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Castro y Sadam Husein

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Por enésima vez desde que se apoderó del gobierno de Cuba, traicionando los pronunciamientos revolucionarios previos, en el sentido de que el derrocamiento de Batista significaría elecciones libres y estado de derecho, Castro ha iniciado una nueva ola represiva, dirigida contra los disidentes que se han atrevido a proponer –eso ha sido todo– reformas democráticas, que incluso cabrían dentro de la totalitaria constitución cubana actual.

Carlos Alberto Montaner ha puesto de manifiesto en sus artículos de los últimos días en ABC, La Gaceta de los Negocios, y la propia Libertad Digital, las constantes de la represión castrista, desde el mismo comienzo de la tiranía. El régimen castrista intenta lograr la desaparición de toda una nueva clase política, la de los disidentes, que han optado, hace mucho, por plantar cara a la dictadura desde dentro del país, evitando el exilio y oponiéndose a la expulsión. Éstos, precisamente, son los objetivos de Castro en estos momentos, porque no se encuentra lo suficientemente fuerte para asesinarlos, como ha hecho en ocasiones anteriores con otros opositores. Entre los encarcelados se encuentran Raúl Rivero y Martha Beatriz Roque, patronos de la Fundación Hispano-Cubana y Oscar Espinosa Chepe y Ricardo González Alfonso contra los que se esgrime que colaboran y escriben en las revistas –editadas en Madrid– Encuentro y la de la Fundación Hispano-Cubana, organización a la que tachan de terrorista, lo que les supone condenas de entre veinte años y cadena perpetua.

Por otra parte, ha escogido el momento en el que Estados Unidos y sus aliados están librando la guerra de Irak, confiando en que, políticamente, a nadie, en ninguno de esos países, le interese abrir un nuevo frente de lucha contra las dictaduras, por la dura oposición que se están encontrando, internamente, por parte de los partidarios de los regímenes marxistas, encabezados, en el caso de España, por Rodríguez Zapatero y su aliado Llamazares, o viceversa.

Poco le importa a Castro, como a Sadam Husein, lo que le ocurra a la inmensa mayoría de la población. Un mayor empobrecimiento, unas penosas perspectivas, mayores reticencias de la comunidad internacional –si se producen– ceden ante el deseo de conservar íntegro el poder para la nomenklatura cubana. En 1959 y antes, cuando se firmó el acuerdo con los Estados Unidos y el Vaticano, Franco cedió el poder absoluto pensando en el bienestar de la mayoría. Ni hoy ni nunca, desde esa misma fecha, el bienestar de los cubanos ha sido una consideración que ha tenido en cuenta el dictador cubano. Como Sadam Husein.

Y como no podía menos de ocurrir, las similitudes entre el régimen de Castro y el de Sadam son llamativas. La Cuba castrista como el Irak de Sadam, protegen y promueven el terrorismo internacional, tienen programas de desarrollos químicos y bacteriológicos –que en el caso de Cuba se disimulan con la investigación en el campo de los productos farmacológicos–, y ambos han intentado tener armas nucleares, a través de la construcción de centrales térmicas atómicas, y alternativa, o simultáneamente, comprando materiales fuera del país en el caso de Irak, y oponiéndose a que la Unión Soviética retirase los misiles nucleares durante la crisis con Estados Unidos. El partido, baas o comunista, juega el mismo papel vigilante, delator y corruptor en ambos países. Ambos se han copiado el perfeccionamiento del régimen represivo en sus larguísimos años de dictadura. Y ambos han contado con el apoyo de las Naciones Unidas, que sólo en contadas ocasiones ha condenado la violación de derechos humanos en el régimen castrista y sólo en última instancia acordó la resolución 1441 en el caso de Irak, permitiendo la burla de las anteriores diecisiete resoluciones, sin reaccionar ante la expulsión de los inspectores a mediados de los noventa.

Durante toda la guerra fría el comunismo promocionó y protegió la aparición de dictaduras en todo el mundo, que se integraban en las Naciones Unidas, contando, –cada vez que se apoderaban de un país–, con un nuevo voto en defensa de sus intereses. La doctrina histórica afirmaba que nadie podía oponerse a la comisión de atrocidades dentro de cualquier país, porque en sus fronteras eran soberanos. Era la doctrina soviética, aceptada, en el equilibrio del terror, por sucesivos gobiernos norteamericanos, y sólo puesto en duda a partir de algunas intervenciones internacionales de Ronald Reagan. Hoy, Francia pretende sustituir a la Unión Soviética y convertirse en el protector interesado de algunas dictaduras, pero Francia no es la Unión Soviética y no debe tolerarse por más tiempo el funcionamiento defensor de las tiranías que constituyen las actuales Naciones Unidas.

Es preciso comenzar a organizar un nuevo orden internacional, en el que jueguen un papel diferente los países democráticos que quieren defender el estado de derecho en todo el mundo. Que ese nuevo orden llegue a existir es la principal preocupación de las tiranías, de Castro en lugar prominente. Quizá la respuesta a la represión castrista tenga que aplazarse, pero la desaparición de ese régimen debería ser uno de los objetivos de un nuevo orden internacional. La derrota de Sadam Husein es parte de la derrota del castrismo, y los mismos países que han defendido la desaparición del régimen baasista tienen que enfrentarse, tan pronto sea posible, al régimen de Castro, que continúa siendo un peligro internacional por su apoyo al terrorismo.

Alberto Recarte, presidente de Libertad Digital, es vicepresidente de la Fundación Hispano Cubana.

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