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Un millón de camisetas usadas

Nunca un país ha salido de la pobreza gracias a la "ayuda externa" sino a la apertura de sus mercados, a la liberalización de la economía interna, y a la progresiva acumulación de capital y aumento de la productividad.

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Un joven empresario de Florida, ansioso por ayudar a los pobres de África, ha decidido recoger un millón de camisetas usadas y enviarlas al continente. Jason Sadler quería aprovechar las camisetas utilizadas por su empresa publicitaria y está coordinando una campaña para movilizar a donantes. Sus intenciones son buenas, pero eso no basta para que funcionen.

Desde que estrenó la campaña, Sadler ha recibido un alud de críticas por parte de expertos en ayuda al desarrollo y activistas con experiencia en el terreno. En primer lugar, destacan que es ineficiente. Un millón de camisetas es pesado, el coste de envío y aduanas probablemente sea superior al coste de producirlas en el país. Además, inundar el mercado local con camisetas gratis puede perjudicar la industria textil nacional. Este último argumento, sin embargo, no me convence: ¿no salen los consumidores africanos ganando si ya no tienen que comprar camisetas y pueden demandar otros bienes con ese dinero? Los productores locales dejarán de producir ropa y producirán esos bienes. Es análogo a la importación de productos baratos en Occidente: los consumidores disponen de más renta, y los productores locales y sus recursos se desplazan a otras líneas de producción.

En segundo lugar, en África no hacen falta camisetas. Los activistas de ONGs que trabajan en África han preguntado a Sadler si ha pisado alguna vez el continente y ha visto a mucha gente desnuda. África tiene problemas sociales, sanitarios y económicos bastante más acuciantes. En Aid Watch apuntan que la idea de Sadler, como muchos otros proyectos caritativos, surge de plantearse "qué tipo de ayuda quiero ofrecer" en lugar de "qué tipo de ayuda puede ser más útil para grupos de personas específicos".

William Easterly, reconocido economista del desarrollo, llama la atención sobre el doble rasero respecto al sector de la ayuda externa: si un cirujano nos opera, esperamos que sus intenciones no sean malas pero lo que realmente nos importa es que sepa lo que hace y lo haga bien. Pero en cuestiones de ayuda al desarrollo, parece que lo más importante son las intenciones.

En realidad, a un nivel menos consciente, lo que busca mucha gente es tranquilizar su conciencia y mostrar que se preocupa por los demás. Si la ayuda es o no efectiva resulta secundario. Sucede, por ejemplo, en el metro cuando algunas personas se apresuran a sacar cuatro centavos para el mendigo que toca el acordeón. Algunos quizás tienen intenciones genuinamente solidarias, pero otros simplemente están mostrando a los demás pasajeros (y al mendigo) que ellos son solidarios. En cualquier caso, pocos se hacen la pregunta pertinente: ¿la limosna va a ayudarle a salir del pozo, o es un alivio temporal que le incentiva a seguir tocando el acordeón? En lugar de dar limosnas indiscriminadas, quizás sería más efectivo donar el dinero a una ONG que promueva la formación y el trabajo, o que tenga mecanismos de ayuda condicionales.

Ocurre lo mismo con el 0,7%. Lo jalean porque su objetivo oficial es ayudar a los países pobres, pero pocos se han preocupado por leer a los economistas del desarrollo que concluyen que es inocuo o contraproducente. Es una ayuda de Estado a Estado, que engrosa el sector público autóctono (corrupto e ineficiente) a expensas del sector privado, promoviendo el inmovilismo en materia de reformas. Nunca un país ha salido de la pobreza gracias a la "ayuda externa" sino a la apertura de sus mercados, a la liberalización de la economía interna, y a la progresiva acumulación de capital y aumento de la productividad. El contraste de Asia con África es ilustrativo.

En Aid Watch recomiendan a Sadler que no dilapide esfuerzos con esta campaña y aproveche sus conocimientos publicitarios para divulgar el mensaje de que donar dinero en metálico es mejor que donar productos. Si divulgar este mensaje no satisface su deseo de ayudar, puede aportar dinero a una ONG con experiencia y dedicada a solventar problemas específicos. Yo añadiría otra opción: invertir en fondos de economías emergentes. No muestras solidaridad, al contrario, te van a tachar de egoísta y explotador. Pero estarás contribuyendo directamente a crear empresas, puestos de trabajo y riqueza en el país.

Albert Esplugas Boter es miembro del Instituto Juan de Mariana, autor del libro La comunicación en una sociedad libre y escribe regularmente en su blog.

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