual para criticar la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña. Terrible. Nunca pensé que este periódico podía caer en los abismos de la irracionalidad. Tienen que estar desesperados.

Aquí tienen la prueba de mi crítica. Sí, aquí les dejo la defensa cerrada que hace El País del chusco "argumento" ideológico del magistrado más favorable a la desnacionalización total de España o, lo que es lo mismo, quien más apuesta por la muerte de España como nación a la par que da la vida por la "nación catalana". Ahí va la prueba del desatino que propone el periódico de la calle Yuste. Es un fragmento del editorial del sábado sobre la sentencia del Constitucional; representa, sin duda alguna, el texto más relevante, desde la perspectiva ideológica –en el sentido de falsa conciencia–, de todos los publicados hasta hoy sobre el Estatuto, y dice así: "La resolución exhibe una mediocre textura técnica. Por su reiterativa apelación (...) al menos acertado de los artículos constitucionales, el que alude a la ´indisoluble unidad de la nación española (...). Con razón uno de los votos particulares, el único progresista (se refiere al mencionado Gay), tilda de decimonónico el enfoque del tribunal, como si la era de la globalización, las integraciones supranacionales y la transformación de los viejos Estados-nación para nada afectasen a España".

Ese fragmento constituye, en mi opinión, la mejor oportunidad para que los profesores decentes, o sea, normales de las Facultades de Ciencias Políticas y Derecho enseñen a sus alumnos a distinguir entre ciencia e ideología y, sobre todo, muestren de modo práctico hasta qué grado de estulticia intelectual puede apresar a quien se deje llevar por la ideología del nacionalismo catalán, que es defendida en nuestro caso particular, paradójicamente, por un diario, supuestamente, nacional, El País. Esto es una pesadilla intelectual. Vale.

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