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Alberto Recarte

Balance, cotización y tamaño

Alberto Recarte
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No sabemos con exactitud hasta qué punto la Bolsa influye en el futuro crecimiento económico o, si acaso, se trata únicamente de un reflejo de la marcha de la economía. Sabemos que la Bolsa es una institución clave en la actual economía de mercado, como lo fue a finales del siglo XIX. El patrimonio familiar -y el de algunas empresas- está invertido en acciones de sociedades que cotizan en Bolsa y durante muchos años -casi desde 1991 en Estados Unidos- los índices bursátiles han subido fortísimamente, con una caída intermedia importante en 1998 que la Fed resolvió -consiguió la recuperación bursátil- con inyecciones de liquidez a determinados países e instituciones financieras que se encontraban en situación difícil.

Antes de 1990 la Bolsa era mucho menos importante en todo el mundo; el ahorro se canalizaba en parte a Bolsa, pero mayoritariamente se invertía directamente en empresas que no cotizaban, además de dedicarse a la compra de bienes raíces, bonos y obligaciones y a la pura tenencia de dinero líquido. Hoy, el peso de la capitalización bursátil en los patrimonios personales y empresariales es mucho más alto y, en ese sentido, lo que ocurre en Bolsa es, en gran parte (más que antes), un reflejo de lo que está ocurriendo en la economía, además de un condicionante para el consumo y la inversión futuras.

La pronunciada caída de las cotizaciones de muchos de los valores de las bolsas americanas en las últimas semanas tiene su origen en las declaraciones de empresas cotizadas, en particular las de mayor contenido tecnológico, anunciando que sus ingresos por ventas y sus beneficios van a ser peores, en un futuro inmediato, de lo que esperaban los analistas de los distintos mercados. Esa caída del precio de los títulos -en la medida en que sea permanente-, mediante su influencia en el consumo personal y la inversión empresarial futuras, afectará al crecimiento. El índice bursátil, por tanto -aunque hay muchos otros igualmente, o más significativos-, parece indicar que, efectivamente, la economía norteamericana está creciendo menos [la revisión del índice de crecimiento del PIB norteamericano ha reducido el aumento del tercer trimestre al 2,2%] y va a crecer mucho menos en el futuro. Ello, a su vez, provocará una caída de los tipos de interés del dólar y un descenso de la cotización de la moneda norteamericana. Y, no nos engañemos, una reducción del crecimiento en todo el mundo. La única locomotora de la economía mundial actual es la norteamericana; su ralentización afectará sobre todo a Latinoamérica y Asia, pero también a Europa, que no parece suficientemente fuerte para tomar el relevo como impulsora del crecimiento mundial.

Las Bolsas norteamericanas y su influencia en el mundo
La razón de que las Bolsas norteamericanas influyan tanto en las españolas es que son bolsas mundiales. Los valores que cotizan en ellas son, en muchos casos, de empresas globales, que tienen establecimientos en todo el mundo, que venden sus productos en todo el mundo y que sus beneficios tienen, por tanto, también, origen mundial. Por eso, en parte, las bolsas americanas reflejan lo que ocurre en la economía de todo el mundo.

Sin embargo, en España, los anuncios de las empresas que cotizan en Bolsa han sido positivos, reflejando mayores ventas y mayores beneficios. Pero nuestros índices, el general y el Ibex, caen más que en otros países que crecen menos y tienen peores expectativas.

Las razones de este comportamiento inesperado son diferentes. En primer lugar se halla el peso del grupo Telefónica, que supone alrededor del 40% en los índices y que, como el resto de las telecomunicaciones, ha sido muy castigado, aunque, en mi opinión, sin demasiada justicia, ya que la situación del balance del grupo es mucho mejor que la de la mayoría de sus competidores. En segundo lugar, el peso de Iberoamérica en los balances, donde, hoy por hoy, se están descontando incertidumbres, más que realidades. En tercer lugar, que no sabemos con detalle, en los movimientos de compras y ventas, la posición de españoles y extranjeros. Éstos últimos quizá vendan para cubrir posiciones en otros países en los que la situación económica es objetivamente peor, mientras que, en una parte considerable, la inversión bursátil de los españoles se materializa en valores extranjeros. En cuarto lugar, tenemos un problema de tamaño de empresa. Entre el grupo Telefónica, los dos grandes Bancos y Repsol YPF, todos ellos sujetos a los condicionantes anteriormente expuestos, el resto de los valores, con la excepción de la futura Endesa-Iberdola, no tienen tamaño suficiente para atraer a inversores institucionales que buscan, sobre todo en momentos de incertidumbre, tener garantizada la liquidez del valor y un cierto mantenimiento de la cotización en el caso de que decidan vender sus participaciones.

En esta trampa de tamaño y liquidez se encuentran el grueso de las empresas españolas, que cotizan a valores mucho menores de los que les correspondería si tuvieran los mismos resultados con un tamaño mucho mayor.

Volviendo al argumento principal, es un hecho, a pesar de todo, que la Bolsa española ha caído fuertemente este año y que esa caída no refleja -al contrario de lo que ocurre en los Estados Unidos- ni la situación de las empresas que cotizan en ella ni la marcha de la economía.

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