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Corrupción intelectual

No es cultura todo lo que se nos vende como tal; como tampoco es de recibo moral que se nos haga pasar por una tesis decente, permisible desde el punto de vista literario o estético, lo que no pasa de ser una indecencia.

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Crítica de la sociedad y de la cultura son una y la misma cosa. Así lo aprendí de mi maestro Habermas, en Alemania, y así me lo ilustra en España, un día sí y otro también, el maestro César Alonso de los Ríos. No puede hacerse una crítica seria de una sociedad y, por supuesto, de su situación política sin pasar por la consideración de su cultura. Tampoco en este asunto España es una excepción. Tanto la sencilla lectura de filósofos como Adorno o Benjamin, en el ámbito germánico, como el estudio sosegado de las traducciones y prólogos del pensador Jesús Aguirre, en España, nos mostrarán que la calidad moral y política de nuestra sociedad también depende de sus hombres, supuestamente, cultos.

Derivada clave de esa filosofía es la responsabilidad de sus escritores y periodistas a la hora ejercer su oficio con honestidad y verosimilitud, al margen de sus opciones ideológicas y políticas. He ahí un asunto fundamental para juzgar y evaluar nuestra sociedad. Si estamos de acuerdo con esta consideración general, entonces diremos que la situación espiritual de la sociedad española podría medirse por la producción intelectual de nuestros hombres de letras, por ejemplo, los periodistas. A veces, por desgracia, quien hace ese viaje con mirada limpia hacia las columnas o libros de algunos de nuestros escritores, puede hallarse con más de una sorpresa. No es cultura todo lo que se nos vende como tal; como tampoco es de recibo moral que se nos haga pasar por una tesis decente, permisible desde el punto de vista literario o estético, lo que no pasa de ser una indecencia, que oculta alguna mala conciencia; en otras palabras, en el ámbito de la cultura en general, y de la literatura en los periódicos en particular, podemos encontrarnos con mentiras difícilmente soportables en cualquier sociedad con ánimo de Ilustración.

La prensa del domingo pasado traía varios ejemplos de este tipo de mentiras, pero sobresalía una que me dejó perplejo. Manuel Vicent, en El País, manifestaba que le "gustan los escritores e intelectuales que no tratan de influir en la mente de los demás", y ponía como ejemplo de su "afirmación" a Albert Camus. Inaudito. Nadie en su sano juicio intelectual puede poner como ejemplo de pensador "descomprometido", sí, alguien que no "da importancia al oficio de escribir", a Albert Camus. El escritor que escribió El hombre rebelde, Estado de Sitio, en fin, el hombre que mejor ha resumido el pensamiento totalitario a la vez que ha hecho su atinada crítica, según Alexander Solzhenitsyn y Hannah Arendt, es citado por Vicent como ejemplo de "literatura pura", entendiendo por tal no comprometerse con su circunstancia histórica. Terrible.

La lamentable columna de Vicent refleja algo peor que los vicios de un supuesto escritor esteta, puramente literario, y al margen de la realidad política. Es la quintaesencia de la barbarie cultural y social de la actual España. Por favor, señores de El País, hagan algo. Que alguien haga callar a este columnista. ¿Cómo puede titularse "Juego" a lo que no pasa de ser un disparate? Es un insulto a la inteligencia.

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