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Fin de una política

La historia de la democracia española recordará ese día 24 de febrero como uno de los más funestos de nuestro pasado reciente.

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Extraña y triste fue la discusión entre Rajoy y Sánchez. La historia de la democracia española recordará ese día 24 de febrero como uno de los más funestos de nuestro pasado reciente. La intervención de Sánchez fue penosa al descalificar a todos los partidarios del PP por corruptos, pero la de Rajoy fue autoritaria al despreciar al líder máximo del PSOE, incluso hasta llegar a arrogarse el poder sobre quién debería debatir con él en un futuro Parlamento. El final de la intervención de Rajoy contra Sánchez fue terrible. Este debate del estado de la nación ha puesto en evidencia algunos asuntos decisivos para el inmediato desarrollo de la democracia española. Aparte de negar todo ese magma complejo y abigarrado de vida política fuera del Parlamento, que estaría representado por el ascenso de dos nuevas fuerzas políticas, un asunto de carácter fundamental para todos los españoles ha salido tocado de esa agria discusión mantenida por los dos máximos líderes de España.

Me refiero, sí, a la política como ámbito genuinamente humano para resolver conflictos sociales. Se mire desde donde se mire, creo que este debate ha sido el más antipolítico, en el sentido estricto de la palabra, que uno pudiera imaginar en la España contemporánea. La política, como eje central para resolver los serios problemas sociales que tiene planteada la vida española, ha quedado muy dañada, porque nada hay más violento, más antipolítico, que romper todos los caminos y puentes que pudieran llevar a alcanzar acuerdos entre los dos grandes partidos de la nación.

El daño infligido a la política ha tenido una inmediata repercusión en uno de sus instrumentos clave: el Parlamento. Por eso, precisamente, no me extrañaría que tuviera más repercusión el mitin de Pablo Iglesias, en el Círculo de Bellas Artes del miércoles, que las medidas que salgan del debate sobre el estado de la nación. La institución del Parlamento, como lugar central de la vida política española, ha aparecido ante los españoles como un foro que se niega a sí mismo su especial singularidad: espacio privilegiado para hacer política. La discusión entre Rajoy y Sánchez es la mayor prueba de negación de la política a la que yo he podido asistir en España en las últimas décadas. El Parlamento, el lugar del acuerdo y la genuina política, ha quedado para negarse a sí mismo. No es una paradoja dialéctica sino una realidad. Suena duro, pero eso es exactamente lo que ha pasado entre los dos principales partidos políticos de España. La dureza utilizada por Rajoy ha competido con la áspera intervención de Sánchez. Uno y otro han dejado claro que no habrá posibilidad de llegar a acuerdos entre PP y PSOE. Se han roto todos los puentes para el entendimiento.

He ahí, pues, el principal resultado del debate de la nación: el cierre definitivo de una política posible. En efecto, si alguien albergaba alguna esperanza sobre la plausibilidad de un acuerdo entre PP y PSOE para resolver los problemas de España, y de paso los de sus propios partidos, olvídese por completo de ese pacto a la alemana. Frente a la idea de la Gran coalición, Rajoy y Sánchez han escenificado, una vez más, el cuadro de Goya: dos tíos, hincados en el suelo, matándose a garrotazos.

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