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Objeción de conciencia y democracia

El movimiento contra la asignatura de Zapatero será una pieza clave para comprender que, incluso en una sociedad tan dependiente de los poderes del Estado, o peor, del Gobierno como es la española, también hay atisbos de una sociedad civil y autónoma.

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Aunque me temo lo peor, espero con impaciencia la sentencia del Supremo. Si el fallo les da la razón a los objetores de conciencia, todavía quedará alguna esperanza política sobre el tambaleante Estado de derecho español. Quizá pudiera reconstruir las bases de su existencia. En este contexto, no se extrañen por que el Tribunal Supremo tarde en dictar sentencia sobre los objetores de conciencia a la asignatura impuesta por Zapatero para adoctrinar a nuestros hijos. De esta sentencia dependerá, sin duda alguna, la orientación de ese poder respecto a la democracia. Estos treinta magistrados también se la juegan.

De momento, e independientemente de la sentencia que dicten, es obvio que los objetores de conciencia a la asignatura Educación para la Ciudadanía, invento socialista para liquidar los pocos valores democráticos que aún alberga esta sociedad, han puesto en evidencia no sólo una asignatura de adoctrinamiento ideológico, sino que han dejado con sus vergüenzas al aire a todos aquellos "intelectuales", periodistas y gentes afines a las mentiras de Zapatero. Por supuesto, han marginado al partido de la oposición en su lucha ciudadana.

Gracias a ese movimiento de objeción de conciencia, gracias a estos heroicos de padres de familia, hemos podido asistir, por encima de cualquier otra consideración, al ejercicio de una libertad merced a eso que los clásicos llamaban vita activa. Más aún, se diría que la lucha política y judicial de estos ciudadanos, que por fortuna ha sido atendida positivamente por los tribunales superiores de justicia, es un modelo de democracia, un ejemplo sobresaliente, de que la libertad sin participación política, es decir, sin implicarse en la gestión de los asuntos comunes, es libertad vacía. Esta lucha ciudadana por la conquista de una libertad fundamental, la libertad de conciencia, a través de la participación en la vida pública pasará a la historia, sencillamente, porque ha mostrado los resabios totalitarios de este régimen de derechos, sí, sí, régimen de derechos muy alejados de la genuina división de poderes que define al sistema democrático.

Por otro lado, el movimiento contra la asignatura de Zapatero será una pieza clave para comprender que, incluso en una sociedad tan dependiente de los poderes del Estado, o peor, del Gobierno como es la española, también hay atisbos de una sociedad civil, autónoma, al margen de la Administración Pública y de los intereses reguladores del mercado (me refiero a los intereses de los colegios concertados y privados que se han allanado a la imposición de Zapatero de la asignatura de Educación para la Ciudadanía). Por fortuna, ni el aparato del Estado ni sus terminales, y menos las estructuras del mercado de la enseñanza concertada, han conseguido absorber o devorar el espacio público-político generado por la lucha ciudadana de los objetores de conciencia.

Por lo tanto, e insisto al margen de la sentencia del Tribunal Supremo, siempre podemos darles las gracias a estos ciudadanos que han objetado contra la terrorífica asignatura de Zapatero, porque nos han enseñado que el verdadero significado de ciudadano no es otro que el de héroe. En efecto, como escribió magistralmente Hannah Arendt:

En su origen la palabra héroe no es más que el nombre que se da a cada uno de los hombres libres que habían tomado parte en la epopeya troyana y de los que se podía contar una historia. La idea de coraje, cualidad que hoy consideramos indispensable en un héroe, se encuentra ya de hecho en el consentimiento de actuar y de hablar, de insertarse en el mundo y de comenzar una historia propia.

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