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El peligroso juego de la raza

La llegada de Obama a la presidencia no ha servido para pasar página –como muchos creyeron– sobre el tema racial, sino para empeorarlo. Porque el propio Obama jugó en campaña esa carta y la sigue usando cada vez que aquél guste y mande.

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El 10 de enero de 1891 la Revista Ilustrada de Nueva York publicó un artículo del escritor cubano José Martí donde éste afirmaba que no había lugar al odio de razas, porque en realidad no hay razas y que era cosa de pensadores canijos eso de enhebrar y recalentar lo que él calificó de "razas de librería". Ya por aquel 1891 Martí entendió que pecaban contra la Humanidad quienes fomentaban y propagaban la oposición y el odio de las razas.

Aquel profético texto de Nuestra América de Martí viene a cuento por el odio racial que se fomenta desde la administración Obama y los líderes del Partido Demócrata. Uno comprueba en apenas ocho meses bajo la nueva presidencia que disentir o siquiera disentir con Barack Obama se presenta ante el público como sinónimo de actitud racista.

Por su propia y singular historia, si hay algo que en Estados Unidos se ve con muy malos ojos es el racismo. Llamar a alguien "racista" es aquí más que un insulto, algo que -cierto o no- queda para siempre y es difícilmente desechable del haber personal del insultado. Desafortunadamente, cada vez es más común en la vida pública topar con quienes usan sin argumentos ni justificación el ataque y la palabra "racista" para desprestigiar a otros.

La llegada de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos no ha servido para pasar página –como muchos creyeron– sobre el tema racial, sino para empeorarlo. Porque el propio Obama jugó en campaña esa carta y la sigue usando junto a sus asesores y líderes de partido cada vez que aquél guste y mande. En las primarias, la campaña de Obama usó la carta racial culpando a eso las derrotas en Pennsylvania o West Virginia. Varios columnistas, como Jacob Weisberg, escribieron que si McCain ganaba la elección era por el racismo de los norteamericanos. Ya vimos que no fue así.

En menos de ocho meses hemos presenciado que cuando la administración Obama y los líderes del Partido Demócrata se ven en peligro o caen sus números en las encuestas, recurren inmediatamente a acusar a sus oponentes de racistas. Durante todo el mes de agosto hemos vivido y comentado aquí mismo los ataques de varios líderes demócratas como Nancy Pelosi, Harry Reid o congresistas como John Dingell contra los ciudadanos estadounidenses llamándolos racistas, cuando no nazis. La revista Newsweek llevaba en portada estos días a un bebé (blanco) con el inane titular: ¿Es su bebé racista?

Sólo en esta última semana se han dado varios episodios en Estados Unidos que muestran el desvarío de la obsesión con la raza y lo peligroso que eso resulta para la sociedad. Este pasado sábado, decenas de miles de norteamericanos se reunieron en Washington, D.C. para manifestar libremente su descontento ante la gravísima expansión del papel del Gobierno federal, así como por el intento de "reforma" de la atención médica. Dicha marcha era la culminación de todo un mes de agosto lleno de protestas. La prensa ha ignorado mayormente esta masiva manifestación y, cuando ha informado, ha sido para atacar a esos honestos ciudadanos norteamericanos de racistas.

También desde hace unos días estamos viviendo cómo se intenta demonizar al congresista republicano Joe Wilson por llamar mentiroso al presidente. La acción de Wilson puede ser reprochable pero no tiene ningún fundamento explicarla en terminos de odio racial. Aun así, este pasado fin de semana, Maureen Dowd en el New York Times acusó a Wilson de racista. También el Washington Post hacía lo propio en boca de su columnista Petula Dvoark y el mismo diario, en su sección local, descalificó de racistas a los ciudadanos de la manifestación. Este pasado martes hasta el ex presidente Jimmy Carter aseguró que lo hecho por Joe Wilson se basaba únicamente en puro racismo.

Bien mirado todo, sólo cabe llegar a la conclusión de que lo que estamos presenciando en la América de Obama es una diseñada campaña para silenciar mediante el insulto racista a todos aquellos que no están de acuerdo con Obama y su Partido Demócrata. Quienes escribimos o juzgamos que estamos ante una administración incompetente somos pronto tachados de racistas. Es por eso que se dejan a un lado o se silencian noticias importantes como la citada marcha en Washington o los vídeos que están estos días saliendo a la luz de las acciones fuera de la ley de asociaciones fraudulentas y apoyadas por Obama, como ACORN.

La verdad no parece importar para los medios favorables a Obama. Importa menos explicar la auténtica noticia de estos meses de la América de Obama: que el presidente ni siquiera logra que su partido vote por sus iniciativas pese a tener mayorías amplias en las dos cámaras del Congreso. En lugar de eso, lo que se cuenta es que nada se aprueba por culpa del racismo de los conservadores y republicanos. Pasa sencillamente que les molesta que la inmensa mayoría de norteamericanos nos neguemos a convertir Estados Unidos en otra socialdemocracia a la europea.

Sabrá el lector que esos conservadores y republicanos vejados e insultados pertenecen a la mejor tradición de aquel presidente republicano, Abraham Lincoln, el gran luchador contra la segregación racial y la esclavitud. Contra lo que algunos creen, el racismo es parte de la historia del Partido Demócrata. En dicho partido habitaron a docenas fervientes jaleadores del racismo, con políticos y gobernadores populistas como George Wallace, Lester Maddox, Bull Connor, y después hasta con senadores demócratas que –como Robert C. Byrd– siguen hoy todavía en Washington y cuyo historial incluye haber sido socio del Ku Klux Klan.

Fue también el propio José Martí quien en aquel 1891 nos recordó que no había de suponerse, por antipatía de aldea, una maldad ingénita y fatal hacia los Estados Unidos, porque no hablen nuestro idioma español, ni vean la casa como nosotros la vemos. En medio de 2009 uno se pregunta qué diría hoy Martí, atento seguidor de la política norteamericana, si viera el triste espectáculo de estos "demócratas" y el peligroso juego de la raza ampliado y perpetuado con beneplácito de la Casa Blanca. Bienvenidos a la América post-racial de Barack Obama.

Alberto Acereda es catedrático universitario en Estados Unidos y miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española, correspondiente de la Real Academia Española.

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