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El fracaso del Tribunal Constitucional

Por fortuna, el Alto Tribunal de Estrasburgo le ha dado la razón al buen juez, pero nada ni nadie le va a devolver la alegría perdida. Nadie conseguirá pagar el sufrimiento que a este hombre se le ha infligido.

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Dos grandes vías de actuación definen al Tribunal Constitucional. El recurso de amparo y el recurso de constitucionalidad. Las dos han fallado reiteradas veces. El caso de Gómez de Liaño es uno de los paradigmas del fracaso de la primera función. El recurso de amparo es el utilizado por un ciudadano que, después de haber agotado las anteriores instancias judiciales, recurre al Tribunal si se considera violado en algunos de sus derechos fundamentales. Fue la situación del juez de Gómez de Liaño. El Tribunal Constitucional no lo amparó, o sea, lo dejó a la intemperie de ser juzgado con justicia.

Por fortuna, el Tribunal de Estrasburgo de Derechos Humanos ha puesto en su lugar al Tribunal Constitucional español. Es un basurero para reciclar las miserias que le envía el poder ejecutivo. Los socialistas lo han utilizado, y lo siguen utilizando, a su antojo. Fue el instrumentó que usaron para romperle la columna vertebral a Ruiz Mateos. Fue la pieza última para deshacerse de Gómez de Liaño, un hombre justo y honesto, que trataba de impartir justicia. Así podría seguir citando decenas de sentencias. Por fortuna, el Alto Tribunal de Estrasburgo le ha dado la razón al buen juez, pero nada ni nadie le va a devolver la alegría perdida. Nadie conseguirá pagar el sufrimiento que a este hombre se le ha infligido.

Diversas instancias judiciales y, por supuesto, hombres y mujeres de carne y hueso, cargarán durante toda su vida con el estigma de haber sido injustos, pero, sin duda alguna, se llevarán la palma los famosos magistrados del Tribunal Constitucional. Si la eficacia de este Tribunal sigue dependiendo de que no sea considerado una continuación de la "política socialista", entonces puede afirmarse que seguirá fracasando. Obvio. Pero, en mi opinión, el problema es más grave que la dependencia política del Tribunal. Me refiero a que muchos de sus jueces están incapacitados para impartir justicia. Han dado muestras reiteradas de que ésta para ellos es "política", o mejor, dependiente de los socialistas o no es justicia. A eso le llaman ellos "justicia alternativa", o mejor, "uso alternativo del derecho".

Nada tiene que ver ese uso fraudulento del derecho con la genuina justicia, ni mucho menos con la ciencia del derecho, sino con la moralidad o inmoralidad para llevar a cabo una profesión con dignidad. La sentencia del Tribunal de Estrasburgo juzga, sin duda, sobre las injusticias cometidas contra Gómez de Liaño, pero sobre todo pone sobre la picota la carencia de moralidad de unos seres humanos para ejercer la función de juzgar a la altura de su dignidad y función. El asunto de Gómez Liaño, y sospecho que muchos otros, no es sólo una cuestión política sino de la carencia absoluta del sentimiento de la propia dignidad para ejercer las funciones de un viejo oficio. Por fortuna, Gómez de Liaño jamás buscó venganza sino que alguien le diera satisfacción a un sentimiento más hondo, heredado de su padre y de todos aquellos que han impartido de verdad justicia, que conocemos como la justa indignación antes las indignidades ajenas. El Tribunal de Estrasburgo se lo ha dado. Felicitémonos.

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