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La parálisis de Rajoy

Salvo contarnos de vez en cuando chistecitos de adorno, Rajoy es tan plano como Zapatero a la hora de transmitir y comunicar lo que lleva en su magín.

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Resulta difícil explicar el comportamiento de Rajoy con el tesorero del PP. El caso Gürtel-Bárcenas ha paralizado por completo al dirigente del PP. Ni los más íntimos de Rajoy entienden su silencio. Y su inacción. Cuando uno se imagina la existencia de Rajoy sometida, o peor, condenada al horror de la soledad, reducida a percibir sólo desde lejos lo que ocurre al resto de los humanos, uno se hace cargo con facilidad de la tristeza brutal de este político que, lejos de cualquier arrebato humano, no sufre nada más que porque alguien le quite el frío en verano y el calor en invierno; sí, sí, su sufrimiento no deriva de algún enfriamiento o calentamiento moral, sino que sus cambios de temperatura son semejantes a las de las plantas o los animales...

Y es que la vida política de Rajoy es triste y sombría. Parece una vida de no ser, de error y de impotencia. Esgrime la palabra España como argumento de unidad, pero promociona estatutos de autonomía tan secesionistas como el catalán. No está de acuerdo con la financiación autonómica, pero se abstendrá en el Consejo de Política Fiscal y Financiera. Aboga por que los imputados de su partido en causas judiciales cesen en los órganos de su partido, pero mantiene en sus cargos a quienes no aceptan esa regla. Este no-ser, errático e impotente, en mi opinión, está cada vez más solo. Trabaja solo. Sufre y, quizá, reza más solo que la una. Su necesidad es obvia: escapar a la espantosa clausura que, por unas cosas u otras, le ha sido impuesta. O peor, él mismo se ha impuesto con desgraciada ascética.

Excepto en algunos debates parlamentarios, Rajoy nunca ha brillado ni por su verbo ni por su imaginación. Salvo contarnos de vez en cuando chistecitos de adorno, Rajoy es tan plano como Zapatero a la hora de transmitir y comunicar lo que lleva en su magín. El problema es que todo esto se nota ahora mucho más que hace unos años. Hoy por hoy, es un político sin un gran fondo y con formas elementales. No es un gran líder. Y, seguramente, nunca lo será, entre otras razones, porque ha convertido el PP en una suma de partidillo de "liderazgos" regionalistas sin otro objetivo que turnarse en el poder. Rajoy se entrega sin ningún tipo de reserva al modelo político marcado por Zapatero, o sea, lo importante no es gobernar España, sino que los caciques locales del territorio no le impidan alcanzar en el futuro la presidencia de una vulgar confederación de taifas.

Yo esperaba otra cosa de Rajoy. Me equivoqué. Es un político que conoce al detalle la letra de la política, pero no ha conseguido captar su espíritu. Su grandeza. Creo que ya nunca dirá nada con vigor e imaginación. Cuando uno se imagina la existencia de un hombre político sin vigor y, por lo tanto, sin ensueños, sin meditaciones y, seguramente, sin entusiasmos, hundido entre los muros del aparato de su partido, entonces comprende fácilmente el inconmensurable hastío que este dirigente político sentirá de la democracia española. No ve por ningún sitio las bellas posibilidades de la política y, por lo tanto, no las disfruta; además, no tiene otros seres humanos con quien compartir esos goces.

Más aún, parece que Rajoy no quiere hablar, no quiere "hacer" política. Calla, calla y calla. Además, aconseja a todos sus colaboradores que guarden silencio. Es como si sólo aspirase al silencio de celda cartujana. Rajoy es más una existencia solitaria, un alma fatigada del mundo, desengañada de ilusiones democráticas, que un político dispuesto a esperar, y por consiguiente, como dice Maquiavelo, a sostenerse con la esperanza en cualquiera circunstancia crítica o incómoda en que se halle.

Y, sin embargo, este hombre puede ganar las próximas elecciones generales. Sí, sí, puede ganar, sencillamente, porque Zapatero es aún peor político y, sospecho, que peor persona. Así es la vida.

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