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Juego y vida

La exhibición de Zapatero de la copa del mundo sobre cinco millones de parados no deja de ser una indecencia, aunque se justifique para vender productos españoles en Asia.

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Cuando el juego deja de ser juego, la tragedia ha comenzado; cuando los espectadores del juego se van a sus casas obsesionados por lo visto, la psiquiatría inicia su trabajo; cuando los jugadores al final del juego no logran quitarse sus máscaras, el juego ha muerto confundido con la realidad. El rito final del culto lúdico, la bajada del telón en el teatro, las luces apagadas del estadio, o el permiso que piden los matadores para abandonar el coso taurino no sólo han perdido vigencia, actualidad, sino que han muerto para la mayoría de una sociedad enajenada.

Nuestra época ha terminado con la esencia de todo verdadero juego a la par que ha hecho de la vida, de la seriedad de todo acto libre, una banalidad. Si es cierto que la seriedad, la normalidad de la vida cotidiana, hace tiempo que sobrevive confundida con el juego, no es menos verdad que el juego ha muerto, sí, porque su esencia, o sea su "The End", permanece entre sombras. Oscurecido. Casi borrado. Nuestra época ha difuminado el momento, el instante, en que todo verdadero juego se acaba. Cuando el juego no tiene fin, una ruptura entre la jovialidad y la seriedad se convierte en un sucedáneo de la vida, incluida la vida política; ejemplo extremo de la muerte del juego y de la política es la utilización de Rodríguez Zapatero, en China y Japón, del triunfo mundial de la selección nacional de fútbol.

Sobre esa prolongación exagerada del juego en la vida política, un eterno retorno mortecino sobre lo ya vivido, viaja Rodríguez Zapatero por esos países con el único objetivo de vender la "marca España". No seré yo quien exagere la crítica al presidente del Gobierno por esta utilización del juego para mejorar la vida económica de España –también lo hizo Hitler con la Alemania de su tiempo o la China Comunista con sus pasadas Olimpiadas–, pero no puedo dejar de despreciar a quien ha reducido la acción política a un juego falso de imágenes entre la ficción del juego y la falseada realidad. La exhibición de Zapatero de la copa del mundo sobre cinco millones de parados no deja de ser una indecencia, aunque se justifique para vender productos españoles en Asia.

Rodríguez Zapatero hace su agosto, nunca mejor dicho, levantando una copa que no es propiamente suya sino de una sociedad que hace tiempo hizo del juego, especialmente del fútbol, su mejor forma de eludir lo real. En eso estamos todos los españoles: "vivimos" sentados entre dos sillas, entre un juego descafeinado y una realidad falsa, sin saber qué hacer. Zapatero lo sabe y presiona por todas partes para que los votantes confundan el juego con la realidad, lo lúdico con lo serio; se trata, en fin, de crear una atmósfera política de enajenación total, o peor, un ambiente para que vivamos incómodos, alerta como los animales, en la noche donde todos los gatos son pardos.

He ahí la baza principal de Zapatero para el nuevo curso político. ¡Más de lo mismo! Se trata de reducir al ciudadano a una enorme panza que vota cada cuatro años. Quizá por eso sea cada día más difícil hallar a un ser humano que camine erguido y se acomode sobre un solo asiento.

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