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Agapito Maestre

Violencia y Gobierno

La violencia es acompañante principal de la revolución contra la democracia y las libertades que practica el gobierno de Sánchez e Iglesias.

Agapito Maestre
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La violencia es acompañante principal de la revolución contra la democracia y las libertades que practica el gobierno de Sánchez e Iglesias.
Un bombero intenta apagar una de las barricadas incendiadas en Barcelona como consecuencia de los disturbios de radicales de izquierdas en protesta por Pablo Hasel. | Cordon Press

Los violentos no necesitan filósofos que les aclaren las barreras de sus acciones. Ellos bien las conocen. De momento, mientras satisfacen sus bajos instintos, solo buscan más ideólogos y políticos que les ayuden a superarlas. Ellos saben bien quienes patrocinan, alientan y dirigen su barbarie. Todos sabemos quienes están detrás de estas acciones bárbaras. ¿A quién favorecen estas algaradas? Basta responder a esta pregunta para saber quién las organiza. Si fuera cierto que el gobierno de España está por acción u omisión detrás de la violencia, es obvio que no existirían límites para estos bárbaros. 

Quizá el gobierno de Sánchez e Iglesias sepa bien qué está pasando. Quizá sea el inductor principal de los sucesos. ¿Por qué el gobierno de Sánchez e Iglesias no reprime con contundencia a esta gentuza?, ¿por qué no utiliza el Gobierno contra los violentos su medio más específico?…  Tengo la sensación  de que esta situación de violencia durará el tiempo que Sánchez e Iglesias quieran. Porque todavía no están dispuestos a distinguir la violencia legítima de la salvaje, la guerrilla urbana continuará en nuestras calles. Aquí no hay una lógica de acción y reacción. Solo hay una parte organizada. Aquí nadie reprimirá todavía a los bárbaros violentos. Hay que seguir tensando la cuerda. Cuanto más pánico exista entre la población, mejor operará el gobierno para asentarse en el poder.  Aquí el núcleo central del gobierno dirige con fría y calculada precisión las atroces acciones contra la vida cotidiana de los españoles. 

Nadie crea que la cosa se les ha ido de las manos a Sánchez e Iglesias. Algún día eso sucederá y eso también lo saben ellos, porque el poder siempre transciende al poderoso, o sea porque el poder es más fuerte que cualquier voluntad de poder, pero eso ahora poco importa. Nadie vea, pues, en este asunto una posibilidad de vuelta atrás por parte del gobierno de España. No sean cándidos. Su única preocupación es dirigir con astucia el proceso revolucionario. ¿Revolucionario? Sí, es obvio el asunto. Un golpe de Estado permanente, como es el ensayado por el gobierno de Sánchez-Iglesias, para afianzarse en el poder requiere de altas dosis de violencia. Es el fundamento de su autoritarismo. En España conocemos bien esa tradición de gobiernos dictatoriales con y sin ayuda de espadones. Nuestro siglo XIX y parte del veinte está lleno de esa nefasta experiencia. La violencia es acompañante principal de la revolución contra la democracia y las libertades que practica, un día sí y otro también, el gobierno de Sánchez e Iglesias. 

El Estado de Alarma ya se ha convertido en un Estado de Excepción. Asistimos a la continuación y extensión de los mecanismos utilizados, durante la pandemia de la Covid-19, para transformar la democracia en un régimen dictatorial, o mejor, de democradura, por utilizar la terminología del socialdemócrata Rosanvallon. Las instituciones democráticas han sido sustituidas por poderes comisariales y de partido. Estas sustituciones son la clave del Estado de Excepción. Salvo los estultos y los cínicos, pocos tienen dudas de que asistimos a una revolución, pero no queremos verla. Estamos asustados. El miedo es una de las bases del poder. He ahí una prueba clave sobre la eficacia de la violencia revolucionaria: han conseguido que vivamos muertos de miedo, incluso la gente traga y no protesta cuando nos dicen que todavía tardaremos tres años en atajar la epidemia de la Covid-19… La mayoría de los españoles vive en vilo  sin saber qué pasará mañana, o peor, intuyendo que cualquier cosa terrible puede suceder. Cuando no se puede hacer frente a lo inesperado, que surge en cualquier curso de acción colectiva, estamos a merced del salvajismo revolucionario. La violencia ha sustituido a la política. La democracia es solo una palabra para adornar la faramalla de los gritos guerrilleros. Los fanáticos ha sentado sus reales en la plaza pública y en la institución del Consejo de Gobierno. El devenir revolucionario desencadenado en España por las múltiples acciones del propio gobierno, apoyado por los separatistas y la extrema izquierda, ha entrado ya en la fase de guerrilla urbana. No hay ni orden ni ley. Los delincuentes comunes han sido elevados a categoría de héroes. Les da lo mismo las acciones criminales que hubieran llevado a cabo esos tipos condenados por la justicia. No importa que insulten, dinamiten y asesinen, porque los socialistas y los podemistas, los nacionalistas y los separatistas,  han elevado a ese personal al pedestal de la democracia. 

La cosa está muy estudiada en la historia. Ciento de novelas se han escrito sobre el miedo generado por la violencia. Diría que todo es viejo. El sistema político español se resquebraja y los revolucionarios Sánchez e Iglesias solo tratan de consolidar su poder llenando la calle con guerrilla urbana, o sea, terrorismo de baja intensidad. Terror. Sí, cuando domina el terror, cuesta ver qué está pasando. Estamos aterrorizados. Somos seres muertos de miedo. Y, por eso, los ciudadanos más sensatos no alcanzan a decir nada que se salga de los tópicos. Tampoco los medios de comunicación serios, y no comprados por el poder, consiguen ir más allá de un ruido conformado por simplezas sobre las posibles disensiones en el seno del Ejecutivo, o que esto parará cuando la Oposición se ejerza con rigor, o que tenemos una “democracia plena”, o que los dos partidos mayoritarios de España pactarán el gobierno de los Jueces y, entonces, quizá la cosa cambiará, etcétera, etcétera. En este sombrío panorama seguiremos balbuceando lugares comunes, algunos de ellos propios de regímenes democráticos, pero lo real, eso que tenemos delante de nuestros ojos, nos resistimos a mirarlo, y cuando creemos observarlo, cuando nos atrevemos a  mirar, no vemos. 

No queremos ver los cristales rotos por los adoquines, los contenedores ardiendo por las bengalas de tipos sedientos de sangre. Gente de barrigas enormes y ojos henchidos de odio saquean los comercios y destrozan el mobiliario urbano, pero simulamos que no están dirigidos por poderosos. Mentira. El día es del gobierno y la noche de sus cómplices. El objetivo es dejar las calles desiertas y cubiertas por un silencio de muerte. Nadie debe sentirse seguro en la ciudad. Han conseguido que el ciudadano medio esté fuera de sí y, sobre todo, fuera del espacio público político. El terror es así de efectivo. En este estado de excitación y zozobra la inteligencia de los españoles no da para mucho. Sus acciones más sensatas no van más allá de cerrar con candados las persianas de sus ventanas. Normal. Miedo tenemos a que entren en nuestra privacidad, pero aún es más grande nuestro canguelo cuando miramos el horror de la calle… Nos refugiamos en casa, en nuestra biblioteca, o en la televisión y el fútbol, pero en realidad estamos apresados por el pánico. Vivimos en una prisión y con los ojos cerrados. Pero es necesario abrirlos y mirar con descaro a toda esta chusma. Es una forma de desembarazarse del terror. Es vital mantenernos erguidos. Es menester vencer el miedo para enfrentarnos a la violencia revolucionaria. 

La condena de la violencia por parte de Sánchez, con la boca chica y tres días después de los peores sucesos, es un brindis al sol comparado con su cruel afirmación: “cualquier opinión por criminal que sea hay que respetarla en democracia”. ¿Cómo calificar a un jefe de Gobierno que no sólo no combate la violencia intelectual sino que la alienta por un lado,  y por otro no es capaz de parar la guerrilla urbana que destroza haciendas y mata la libertad de los espíritus democráticos? Prefiero guardar silencio. No quiero calificar lo evidente. O peor, quizá no pueda, porque también yo sufro, como todos los españoles, una doble violencia: por un lado, soporto la violencia de la opresión bajo la democradura de un gobierno sin escrúpulos políticos, y, por otro, no puedo dejar de apelar a la violencia de la liberación, a la violencia legítima, que está en manos del propio gobierno. He ahí la tragedia de España. Hoy por hoy, la identidad entre esos dos tipos de violencia es total. Su objetivo es también idéntico: sembrar las calles de terror para consolidarse en el poder. Eso se llama la institucionalización de la revolución. 

Por eso, precisamente, comenzaba esta columna afirmando que los violentos no buscan, en verdad, gente que les diga cuáles son sus barreras, sino más ideólogos y políticos, guerrilleros y delincuentes, que les ayuden a superarlas. Pronto, sí, aparecerán, junto a Sánchez e Iglesias, otros individuos que ya no guardarán silencio sobre las acciones violentas sino que las justificarán. Basta ver un rato TVE para saber quién está a la vanguardia de ese movimiento revolucionario.

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