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Valle de los Caídos

Nadie con solvencia intelectual ha respetado políticamente la Comisión que nombró Zapatero para ensuciar de ruido ideológico el espacio público-político. Todo estaba decidido desde el principio.

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Unos cuantos muchachotes de Zapatero han decidido ratificar el "designio" que el todavía presidente de Gobierno en funciones les impusiera hace tiempo, cuando creó la Comisión del Valle de los Caídos. Se trata de un poco de ruido más antes de irse. Es una forma de justificar comilonas y sueldos a cargo del erario público. En verdad, nadie con solvencia intelectual ha respetado políticamente la Comisión que nombró Zapatero para ensuciar de ruido ideológico el espacio público-político. Todo estaba decidido desde el principio. Era añadir más basura ideológica al inmenso arsenal de sectarismo político que Zapatero ha traído a la pobre democracia española. Si esto era sabido, entonces no sé a qué vienen los extrañamientos y lloriqueos de algunos de sus miembros... Todo estaba amañado: lo único que preocupaba a Zapatero era sacar los restos de Franco de la Basílica. Por mí, queridos lectores, como si se operan todos de las amígdalas.

Pero, por favor, no traten de reírse de los ciudadanos de a pie. Por favor, señores llorones, sean serios. A los que protestan ahora por la decisión final, insisto, tomada ya al comienzo, les pregunto: ¿por qué se prestaron a formar parte de ese aquelarre de Zapatero? ¿Qué es eso de votos particulares en algo que estaba visto para sentencia antes de ser juzgado? ¿Quién esperaría algo digno de Virgilio Zapatero o Reyes Mate, altos cargos socialistas en los gobiernos de González, profesores socialistones y autores de librotes presuntuosos y mazorrales, acerca de la viabilidad de una genuina memoria crítica de España para el futuro de nuestra democracia? ¡Ay, Dios mío, lo que nos queda aún por ver!

Las trayectorias biográficas de los individuos que formaban la Comisión eran fácilmente prescindibles. Nunca serán modelos de nada ni de nadie para las nuevas generaciones. Sus carreras profesionales estuvieron siempre a la sombra del poder. Por lo tanto, nunca hice mucho caso a la Comisión del Valle de los Caídos. Participar en ese "invento" era pertenecer ya al equipo de marionetas de Zapatero. Bastaba mirar quien presidía la cosa, un "primo" de Zapatero, para saber que el objetivo no era otro que un poco de juego sectario para alimentar las tripas de las masas socialistas. Nada, en fin, decente para la democracia. Tampoco lo son, aunque se hagan pasar por serios, los lloros melifluos de quienes se quejan de que no están de acuerdo con la decisión final de la Comisión. ¡Votos particulares! De risa.

Por desgracia, el juego no ha terminado; como nos enseñara el sabio Huizinga, lo esencial de todo verdadero juego es que llega un momento que se acaba. Los espectadores se van a sus casas; los jugadores se quitan las máscaras; el juego ha terminado. Y aquí es donde aparece la dolencia de nuestro tiempo: que su juego en muchos casos no termina nunca, y, por consiguiente, como sucede con el Valle de los Caídos, deja de ser juego. Dramático, sí, porque la confusión entre el acto serio y el juego es total.           

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