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El circo olímpico

A los comunistas chinos sólo les ha preocupado el rendimiento, el “progreso”, la maquinaria al alcance de cualquiera. Una organización sin alma, repito, ha funcionado a la perfección.

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Adiós a la Olimpiada de Pekín. Después de dos semanas de perfecciones, el espectáculo organizado por los comunistas chinos ha terminado. El pueblo seguirá sufriendo. Los fuegos artificiales han vuelto a ser un embeleco. El Estado comunista es una maquinaría perfecta de simulación y engaño. El asesinato permanente de la libertad es su obsesión.  Todo ha sido falso, excepto el espectáculo. Todo ha sido comparable con un gran circo, pero sin público de carne y hueso. Todo ha rozado la perfección, aunque esta limitase con la crueldad. El Estado Comunista Chino ha ganado al resto del mundo. Se ha impuesto al mundo libre. También los jueces y árbitros, cuando la máquina fallaba, les daban el último empujón. La fragilidad de la humanidad ha sido vencida.

Por fin,  el domingo todos respiramos con alivio: La Olimpiada de Pekín ha terminado. ¿Cuándo conseguirá levantarse tanta humanidad pisoteada? El gran circo ha cerrado la carpa central. Este circo sin alma es el modelo para las próximas generaciones. Un espanto sin fealdad. El error no ha existido. La organización no sólo ha ocultado el problema de esta Olimpiada, la falta de alma, sino que la ha elevado a “modelo”. Los chinos lo han ganado todo, pero el pueblo, ese magma rico y plural de donde han surgido sus máquinas de competición, sigue sufriendo. La organización comunista de esta Olimpiada ha admitido todo lo que fuera a favor de su espectáculo, menos mostrar la fragilidad humana a su pueblo al mundo. Ni la lucha contra el doping se ha reflejado con precisión y claridad, porque era la otra cara de los ideales estoicos, frágiles y humanos, que aún conservan ciertos deportistas. Eran menester ocultar tanto el doping como la ascética estoica: la cruz y la cara de la fragilidad humana.

A los comunistas chinos sólo les ha preocupado el rendimiento, el “progreso”, la maquinaria al alcance de cualquiera. Una organización sin alma, repito, ha funcionado a la perfección. Poco más que eso nos ha enseñado ese acontecimiento. El horror está a la vista, pero nos negamos a verlo con mirada limpia. El ser humano también puede aprender de la perversión; más aún, parece que la vía del esfuerzo, del fracaso y la vuelta a empezar ha sido ocultada. Sólo interesa resaltar el rendimiento de los cuerpos más perfectos. La Olimpiada de Pekín ha ratificado que el mundo del deporte se ha convertido en un espectáculo circense. El más difícil todavía es posible. Sin embargo, el tesón de los seres humanos por alcanzar lo nunca visto puede convertirlos en su contrario bárbaro. El peligro de la deshumanización siempre está al acecho. Una máquina perfecta es un monstruo. El hombre que la mimetiza no es mejor que su creación. Por desgracia, esta Olimpiada ha resaltado otra vez a los vencedores, a las máquinas, y ha olvidado a los caídos.

Los comunistas chinos no quieren saber que el ser humano es algo más que éxito o fracaso. Levantarse es todo. El rendimiento es una ilusión. Quien siga esforzándose por imitar a las máquinas estará repitiendo la perversidad de Pekín: el ejercicio físico, el deporte o como le llame, es un circo sin alma. Un espectáculo para la televisión. Terrible. Pekín, China, los comunistas pasarán también a la historia por haber matado el alma de unos juegos. Sí, los observadores, el pueblo real, han desaparecido. La Olimpiada organizada por los comunistas ha reiterado el fracaso de la modernidad: ha hecho del éxito un espectáculo sin pudor y ha estigmatizado el fracaso por humano, demasiado humano. No puedo quitarme la sensación de que el Estado comunista chino ha cambiado la esencia de las Olimpiadas. Creo que los comunistas nos han robado la posibilidad de convertir las más grandes derrotas personales en experiencia felices y, sobre todo, han borrado esa levísima diferencia entre la victoria y el fracaso. Han suprimido el alma de la humanidad.

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