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¿El impuesto Robin Hood?

Sus proponentes aseguran que el impuesto es pequeño, pero prometen recaudar 400.000 millones de dólares, casi la mitad de los beneficios de la industria bancaria. Es absurdo pensar que los bancos no van a trasladar ese coste a los consumidores.

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350 economistas han propuesto al G-20 un "pequeño impuesto a los bancos para ayudar a los pobres". Se trata de la famosa Tasa Tobin o impuesto sobre las transacciones financieras internacionales. Originalmente fue concebida para penalizar transacciones de divisas muy a corto plazo para evitar situaciones de inestabilidad, luego fue apropiada por el movimiento anti-globalización para reclamar un impuesto del 1% sobre todas las transacciones financieras internacionales para "castigar la especulación" y ahora, en un nuevo giro propagandístico, los socialistas la han rebautizado como el "impuesto Robin Hood" y le atribuyen una función básicamente redistribucionista.

Según los firmantes de la petición, la crisis ha demostrado "los peligros de la desregulación financiera" y un mero impuesto del 0,05% serviría para recaudar cientos de miles de millones de euros. La tasa, dicen, se aplicaría a las transacciones financieras y no afectaría al ciudadano de a pie. Los fondos deberían destinarse a mitigar la pobreza y el cambio climático.

Para empezar, no estamos ante un mercado monetario "desregulado" o "libre". El banco central, un órgano de planificación de corte soviético, actúa como prestamista de última instancia y expande la oferta monetaria manipulando el precio más importante de la economía, el tipo de interés. Esta interferencia en el mercado crea un grave riesgo moral y estimula la iliquidez de los bancos, inflando una burbuja que luego estalla en forma de crisis. Un impuesto del 0,05% a las transacciones financieras no tiene ningún efecto sobre la generación de estas burbujas, y es contraproducente en otros aspectos. Si lo que quieren esos 350 economistas es poner coto a los ciclos económicos, que pidan el cierre de los bancos centrales o el retorno del patrón oro.

Se habla de penalizar la especulación financiera como si fuera algo positivo. En el peor de los casos es contraproducente, y en el mejor de los casos es inútil. Es contraproducente cuando se trata de especulaciones que incrementan la negociabilidad de los activos. Los especuladores actúan a menudo como una suerte de intermediarios. Al comprar un bien para revenderlo más caro en el futuro, o venderlo para recomprarlo más barato, están aplanando los precios a largo plazo, facilitando a los inversores la compra y venta de activos.

El gravamen es inútil a la hora de mitigar los efectos de la expansión crediticia. Es posible que reduzca el uso de determinados instrumentos de endeudamiento a corto plazo, pero los bancos pueden dar salida al crédito artificial mediante otras operaciones.

Lo que sí conseguiría este nuevo "impuesto de Robin Hood" es encarecer el movimiento del capital y dificultar la inversión en países pobres. Además, el impuesto acabaría repercutiendo en el cliente con una cuenta bancaria, una póliza de seguro, una hipoteca, un crédito o un plan de pensiones. Sus proponentes aseguran, por un lado, que el impuesto es pequeño, pero por el otro prometen una ingente recaudación de 400.000 millones de dólares, casi la mitad de los beneficios de la industria bancaria. Es absurdo pensar que los bancos no van a trasladar ese coste a los consumidores.

Afortunadamente, como señala Madsen Pirie, es improbable que este impuesto llegue a materializarse, pues requeriría un acuerdo global de todas las jurisdicciones. Esta clase de consensos internacionales, como ilustra el estancamiento de la Ronda de Doha para liberalizar el comercio mundial, son difíciles de conseguir.

Si lo que quieren es ayudar a los países pobres, que hagan una campaña para que la Unión Europea suprima el proteccionismo agrícola y el Tercer Mundo pueda competir libremente con los productores locales. Es una reforma más simple y marcadamente progresiva (aunque en este caso la transferencia de renta de ricos a pobres sería voluntaria, como debe ser).

¿Realmente este impuesto que perjudica al ciudadano medio y dificulta la inversión en países en desarrollo merece ser asociado con una figura como Robin Hood, el amigo de los pobres? De nuevo hay que recalcar a los estatistas que las buenas intenciones y la indignación moral no les eximen de la responsabilidad de encontrar soluciones prácticas a los problemas.

Cabe recordar también a los hurtadores de narrativas que Robin Hood no robaba a los ricos para ayudar a los pobres. "Robaba" al tirano Rey Juan y a su séquito para devolvérselo al ciudadano. Como dice Guido, Robin Hood debe estar revolviéndose en su tumba viendo cómo son los que defienden una subida de impuestos quienes reivindican su nombre.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

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