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Laberintos de la corrupción

La utilización "maquiavélica" que PSOE y PP llevan a cabo de sus respectivas corrupciones podría dejar a los dos principales agentes políticos fuera de juego. ¿Por qué? Por pasarse de listos.

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Nadie se rasgue las vestiduras por los recientes casos de corrupción. No se pierdan en los asuntos de Chaves, en Andalucía, y Bárcenas, en Madrid. Quizá no sean comparables en gravedad y maldad, pero ninguno de los dos se entiende sin entrar en el gran laberinto de la corrupción de la democracia española. No son asuntos aislados; son sólo ejemplos de una corrupción generalizada que alcanza sus cotas más altas en el ámbito municipal. La corrupción está en todas partes. No es, pues, un fenómeno ocasional ni tampoco sus dimensiones son marginales. La corrupción constituye un metasistema, seguramente, más eficaz que las instituciones oficiales en las cuales se incrusta y de las que extrae su principal fuente de alimentación.

La corrupción acompaña a nuestra democracia como el alma al cuerpo. Desde la financiación de los partidos políticos hasta el sueldo de cualquier cargo electo en el municipio más modesto, pasando por los sindicatos y las patronales, están contaminados de corrupción. Incluso hay zonas de España, por ejemplo, las comunidades de Andalucía y Cataluña, que el bucle de la corrupción, lejos de constituir una "cultura" sistemática sobre la cleptocracia de los políticos, ha institucionalizado un complejo folklore del robo y el nepotismo de la casta política. Serán siempre famosos por el cachondeo que producen en la ciudadanía tanto el 3%, según Maragall, que se llevaba CiU por cualquier obra que se hiciera en Cataluña, como la confusión entre gobierno, partido y familia en Andalucía, provocada por la etapa de Chaves al frente de la Junta.

Cierto es que España tiene sus singularidades en materia de corrupción con respecto al resto de las democracias occidentales, pero en general comparte un rasgo común: la corrupción puede ser utilizada tanto por la oposición como por los propios del partido para desbancar a sus líderes del poder. Los casos de Chaves y Bárcenas son de libro. El uso que pudiera hacer del primero Zapatero compite en perversidad con el que pudiera estar tramando Rajoy, o llegado el caso los adversarios internos del líder popular, de lo que ya no es caso Gürtel sino de Bárcenas, tesorero del PP. Por otro lado, y esto es aún más grave para el desarrollo de la democracia, la universalización de la corrupción tanto como la imperiosa necesidad de ocultarla conduce a toda la comunicación política al terreno del disimulo y el engaño. Por este camino, los partidos políticos y los medios de comunicación parecen cavar sus propias fosas.

Por fortuna, y quizá para consolarnos, la utilización "maquiavélica" que PSOE y PP llevan a cabo de sus respectivas corrupciones podría dejar a los dos principales agentes políticos fuera de juego. ¿Por qué? Por pasarse de listos. Por negarse sistemáticamente a intentar traer luz al mundo político, o sea, por boicotear continuamente la posibilidad de hacer inteligible la vida pública. Su negativa a ofrecer los instrumentos necesarios de interpretación para que los ciudadanos sepamos no sólo orientarnos sino también actuar con más eficacia en lo público puede llevarlos al abismo: o sea a que se queden solos o con el voto de sus fanáticos. La alta abstención en las elecciones europeas es una prueba de mi razonamiento.

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