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Terrorismo y silencio

Señores socialistas, por favor, vayan a otro lugar con ese cuento. Es tan ruin y populista su retórica que prefiero el silencio, aunque la melancolía lo arruine.

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El miércoles, después del atentado terrorista en la ciudad de Burgos, lo dijo el ministro del Interior, Pérez Rubalcaba, y el jueves, después del asesinato de dos guardias civiles españoles en Mallorca, lo reiteró el dirigente socialista Ramón Jáuregui: ETA está en su última etapa. Están débiles. Ellos perdieron la última oportunidad. El Estado acabará con ETA. Así, insiste Jáuregui, lo han querido los terroristas, porque "ellos solos rompieron la tregua". Ante esta palabrería siento alternativamente vergüenza ajena y desprecio. Sólo quiero callar. Presiento que guardar silencio, anular nuestra propia voz, es más humano que perorar sobre lo que resulta inexplicable.

El separatismo sigue matando y, por lo tanto, ganando en todas partes a la paz ciudadana, pero los dirigentes socialistas niegan la evidencia. ETA sigue asesinando españoles, pero los socialistas dicen que están acabando con la banda. La mentira socialista no tiene límites. Los socialistas de Zapatero no tienen pudor para decir una cosa y la contraria; primero, negociaron y se entregaron a los cambalaches de ETA, durante casi cuatro años, y ahora, cuando ETA ha iniciado toda una ofensiva contra el Estado, incluso lo han hecho con ostentación al atentar por primera vez en una isla, dicen que los criminales están en las últimas. ¡Vale!

Señores socialistas, por favor, vayan a otro lugar con ese cuento. Es tan ruin y populista su retórica que prefiero el silencio, aunque la melancolía lo arruine. Más dice el silencio, en efecto, que sumar mi opinión a ese poblado corral de voces engalladas y cínicas. El silencio, por muy negativo que sea, dice y aclara "mucho con el énfasis de no explicar". Pero, como diría la Atenagórica de México, al silencio es necesario ponerle algún breve rótulo para que se entienda lo que se pretende que el silencio diga. El mío es breve y sencillo. Es casi un epitafio, un "recordatorio", para quien declaró que la nación, la nación española, es un "concepto discutido y discutible".

El silencio respetuoso ante la muerte de dos españoles nos dirá algo de verdad, sí, algo que no cabe en las voces de los miles de socialistas que mantienen una cosa y su contraria, si y sólo si asumimos o pensamos que España, la nación española, está siendo vencida por el separatismo. Los criminales vuelven a ganarnos cuando nos matan. Los socialistas, ahora como en el pasado, no quieren saber nada de esa amarga y trágica lección que el separatismo trata de darnos después de cometido su crimen. De hecho, los socialistas nunca la aprenderán, porque antes que acabar con el corazón del animal separatista, es decir, rematarlo con la fuerza represora del Estado de Derecho, prefieren dejarse tratar –dialogar, negociar y cambalachear– por los tentáculos del terrorismo nacionalista de ETA.

Después de los crímenes de Mallorca, es preferible el silencio, sin duda alguna, que "decir" que estamos ganando a ETA. Insisto: el silencio, como dijera Juana de Asbaje, "explica mucho con el énfasis de no explicar". El silencio es más humano, quizá demasiado humano, que la mentira.

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