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Falsa legitimidad

Un Congreso puso a Rajoy en el poder de su partido, pero, por favor, esa legitimidad tiene que ganarla todos los días y, de modo especial, ganando elecciones.

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Algunas de las respuestas a la entrevista que el director de ABC, Ángel Exposito, le hacía ayer a Rajoy, constituyen un monumento a la impostura democrática. Rajoy volvía a reiterar que "en absoluto afectaría a su liderazgo" el supuesto hipotético de que los resultados de las elecciones gallegas, vascas y europeas fueran desfavorables a su partido. Su liderazgo y las derrotas electorales de su partido son independientes. Trágicamente, diría yo, independientes. La repetición de esta cantinela por parte de Rajoy empieza a ser peor que pesada. Está en los límites de los comportamientos políticamente correctos de la democracia. Comienza a ser nauseabunda para quien esté educado en tradiciones democráticas. Razonaré, otra vez, mi juicio de modo similar a como lo hice, cuando le formularon por primera vez esas cuestiones, aunque, ahora, obviamente tendré en cuenta todo lo sucedido en los últimos nueve meses.

Antes de nada diré que mi argumentación nada tiene que ver con un juicio de gusto estético, o de emotividad moral, sino que obedece a un razonamiento político. Menester es insistir en este punto, especialmente, cuando la lucha política por parte de algunos dirigentes del PP más parece dirigida contra la prensa libre e independiente que contra el Gobierno. En otras palabras, está muy lejos de este cronista cuestionar la persona de Rajoy. También está muy lejos de mí criticar lo que no puede criticarse de Rajoy, a saber, sus buenas o malas intenciones respecto de sus compañeros de partido. Y, por supuesto, lejos está de mí poner en cuestión al líder de la oposición, porque así lo hagan algunos compañeros de su propio partido que le disputan el liderazgo. Estoy tan alejado de ese tipo de "análisis" como de las prácticas del propio Rajoy, que en eso se parece mucho a Zapatero, por intentar eliminar voces críticas de los medios de comunicación.

Mi oficio es mucho más sencillo, busco la verdad a través de lo que dice y hace el propio Rajoy. Ya sé, ya sé, como diría una antigua amiga que se dedicaba al noble oficio de la radio, que ese tipo de búsqueda hace de este oficio de periodista, o como se llame, uno de los más azarosos, desde todos los puntos de vista. Azarosos y arriesgados. Muy arriesgado. Pero merece la pena correr ese riesgo, porque primero nos hace libres y, después, nos permite potencialmente dirigirnos, o sea, comunicarnos nada más y nada menos, que con casi once millones de seres humanos que han votado al partido político que soporta a Rajoy. Pues bien, por respeto, sí, por intentar dialogar con ese número elevado de ciudadanos españoles, tengo, al menos así lo veo yo, que volver a repetir que las declaraciones de Rajoy el domingo, en ABC, distan de ser propias de un hombre sensato que se tomen en serio la democracia dentro de su partido, y preste atención a lo que demandan sus votantes.

Quede claro que yo no digo que Rajoy no sea un demócrata, ojo, sino que la democracia en el interior de su partido apenas le preocupa. Un dirigente político que sigue manteniendo, después de que las encuestas, los análisis y las expectativas de crecimiento de su partido sean desfavorables, que para nada afectaría a su liderazgo una posible derrota de su formación en las próximas elecciones autonómicas y europeas no me merece confianza democrática. ¿Quién en su sano juicio político puede eludir que en democracia todas las elecciones, a pesar de su autonomía, tienen unas estrechas relaciones entre ellas y, naturalmente, afecta al funcionamiento de los partidos políticos? ¿Quién ha perdido unas elecciones en un partido político y no se plantea algún tipo de cambio? ¿Quién en su sano juicio político se atrevería a negar que unos resultados malos en unas elecciones de su formación política no afectarían, directa o indirectamente, a la revisión de los mensajes, a la vinculación con sus posibles electorados e, incluso, a la estructura orgánica y de liderazgo de la cúpula del partido? Nadie.

En efecto, creo que ningún dirigente político, excepto Rajoy, se empecinaría en decir que tres derrotas de su partido no significarían nada contra su liderazgo. Creo, en fin, que Rajoy ha aprendido poco de Weber. Cualquier político, incluidos los demócratas, ha interiorizado de tal modo alguno de los análisis weberianos que los han hecho norma de su comportamiento político, pero Rajoy parece que les da la espalda. Dos son las enseñanzas básicas de Weber, dicho sea de paso, uno de los mayores genios de la filosofía política de todos los tiempos, que Rajoy niega, a saber, por un lado, todo político tiene una legitimidad de origen y otra de ejercicio. Un Congreso puso a Rajoy en el poder de su partido, pero, por favor, esa legitimidad tiene que ganarla todos los días y, de modo especial, ganando elecciones. Por otro lado, cuando un político carece de finalidades objetivas y de falta de responsabilidades, dos defectos que generalmente van juntos, entonces está abocado al fracaso, o peor todavía, a la dominación no legítima.

¿Podría alguien, por favor, aclararme cuáles son las finalidades objetivas de Rajoy que se distingan con claridad y distinción de Zapatero? Y, sobre todo, ¿podría algún dirigente del PP explicarme por qué no será responsable Rajoy de lo que pase en las autonómicas y europeas?

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