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Agapito Maestre

Entrenamiento cívico

Por esa facilidad sin precedentes en la historia para fabricar mentiras, no queda otro camino que la descalificación pública de esas miserias intelectuales y morales. 

Agapito Maestre
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Por esa facilidad sin precedentes en la historia para fabricar mentiras, no queda otro camino que la descalificación pública de esas miserias intelectuales y morales. 
Isabel Díaz Ayuso | EFE

Porque la democracia, ese régimen de poder público que tanto valoran los liberales, exige aprender a escuchar, los ciudadanos tendríamos que prestar atención a los comentarios ignorantes, estúpidos, irrespetuosos o mal intencionados vertidos contra los políticos profesionales sin mirar su color. Sin duda alguna, las barbaridades que he escuchado y leído en las últimas horas contra el discurso de Isabel Díaz Ayuso para ser investida presidenta de la Comunidad de Madrid me han hecho recapacitar sobre el inmenso poderío que aún tienen los "ideólogos" maledicentes y groseros para ocultar lo inmediato y real. Lo visible. La incultura del analfabetismo es hegemónica. Acaso por eso, por esa facilidad sin precedentes en la historia para fabricar mentiras, no queda otro camino que la descalificación pública de esas miserias intelectuales y morales.

Sería un buen entrenamiento cívico para el desarrollo de la democracia combatir tanto periodismo amarillista que se presenta como culto y responsable. Ese ejercicio crítico no requiere de una gran esfuerzo intelectual. Puede llevarlo a cabo cualquier ciudadano medianamente leído; sí, bastaría leer o escuchar las maledicencias, levantar acta de ellas y, por supuesto, comentarlas con nuestros círculos más cercanos. Pero, en verdad, la descalificación razonada de esos exabruptos contra la honorabilidad e inteligencia de una persona debería ser una tarea reservada para el ejercicio crítico del buen periodismo que tanto escasea por estos lares, entre otros motivos, porque casi todos los profesionales miran antes las cuentas de resultados de sus empresas que el ejercicio crítico de su oficio. ¡No exageraré! Claro que hay una pluralidad de prensa en España, pero tiendo a pensar que no se combate con criterio la estulticia y la mala fe que el fanatismo político ha instalado en España.

El problema no es únicamente español. Es universal. La muerte de las sociedades alfabetizadas, imposibles de comprender sin el fomento cotidiano de la ignorancia, implica la desaparición de la democracia. Los periodistas decentes tienen ahí un campo de investigación inagotable. Son imprescindibles para sentar las bases de una democracia de opinión pública madura y responsable. Por ahí, nadie lo dude, la tarea crítica de la prensa en España está aún por desarrollar. El día que el debate político deje de estar constreñido por los viejos tópicos de buenos y malos, de izquierda y derecha, ricos y pobres, entonces diremos que hay auténtica prensa crítica en España.

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