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Decir y expresar

A medio plazo es previsible un escenario inflacionista, que unido a las ingentes cantidades de deuda soberana que la mayoría de los países tienen que colocar, no puede tener otra consecuencia que el aumento de los tipos de interés.

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La ministra de Economía y Hacienda rara vez expresa algo que llegue a los ciudadanos. Esta señora carece de una mínima credibilidad. No hay expresión auténtica. No hay acción real. Todo es encubrimiento. La ministra no expresa, pues, sino que dice, perora y "especula" con ánimo de ganar tiempo para mantenerse en el poder. Busca y rebusca por todas partes, por usar su decir, "señales de confianza en nuestro país". Así, según me indica mi amigo Jorge Revilla, MBA de la Universidad de Columbia, la señora Salgado saca pecho, presume de "brotes verdes", porque el Gobierno ha conseguido colocar 25.000 millones de deuda pública.

Pero, naturalmente, no se atreve a expresar, o sea, a reflejar cómo repercute en el bolsillo de los españolitos el elevado precio que se ha pagado por colocar esa deuda; en modo alguno la señora Salgado se atrevería a contarnos y, sobre todo, a justificar políticamente que al Gobierno de España le cuesta financiarse a un año lo que Alemania hace para diez años. No hay, pues, razones para el optimismo. Cien argumentos, por el contrario, podrían enumerarse para ser pesimistas ante la rentabilidad que pagamos por nuestra deuda. Quizá la prueba definitiva es que la relajación del mercado de la deuda no es un fenómeno aislado de España, sino que afecta a otros países, por ejemplo, Grecia y Portugal, a los que los mercados tienen bajo vigilancia.

Las tensiones en el mercado de la deuda, frente a lo que simulan Zapatero y su ministra, están lejos de haber terminado. Vivimos un período de gran incertidumbre. Los datos económicos cambian por momento. Hace mal, pues, la señora Salgado exhibiendo músculo político. En otras palabras, si los peores datos económicos se confirman y la economía norteamericana cae de nuevo en recesión, entonces no pasará demasiado tiempo sin que el Banco Central Europeo se vea obligado a aplicar medidas similares a las de la Reserva Federal; es decir, nuevas medidas de política monetaria no convencional, tales como la compra de deuda pública. Y, por lo tanto, otra vez a empezar. El gozo de la señora Salgado quedaría ahogado en el pozo de la deuda, y, poco más tarde, se las tendría que ver con la inflación, pues en cuanto las expectativas mejoren y el dinero comience a circular, los precios subirán.

A medio plazo, pues, es previsible un escenario inflacionista, que unido a las ingentes cantidades de deuda soberana que la mayoría de los países tienen que colocar, no puede tener otra consecuencia que el aumento de los tipos de interés, lo que hará que el coste de financiar nuestra deuda aumente. He ahí la principal razón para que la señora Salgado, en vez de mostrar tanto contento por colocar deuda, fuera un poco más prudente y tratase de contestar dos interrogantes. ¿Qué estrategia tiene nuestro Gobierno para recuperar los dos millones de puestos de trabajo que se han perdido desde el inicio de la crisis? ¿Qué lecciones se pueden aprender del mercado laboral alemán que en plena crisis reduce el desempleo?

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