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Aprenda a calcular el crecimiento económico de España, 1

El Gobierno español puede hacer muy poco para influir en el cambio de modelo de crecimiento.

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El presente ensayo de Alberto Recarte, que publicaremos en cuatro entregas, constituye una inestimable ayuda para comprender el crecimiento económico de España y el método para calcularlo. Dedicada especialmente a los lectores de Libertad Digital, esta nueva serie de artículos analiza los cambios en el modelo de crecimiento español y permite pronosticar cómo será en años venideros. Cualquier duda o consulta sobre este artículo será, como siempre, respondida en el consultorio económico de Libertad Digital Televisión: tomasyrecarte@libertaddigital.tv.

Desde principios de 2000 todos hablamos de la necesidad de cambiar el modelo de crecimiento español, excesivamente volcado en el consumo y la actividad constructiva. De hecho, en la campaña electoral del PSOE, en 2004, se hacía especial hincapié en el tema del cambio de modelo de crecimiento, anunciando que se iban a eliminar las exenciones fiscales para la compra de vivienda por los particulares, pues achacaban los altos precios de las mismas, ya entonces, a esas ayudas fiscales. Y desde 2003/2004 por otra razón añadida, el endeudamiento de las familias, que empezaba a crecer.

Nada se ha hecho para "cambiar el modelo de crecimiento", entre otras razones porque es poco lo que puede hacer cualquier gobierno sin el control de la política monetaria y con una inmigración disparada que encuentra en España, hasta ahora y mayoritariamente, trabajo y financiación.

Que el "modelo" tenía que cambiar era evidente, pero lo que no se explica casi nunca con claridad es cómo hacerlo. Al final, el modelo ya está cambiando, por el puro juego de la oferta y la demanda en el sector inmobiliario, por la subida de los costes en el sector de la construcción, por la subida de los tipos de interés y porque una variable fundamental, el endeudamiento de la familias y las empresas, ya está presente, si no en la toma de decisiones todavía, sí en las consideraciones generales sobre si invertir o no y sobre si consumir o no en un futuro próximo.

Ninguno de los cambios en estas variables ha dependido de la política económica del Gobierno o de las supuestas políticas económicas autonómicas. Son, en unos casos, factores endógenos como el desequilibrio entre la oferta y la demanda de viviendas, la subida de los costes de la construcción –incluido, prominentemente, el del suelo– o el proceso de rapidísima acumulación de deuda de empresas y familias. En otro caso, el de los tipos de interés, se trata de un factor exógeno, ajeno a cualquier percepción de riesgo de la economía española por parte de nuestros prestamistas extranjeros; se trata de una evolución similar a la del resto de los miembros de la Unión Monetaria, no de desconfianza hacia el riesgo España; un fenómeno perceptible en cuanto a España como destino de inversiones directas, pero no de España como riesgo para los prestamistas.

En cualquier caso, el Gobierno español puede hacer muy poco para influir en el cambio de modelo de crecimiento. Todo lo más, podrá, dado el escaso endeudamiento público (38% del PIB), incrementar el gasto público para sostener el consumo privado y, más lentamente, aumentar la inversión pública.

Es, sin duda, una terrible paradoja que un modelo que en doce años ha sido capaz de crear ocho millones de empleos y construir seis millones de viviendas se considere fracasado. O que se perciba "la vivienda" como uno de los mayores problemas de nuestra economía. El problema de la vivienda es de precios, no de oferta, y de exceso de demanda, que tiene que ver más con los bajos tipos de interés que con la escasez de suelo o la especulación. O que se piense que nuestra escasísima tasa de crecimiento de la productividad descalifica todo lo logrado en este ciclo alcista que comenzó en 1994, olvidando que una intensísima creación de empleo implica, en general, un bajo crecimiento de la productividad, que suele crecer sobre la base de reducciones en las plantillas de las empresas, forzadas por la necesidad que les imponen mercados estancados o en retroceso y por su falta de competitividad, que se tiene que suplir con medidas de control y reducción de gastos.

Sólo Estados Unidos, un continente desde el punto de vista geográfico, demográfico y económico, ha sido capaz, en los últimos decenios, de combinar un sustancial aumento del empleo con un crecimiento sostenido de la productividad; pero dentro de Estados Unidos hay estados con las experiencias más divergentes posibles en lo que se refiere a crecimiento del empleo y evolución de la productividad. Y algo parecido ocurre dentro de la Unión Monetaria Europea y en la propia España, si optamos por esta perspectiva, en lugar de la nacional; algo a lo que estamos legitimados dado el peso de la política monetaria europea en la evolución de las economías que se integraron en el euro a tipos de cambio que, en unos casos, dificultaban la competitividad –caso de Alemania y Francia– y, en otros, la favorecían –casos de España, Italia y Portugal–.

Nuestro problema de falta de productividad tiene que ver con el tipo de sectores que han sostenido el crecimiento económico de estos años: el sector de la construcción, el del turismo y el suministrador de bienes de consumo, así como el proveedor de los servicios necesarios para atender el enorme aumento de población que se ha producido en estos años.

El otro sector que ha crecido, en casi un millón de empleados, es el sector público autonómico, al que corresponden las competencias de sanidad y educación, entre otras muchas. Aunque, en su conjunto, el empleo público es relativamente bajo en España en comparación con otros países de nuestro entorno. En concreto, en España hay 2,5 millones de empleados públicos para una población ocupada de 20 millones de personas, apenas un 13% del total; mientras, el consumo público, es decir, el coste del funcionamiento del conjunto de las Administraciones Públicas, hace bastantes años que se sitúa, sin cambios, entre el 17% y el 18% del PIB, frente a tasas de empleo público de entre el 15% y el 30% en otros países europeos, con un consumo público proporcionalmente superior al español.

El problema de nuestro modelo de crecimiento es más el derivado de un rapidísimo crecimiento del empleo en los sectores a que he hecho referencia que de falta de productividad. Y los límites del modelo son los derivados del agotamiento de las familias y empresas para seguir invirtiendo, de las familias para mantener la demanda de consumo al nivel al que lo están haciendo, y de las empresas para seguir invirtiendo y compitiendo en un entorno globalizado y con cargas financieras cada vez más altas. De hecho, los bajos tipos de interés del euro han favorecido una sobreinversión de todos los agentes sociales en todo tipo de bienes, y ahora comienzan a ser numerosas las familias y empresas que van a tener dificultades para atender correctamente sus obligaciones, pues la subida de los tipos de interés, que continúan siendo muy bajos, les deja poco margen para reaccionar.

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