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Periodismo y democracia

Una solución podría ser mimetizar a los grandes semanarios alemanes, pero creo que es más realista (sic) crear una prensa de elite, dirigida a los mejores.

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Casimiro García-Abadillo, en El Mundo del lunes, meditaba con nostalgia sobre el futuro del viejo periodismo. Digo con nostalgia, porque resulta casi imposible distinguir el yo del periodista, del vicedirector de un periódico nacional importante, de la cuestión tratada que, al final, no es otra que la viabilidad del periodismo de papel en España. El análisis, no obstante, quiere ser objetivo; incluso se levanta acta de la desaparición reciente de una cadena de TV dedicada únicamente a la información, se cita un trabajo de Paul Starr sobre el oscuro futuro de la prensa de papel y, finalmente, da razón de un documento elaborado por el Nieman Jounalism Lab sobre la crisis del negocio periodístico.

Aunque García-Abadillo lo intenta una y otra vez, no consigue separar en su largo y sustancioso artículo su forma de pensar, que va a la cosa casi de modo directo, el fin del viejo periodismo, de su peripecia personal en el diario que sustenta su texto. Es como si tuviera la mosca detrás de la oreja. Es como si sintiera que el dueño de la cosa le apremia a vender más periódicos. Es como si alguien le moviera el suelo sobre el que vive un gran periodista. Las apelaciones de García-Abadillo al "gran futuro que tiene por delante la presa de papel" son, en mi opinión, más de orden sentimental que argumentativo.

La preocupación sobre la subsistencia del periodista prima sobre la calidad de la argumentación. Tanto es así que llega un momento que García-Abadillo reconoce que su gran "preocupación es por el periodismo, por una profesión que corre grandes riesgos en estos momentos de confusión, frivolidad y disparate". Hay en el artículo del amigo Casimiro mucha honradez, pero también más deseo que análisis, más corazón que razón; en mi opinión, sería mejor hacer propuestas concreta sobre cómo sacar adelante una prensa rigurosa escrita en papel que regodearnos en los deseos. He aquí la mía para no caer en lo criticado: una solución podría ser mimetizar a los grandes semanarios alemanes, pero creo que es más realista (sic) crear una prensa de elite, dirigida a los mejores, o sea optar por un periódico de muy alta calidad, tirada pequeña y publicidad muy cara.

Los equipos, naturalmente, tendrían que ser muy coherentes, es decir, no puede haber un periodista excelente haciendo crítica de cine y un obtuso encargado de la política nacional, o viceversa. Los profesionales tienen que estar muy bien pagados; y, por supuesto, el periódico no puede pasar de 32 páginas. Ahí tiene que estar contenido lo decisivo y determinante de un país. Tiene que ser, en fin, un periódico de excelentes para crear excelencia.

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