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Los Pelayos (2)

No es, ciertamente, una cinta más de un subgénero, sino que es una gran película llena de matices. Es una obra que desciende al detalle, a la variación minúscula, de la realidad con paciencia, limpieza y humildad.

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Alguien me afeó que en mi última columna, dedicada a la vida de Los Pelayos, no citara el nombre del director de la película, Eduard Cortés, ni que mencionase que Iván García-Pelayo es el responsable de la sección de Póker en este periódico digital. Lo siento. Presento mis disculpas, pero, en realidad, tampoco entré en cientos de detalles que hacen grande esta película. No es, ciertamente, una cinta más de un subgénero, sino que es una gran película llena de matices. Es una obra que desciende al detalle, a la variación minúscula, de la realidad con paciencia, limpieza y humildad. La mirada paciente, limpia y humilde a la realidad, incluido el azar, del director y guionistas, sin duda alguna inspirada por el libro y la vida de Gonzalo e Iván, es el principal componente de este antídoto español a las cientos de películas dedicadas a las patologías generadas por el juego.

Esta película vence la tragedia del azar. Eso no significa que el azar en sí sea el mal; al contrario, lo malo es la relación perversa que pudiéramos establecer a través del juego. Éste tiene que verse sólo como una manera de relacionarse con el mundo. Y el que juega, el jugador de verdad, o conoce los límites del juego o quedará reducido a la nada. Quizá por eso esta película debería exhibirse en los colegios, puesto que, hoy en día, el problema de la iniciación en la edad adulta no es, ni mucho menos, el del sexo, sino precisamente el del juego, infinitamente mucho más peligroso si no se sabe controlarlo. Educarlo. Así, pues, una adecuada instrucción en la moral del azar es más que conveniente, es absolutamente recomendable.

Toda la película es esplendida. No valoro sólo el guión, la dirección de actores, la fotografía, el montaje, el ritmo, etcétera, sino la película entera. La cinta es un todo orgánico que fluye con naturalidad de principio a fin. Es una película redonda con planteamiento, nudo y desenlace. Cine de verdad: se trata de una historia perfectamente contada. Su coherencia narrativa es novelesca, la realidad entra en el cine y viceversa. Una más de cine cervantino. Novelesco. Real. El asunto central, en efecto, es el juego. Se trata de la vida de un profesional del juego que logra vencer al demonio, al malo, malísimo, de la película. El dueño del casino es derrotado.

No es, sin embargo, una película más sobre el juego, sino que es una película española, universal sobre cómo partirle la columna vertebral a la utilización perversa del azar. Y, reitero, se hace con alegría, naturalidad y sencillez, en familia, una extensa familia que va creciendo a medida que avanza la película con espontaneidad y cariño, mucho amor, sí, y del bueno hallamos en Los Pelayos. Hay en esta película tanto amor, erotismo y sexo como inteligencia, sentido común y mirada limpia.

Nada en esta obra se relaciona con la tristeza del ludópata o la euforia boba del recién llegado a un mundo de fortunas sin asiento. No, no, no es en absoluto una película de tristes alegrías o alegrías tristes; tampoco tiene nada que ver con melancolías y acedías sobre el juego. Es algo más y, a la vez, algo menos, se trata de una historia nueva, porque nuevo es siempre el ímpetu, el espíritu, que pone en la lucha aquel que quiere vencer al mal, a quien se siente dueño del azar, de la ruleta, en este caso, frente al bien, el método, la razón. Muestra esta película mucha inteligencia y, por supuesto, unas buenas dosis de imaginación, porque también sobre el juego de la ruleta, desde Pascal para acá, se han dicho las cosas más imaginativas...

En cualquier caso, sería menester que esta película se pasase, reitero, por los centros educativos para aprender a distinguir el bien del mal. Sí, sí, es cine moral del bien contra el mal, basada en una historia central, grandiosa, y otras, no menos valiosas, que se le van adhiriendo a medida que avanza la película, que consigue que el espectador se quede con ganas de ver más y más... He visto, pues, recogido a la perfección el espíritu de un gran amigo, la vida de un español de los años ochenta, de un quijote que se enfrenta a unos molinos de viento de nuestra época, en realidad, de todas las épocas y, a diferencia del manchego, sale vencedor. ¡Qué más puedo pedir a una película comercial de extraordinaria calidad! Otro día hablamos de los actores, siento que todos están magníficos. 

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