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Ante las elecciones

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A finales del presente mes de abril se celebran elecciones presidenciales en Argentina. Según las encuestas, sólo los diversos candidatos peronistas tienen posibilidades de salir elegidos. Encabeza las mismas el muy populista Rodríguez Saá y le sigue, a corta distancia, Néstor Kirchner, de incalificable posición. Menem también aparece en la carrera, pero en cuarto lugar.

Tras la suspensión de pagos internacional de 2001 y un convulso 2002, la renta per cápita ha descendido hasta alrededor de los 3.000 dólares, una cifra similar a la de Brasil y la mitad de la de México. La deuda externa se sitúa en 130.000 millones de dólares, lo que significa un 120% del PIB, frente a menos del 50% antes del abandono de la paridad fija. El ajuste del tipo de cambio, hasta alrededor de 3,50 pesos por dólar, ha tenido efecto en la balanza de pagos –que registra un apreciable superávit por cuenta corriente– y el crecimiento, que es muy posible que supere el 3% del PIB, tras unos años catastróficos.

Éstas son las noticias positivas. Las negativas son mucho más numerosas, pues no se ha controlado la inflación, que podría superar el 30% este año, ni se ha logrado equilibrar las cuentas públicas, que siguen registrando un déficit en torno al 3% del PIB, una cifra similar a la de los años anteriores, y, por supuesto, sin pagar intereses por la mayor parte de la deuda.

Los problemas, pues, no están resueltos. Se ha hecho lo más imprescindible, dejar que fluctuara el tipo de cambio y normalizar –en parte– el funcionamiento del mercado financiero, suprimiendo el “corralito” y previendo plazos al “corralón”. Medidas absolutamente necesarias, pero no suficientes. Medidas, hasta cierto punto, fáciles de tomar, porque han permitido que funcionen los mercados, eliminando parte de las distorsiones introducidas por la intervención pública. Aunque la viabilidad del sector financiero todavía depende de las decisiones judiciales respecto a la conversión de dólares en pesos y de quien tenga que pagar los ajustes en el balance de los bancos. Todavía existe la posibilidad de una quiebra del sistema, que tendría que saldarse con la nacionalización de todos los servicios financieros: un movimiento imprescindible, dada la necesidad de que existan esos servicios, aunque desaparezcan –junto con los fondos propios–, los distintos bancos argentinos, de capital nacional o extranjero.

Al margen de la necesidad de resolver este problema, el resto continúa igual que antes de la suspensión de pagos: déficit fiscal, descontrol de las provincias y evasión de capitales. La inflación es un fenómeno nuevo –después de varios años de control con el tipo de cambio–, aunque, hasta ahora, a pesar de su gravedad, se ha controlado bastante más de lo que era de esperar y se ha evitado la hiperinflación; pero se ha incrementado –aunque parezca imposible– la incertidumbre política.

Las elecciones presidenciales son importantísimas, aunque, siguiendo una senda definitivamente autodestructiva, las parlamentarias no serán hasta otoño, lo que asegura la parálisis en los primeros meses del gobierno, sin duda los más determinantes de cualquier mandato político.

La experiencia política y económica argentina ha tenido un efecto positivo en Brasil pero, a estas alturas, y a tenor de la campaña a las presidenciales, no puede asegurarse que –en cambio– los políticos argentinos hayan aprendido de sus errores pasados. De entre los candidatos sólo López Murphy tiene un planteamiento de futuro centrado en el estado de derecho y la moderación económica. También quizá, Menem, pero su pasado corrupto limita radicalmente su credibilidad. El resto parece creer que es posible vivir al margen de la comunidad internacional, sin atender las obligaciones exteriores ni limitar los abusos políticos y el intervencionismo.

El peronismo, como el partido Baas y el comunista en los países del este, –cuando existía el socialismo real–, es un terrible cáncer que empobrece a la población y que sólo se supera con revoluciones políticas. Desgraciadamente para Argentina, no se advierten signos de cambio interno e internacionalmente ha sido totalmente marginada. No hay, siquiera, presiones de Estados Unidos para que negocie con el Fondo Monetario Internacional. Parece que se ha institucionalizado el estancamiento, la pobreza y la explotación por parte del peronismo. Y la población, sin resortes a los que acudir, opta por ahorrar lo que puede fuera del país o por la emigración. Un ejemplo a evitar por toda Latinoamérica.

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