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El director de la Academia y el manifiesto

García de la Concha, desde el punto de vista de la profundización de la democracia a través de la defensa de la lengua común, no es nadie. No tiene discurso político. No ha hecho acción política alguna digna de mencionarse.

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Mal, muy mal, rematadamente mal me parece que Víctor García de la Concha, director de la Real Academia de la Lengua España, no firme el manifiesto a favor del castellano. Pésima me parece su excusa. El manifiesto le ha dado la oportunidad de "reivindicarse" como defensor del castellano, pero él ha renunciado a la petición por no sé que excusa ridícula. Ha perdido una buena ocasión de defender como ciudadano lo que ha sido incapaz de hacer como director de la Academia de la Lengua. El primer cargo burocrático de la Academia, conocido por ser un hombre presto a aprovechar cualquier resquicio público o privado para colgarse alguna medalla, no se ha atrevido a firmar este manifiesto. Ha perdido su gran oportunidad, sin duda alguna, quien pasa por ser uno de los grandes oportunistas de la institución académica. Lo siento.

Este hombre que debería dimitir, entre otras razones, porque jamás ha denunciado que más de un tercio de la población española no pueda educarse en su propia lengua; y, si lo ha hecho, cosa que dudo, no ha tenido éxito alguno. Haría bien en dejar a otro su puesto. Visto su fracaso es difícil que otro lo haga peor. Pero estoy convencido de que este mal burócrata se agarrará fuertemente al sillón, porque no sabe hacer otra cosa que mala burocracia, o sea, defender de boquilla el castellano, mientras que millones de españoles no pueden hablarlo.

Detrás de la actitud de Víctor García de la Concha, sin embargo, hay un motivo, o mejor, una pasión, que le impide no sólo firmar este manifiesto sino también dimitir de su cargo. La doble negativa de este burócrata obedece a una pasión, desgraciadamente, compartida con millones de españoles. En realidad, excepto unos pocos, la mayoría de la población está sometida a ese sentimiento cruel. Quizá ayuden a descubrir esa pasión las siguientes preguntas: ¿Quién es políticamente Víctor García de la Concha? Quizá un adaptado. Quizá. ¿Qué hay detrás de esas sonrisitas para las fotos? Quizá miseria política y blandura intelectual. Quizá. ¿Qué podemos esperar los ciudadanos de este individuo que no desean enfrentarse a Rodríguez Zapatero y sus correligionarios en los medios de comunicación? Poco, muy poco, nada.

García de la Concha, desde el punto de vista de la profundización de la democracia a través de la defensa de la lengua común, no es nadie. No tiene discurso político. No ha hecho acción política alguna digna de mencionarse. No ha hecho jamás nada que no sea utilizar para su propio beneficio la institución de la que es director. Pero ninguna de las respuestas, por buenas que sean, a esas preguntas más o menos coherentes, conseguirá aclararnos su negativa a firmar el manifiesto. Creo que el comportamiento de este burócrata responde, sencillamente, al ambiente que se respira en todo el país. Sí, sí, la pasión que está determinando los comportamientos de la mayoría de los españoles se llama miedo. España es, hoy más que ayer, el país más miedoso del mundo.

La valentía, o sea, el conocimiento de gente qué sabe atajar racionalmente el miedo escasea por todas partes; por eso, cuando ese bien hace acto de presencia, los burócratas de los partidos lo expulsan de su seno; léase el caso de María San Gil... Pero a lo que íbamos: Víctor García de la Concha no firma el manifiesto porque tiene "jindama". Es incapaz de afrontar el miedo. Si el director de la Academia hubiera tenido un poco de valentía, seguramente habría esgrimido algún argumento de peso a favor o en contra del manifiesto. ¿Quién se va a creer a la altura de esta película que él no firma por principio ningún tipo de manifiesto?

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