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Velo

La auténtica tolerancia

Najwa tiene 16 años y quiere llevar velo. Sus padres también lo quieren. O al revés. En cualquier caso, no está claro quién es aquí la víctima que hay que proteger. ¿La joven que insiste en cubrirse con un pañuelo? ¿Sus compañeros a quien nadie obliga a cubrirse o a relacionarse con ella?

La decisión del instituto de Pozuelo de prohibir a Najwa llevar pañuelo en clase ha sido aplaudida por no pocos conservadores, cada vez más seducidos por la afrancesada política de integrar al inmigrante a golpe de decreto. Algunos se amparan en la autonomía del centro, pero es problemático justificar la discriminación en una escuela pública. Los padres de Najwa también pagan sus impuestos. Más aún cuando la prenda de la disputa es un simple pañuelo en la cabeza, que ni oculta la cara ni es distinto al velo cristiano tradicional que aún se lleva en diversas regiones y contextos.

Es cierto, como apunta Ferran Caballero, que la joven puede cambiar de centro si no le gustan sus normas, y esta aproximación descentralizada se adapta mejor a las preferencias de los padres que una imposición uniforme del Ministerio. No es justo para Najwa, pero es peligroso dotar al Ministerio del poder para "corregirlo". La pendiente prohibicionista es muy resbaladiza, por mucho que la izquierda gobernante se rasgue ahora las vestiduras ante esta falta de tolerancia.

Hablemos de tolerancia, siguiendo a Robin Hanson. La gente se cree muy tolerante. Se siente orgullosa de tener amigos homosexuales o ateos, sentarse junto a un negro en el autobús, tener una pareja que lleva un piercing. Está bien ser así de tolerante, pero no tiene mucho mérito cuando se trata de respetar comportamientos que hemos integrado en nuestro estilo de vida o no nos molestan en absoluto.

La tolerancia de verdad se demuestra respetando comportamientos que realmente nos disgustan o repugnan, por chocar con nuestras intuiciones sobre lo que es una conducta recta. La poligamia, la poliandria, la prostitución, las orgías, el sadomasoquismo, porno infantil creado digitalmente, la promiscuidad, la negación del Holocausto, las ideas racistas, el insulto, los símbolos franquistas, la quema de banderas, la venta y el consumo de drogas, el nudismo, el suicidio y la eutanasia, fumar, comer grasa saturada, la barra libre y el happy hour, la violencia en el cine, los toros, la caza y la pesca, mofarse de Mahoma en unas viñetas, negar el cambio climático, gastarse 150 euros en una cena, contratar una madre de alquiler, pagar a un donante de riñón, trabajar para un hedge fund, cobrar un bonus de 2 millones, apostar, educar en casa, ser miembro de una secta, mendigar, hacer streaptease en un escaparate de Preciados, enseñar diseño inteligente, ser un hombre-anuncio, llevar burka, hacer topless en la playa, cubrirse con un velo. No pretendo equipararlas, sólo son ejemplos de actividades sin víctimas que unos u otros quieren prohibir porque les desagradan o repugnan. A priori ninguna de ellas interfiere en la libertad de nadie. Los que claman por castigarlas suelen aludir al vicio y a la depravación moral, no a las víctimas y a la pérdida de libertad. Si se refirieran al daño causado quizás la prohibición tuviera a veces algún mérito, pero que sea ésa la razón, no la excusa.

Hanson advierte que el futuro pondrá a prueba nuestra capacidad de tolerar la diferencia, y que más vale que nos vayamos entrenando con las pequeñas variaciones actuales si el día de mañana queremos convivir y prosperar en lugar de pelearnos. En el campo de la eugenesia, la nanotecnología o la inteligencia artificial pueden darse desarrollos insólitos. Algunas posibilidades dan miedo. La realidad virtual, drogas que alteran la mente o el alargamiento de la vida permitirán un abanico más amplio de comportamientos exóticos. Pero también es cierto, aunque Hanson no parezca apreciarlo, que cada vez somos más tolerantes. Lo que antes requería esfuerzo en tolerar, ahora lo aceptamos como algo normal. ¿No vamos en la dirección de una mayor tolerancia?

Sea como fuere, la gente confunde la tolerancia con la indiferencia o incluso la aprobación. Seguramente algún lector sigue escandalizado por algunos de los comportamientos que considero que no deberían prohibirse, como si ello implicara que los apruebo, ¡o que los practico! Este es uno de los problemas de esta sociedad que se jacta de su tolerancia mientras busca en el Estado la forma de imponer su concepción de la vida buena. Una cosa es tener valores propios, otra querer imponerlos a los demás.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

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