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Cuestión de locura

El plan de Zapatero ya ha arruinado la poca democracia que quedaba en este páramo intelectual y político. Sí, sí, a partir de ahora no lo duden, todo será un golpe cotidiano contra una sociedad fosilizada y ajena a los vientos primaverales del mundo.

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España está enajenada y embrutecida. España está en manos de Zapatero. España ha quedado reducida a los designios de un político tan riguroso y sucio en el corto plazo como cruel será a la larga en la aplicación de ese programa basura, de guerra civil y palo al clero, de memoria opaca y futuro clausurado, de pan y circo, que sólo quiere hacer la lobotomía a una sociedad sin pulso democrático. España entera depende de un político que basa su fuerza en el resentimiento a la excelencia. Este hombre hará tragar el polvo a todos sus adversarios. Todos comen ya en la mano de este tipo que, ayer, se reía de los que hablaban de la crisis, pero hoy la eleva a categoría para mantenerse eternamente en el poder. Zapatero actúa ya sin máscara. Zapatero ejecuta su programa de salvación. El resto es silencio.

Repito y repito: la crisis económica, montada sobre la mayor crisis moral que ha padecido nunca la sociedad española desde el siglo XIX, le hará crecer y crecer en su poder. Nadie osa detenerlo. Nadie se atreve a ilustrarse. Nadie arriesga sus testículos. La indignidad es el destino de los políticos que callan y tragan. Antes, hace unos meses, Zapatero proponía de vez en cuando algunas cosas; ahora, cuando el pánico invade al enfermo cuerpo social, ya sólo impone. Hablar no sirve de nada. La imposición es su programa. No necesita a nadie para presentarse ante la prensa y explicar su plan. No necesita ministros ni expertos para explicar al Parlamento cómo salir de la crisis. Zapatero sólo necesita decidir, decidir y decidir.

El plan de Zapatero ya ha arruinado la poca democracia que quedaba en este páramo intelectual y político. Sí, sí, a partir de ahora no lo duden, todo será un golpe cotidiano contra una sociedad fosilizada y ajena a los vientos primaverales del mundo. Adiós, libertad. Adiós, democracia. Todos siguen sin rechistar a Zapatero. A éste le sobran las instituciones para resolver el problema, es decir, su único problema: un odio extraño a las instituciones democráticas, a la confrontación política y al consenso con los adversarios. Él sólo aspira a lo insólito. O sea, a estar y ser el único. Su presencia, pues, acabará imponiéndose. Las medidas que ha propuesto están llenas de trampas, pero todos dicen "amén". En estas circunstancias hasta las diez objeciones del diario El Mundo suenan a falsedad. Son tan ridículas como vacías. Ruido de fondo para un régimen despótico. De momento, el otro, Rajoy, su complemento, es el primero en cantar las bondades de su presidente de Gobierno.

La entera "opinión pública" cacarea las medidas de Zapatero como si no hubiera otras posibles. La miseria y el engaño que contienen son su salvación. Son su locura y la nuestra. Quizá lo único que nos salve de tanta salvajada sea más locura. Por ejemplo, pásense por el patio de operaciones del Banco de España y verán la locura en estado puro. Hasta hace unos días los funcionarios que atienden al público vivían tranquilamente, pero ahora no dan "abasto". Allí está España en blanco y negro. Allí la locura compite con la tragedia. Desde hace más de una semana, todos los días un puñado de jubilados hace largas colas para entregar sus ahorros en una ventanilla a cambio de Letras del Tesoro. He ahí España en forma pura. Exacta. Trágica. Sacan sus ahorros de los bancos y se lo entregan a Zapatero a cambio de Letras del Tesoro. Creen que su dinero está más seguro. Pobres. No se han enterado de que el Estado es Zapatero. Éste tomará su dinero y volverá a entregárselo a los banqueros. Y así otra vez a empezar, pero, seguramente, con un coste más alto... ¡Basta de explicaciones!

Busquemos sólo una palabra para comprender qué está pasando. Visitemos el patio de operaciones del Banco de España. Miremos con piedad a los que guardan turno para desprenderse del dinero escondido en su ropa interior. Son españoles aturdidos. Viejos. Jubilados. Representan a un pueblo que necesita una palabra para huir de lo bueno y de lo malo, de lo absurdo y de lo coherente, de la vida y de la muerte, del dinero y la miseria. Luchan a brazo partido por huir de la circunstancia. Todo es en vano, excepto la palabra. ¿Cuál es la exacta? Que sé yo. Aunque contemplando los rostros tensos de esos jubilados, me atrevo a escribir locura. Si es verdad que todo está en las palabras, no hay otra mejor que locura para entender lo que nos pasa.

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