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Sociedades abiertas, sociedades inseguras

Desde que Olof Palme, el primer ministro sueco, fue asesinado a la salida de un cine de Estocolmo, un 28 de febrero de 1986, estas sociedades perdieron buena parte de su atractivo.

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Las sociedades abiertas son inseguras. Es el riesgo de la libertad. Independientemente de la crítica que pueda hacerse a los sistemas de seguridad noruegos, la extrema vulnerabilidad al que están sometidas las sociedades abiertas provoca ambigüedad y desasosiego, especialmente a la hora de combatir el terrorismo sin que perdamos libertades. Pareciera que el Mal sigue siendo el emblema de lo Político. La tranquilidad, la calma y la seguridad de la sociedad noruega han sido rotas por un extremista. Un fanático ultraderechista ha asesinado a 93 personas y ha dejado herida a toda una sociedad. El miedo hará el resto, a pesar de las declaraciones retóricas de los políticos en el poder.

Las sociedades abiertas también contienen muchas "sociedades cerradas" y opacas. La novela negra nórdica viene poniendo en evidencia, desde hace más de tres décadas, la tragedia que se encerraba detrás de esas sociedades aparentemente pacíficas y sin problemas económicos. El criminal de Oslo y Utoya parece sacado de una novela negra de Henning Mankell o Stieg Larsson. Estos grandes novelistas supieron mostrar con gran pericia literaria cómo las conductas más desviadas y anómicas podían pasar desapercibidas, casi como normales, en sociedades que se presentaban como modélicas al resto del mundo. El mal no estaba en la aparición de esos fenómenos patológicos sino en su aparente convivencia pacífica con formas normales de hacer política.

En efecto, formas de vida extrema, patológica y al borde del delirio convivían, por decirlo con suavidad, con actitudes más o menos normales. En fin, la novela negra nórdica se ha cansado de denunciar la aparición de fenómenos políticos vinculados a la extrema derecha y a movimientos neonazis sin que nadie les hiciera caso, pero que, al final, se han revelado trágicos. La literatura se ha adelantado a la realidad, dirán algunos; pero, en verdad, no es así, porque desde que Olof Palme, el primer ministro sueco, fue asesinado a la salida de un cine de Estocolmo, un 28 de febrero de 1986, estas sociedades perdieron buena parte de su atractivo. Más aún, ese crimen dejó perfectamente claro que ninguna sociedad, por muy democrática y abierta que sea, está exenta del terrorismo.

La respuesta del primer ministro noruego, Jens Stoltenberg, ha sido impecable: "Más y mejor democracia serán las únicas maneras de acabar con el terrorismo". Estoy de acuerdo con la medicina. Y, sin embargo, serán millones de noruegos los que seguirán preguntándose: ¿qué ha hecho mal nuestra democracia para dar lugar a este tipo de fanatismo político? También les asiste la razón.

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