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Un mes y un día de secuestro

¿Servirá esta amarga lección para que el presidente francés y su gobierno recapaciten y entiendan que contra el terrorismo se lucha con medios políticos, sociales, económicos, culturales pero también policiales y militares?

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Se ha cumplido el primer mes de secuestro para los dos periodistas franceses, rehenes de un fantasmagórico "Ejército" islámico iraquí. Un mes de idas y vueltas, negociaciones mas o menos secretas, declaraciones rimbombantes del presidente Chirac y su ministro de Exteriores, Barnier, apresurados anuncios de que los cautivos serían puestos en libertad muy pronto.
 
El resultado, además de decepcionante –los rehenes siguen en poder de sus secuestradores– roza el ridículo para el Estado francés y sus más altos responsables que habían constituido una "unión sagrada" en torno a este episodio detestable, y que de paso habían conseguido comprometer a los representantes de los musulmanes galos que viajaron en comisión a Irak, Jordania y otros países de la zona. Abrazaron a varios ulemas sunitas iraquíes y terminaron peleándose entre ellos porque en aquel peregrinar salieron a la superficie las profundas diferencias que separan a los musulmanes en Francia, según su origen: la "rama marroquí" se opone ferozmente a la argelina, la chiíta a la sunita y así sucesivamente.
 
Francia y su gobierno han debido comprender durante este mes que por el mero hecho de atacar al presidente Bush y a la coalición anglo-norteamericana en Irak no estaban a salvo sus ciudadanos de las practicas terroristas y que las gestiones realizadas por unos y otros en orden disperso podían no servir para mucho, como así ha sido.
 
Es una lección que difícilmente entenderán ni el presidente Chirac ni el primer ministro Raffarin ni probablemente tampoco la oposición socialista y de izquierda para quienes el enemigo principal no es el terrorismo islámico y global sino Estados Unidos y los países de la coalición que lo combaten.
 
A Chirac y sus amigos se les llenó la boca estos treinta días con fórmulas mágicas e insuperables para rescatar a los dos rehenes. El resultado, por ahora, es catastrófico. No hay garantía alguna de que los terroristas liberen a los rehenes ni existen pruebas fehacientes de que estos estén con vida aunque cada día el ministerio de Asuntos Exteriores galo asegure que "viven y son bien tratados".
 
¿Servirá esta amarga lección para que el presidente francés y su gobierno recapaciten y entiendan que contra el terrorismo se lucha con medios políticos, sociales, económicos, culturales pero también policiales y militares? La victoria sólo se consigue siendo solidarios con quienes comparten los mismos valores, defienden los mismos derechos y respetan leyes semejantes. A Francia, la Francia de los derechos humanos y las libertades se le había olvidado en los últimos meses este evidencia y la triste suerte de los dos periodistas rehenes deberían generar ciertas rectificaciones. ¿Cuánto apuestan que no las habrá y la arrogancia y la insolidaridad gala seguirán siendo lo que eran?

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