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Democracia o terrorismo

Leyes orgánicas, decretos y otras formas de acción política no han tenido otro objetivo que borrar los principios religiosos y morales del cristianismo, especialmente, su principal mensaje: dar testimonio público de su fe.

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Los peregrinos han traído alegría a las calles de Madrid. Han subido las persianas para que veamos el triunfo de la vida sobre las tinieblas. La llegada del Papa es una fiesta. Sencillo y contundente fue el discurso del Papa en Barajas. Magistral en Cibeles. Millones de seres humanos, incluidos los agnósticos, se sienten reconfortados con la gran movida de Madrid. Pero, por favor, nadie olvide que el combate ideológico en España es duro. Muy duro. No vale esconderse detrás del buen Papa Benedicto XVI. Salga la derecha, incluida la que presume de agnóstica y atea, de sus covachuelas y dé la batalla contra el ataque más grande que ha sufrido la democracia en las dos últimas legislaturas. Enfréntese directamente al salvajismo impuesto por Rodríguez Zapatero en los medios de comunicación, en las manifestaciones, en las universidades y allí donde le han llamado para que imponga su religión de estado.

Vamos, amiguitos del PP, salgan de su sueño por el poder y miren cara a cara el rostro del terrorismo intelectual impuesto por el PSOE en todos los ámbitos culturales e ideológicos. Vamos, señoritos del PP, observen y planten cara al legado que les deja Rodríguez Zapatero. Basta observar algunas reacciones de la "inteligencia" española, especialmente vinculada a los medios de comunicación de clara tendencia socialista, ante la visita del Papa a la JMJ para saber que no estamos lejos de aquel terrorismo filosófico "racional", surgido de la Revolución francesa, que hizo de la persecución del catolicismo su principal objetivo. La manifestación contra el Papa del miércoles es un reflejo de esa mentalidad. No es un asunto menor. No pasemos tan rápido sobre este acontecimiento. No digamos que carece de importancia. Es la quintaesencia de la política de Rodríguez Zapatero, durante más de siete años, contra los valores religiosos y morales de la nación española.

Ya sé, ya sé, cómo no habría de saberlo, que esa manifestación no es nada en términos reales, pero es muy significativa en el sentido simbólico. Zapatero quería estar ahí, en Sol, ocupando y expulsando a los cristianos del espacio público y, en Barajas, dándole el beso de Judas al Papa. Esa manifestación salvaje, por lo tanto, no fue permitida por la delegada del Gobierno, ojalá pudiéramos juzgarla tan fácilmente, sino que fue alentada y promocionada por el propio jefe del Gobierno que ha querido pasar a la historia por esta política contra el catolicismo, que incluso ha llegado a comparar el universalismo de esta religión con ritos chamanísticos propios de pueblos primitivos. ¡No respondía a eso la Alianza de Civilizaciones! Y, sin duda alguna, Rodríguez Zapatero ya ha pasado a la historia. Será difícil hallar en nuestra larga historia de anticlericalismo –repárese, por ejemplo, en tipos como Mendizábal, Canalejas y Azaña– un gobernante más anticlerical que Rodríguez Zapatero. Éste ha hecho suya esa tradición de terrorismo "filosófico racional", que vinculaba a jacobinos y bolcheviques, y a estos últimos con los nazis, para actualizarla en la España de bonos y peces-barbas, de intelectuales de medio pelo y periodistas al servicio del poder que siguen adornándose con grititos y risitas contra los cristianos. Memos. De ese ataque a la libertad de conciencia religiosa, especialmente a la religión católica, no se ha librado nadie en estas dos últimas legislaturas; leyes orgánicas, decretos y otras formas de acción política no han tenido otro objetivo que borrar los principios religiosos y morales del cristianismo, especialmente, su principal mensaje: dar testimonio público de su fe.

La llegada del Papa para participar en la JMJ nos ha hecho olvidar todas esas miserias durante unos días. Pero, por desgracia, esto seguirá la semana próxima. Aunque reconozco que esta visita ha renovado mi conciencia democrática. Sí, sí, porque soy un demócrata, es decir, un defensor de la libertad en cualquiera de sus dimensiones, sigo haciendo de la crítica a ese terrorismo intelectual contra la cultura católica mi primer deber intelectual. Critico y denuncio a quienes son incapaces de ver la dimensión antidemocrática, e incluso totalitaria, en su acerada o ridícula descalificación de la visita del Papa a España. Obviamente, el intelectual demócrata, el pensador de la democracia, tiene que tomarse muy en serio la crítica del terrorismo intelectual, pues que de su éxito o fracaso dependerá la vida de la democracia.

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