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La tragedia del once de septiembre también va a afectar a la economía española. La globalización es mucho más que un eslogan contra el que luchar, a pesar de lo que crean los majaderos de los movimientos que se oponen a la misma. Aunque nuestra economía crece por el impulso de sectores diferentes, en gran parte, de los que se han mostrado más dinámicos en EEUU y Europa, al final –un final más próximo del que preveíamos–, también nos veremos afectados.

Durante esta semana hemos conocido tres nuevos datos sobre la economía española, y todos ellos reflejan debilidad. Primero, la inflación ha descendido hasta el 3,7 % (tasa interanual en agosto), aunque la subyacente haya aumentado hasta el 3,6 %. Segundo, la producción industrial en julio ha disminuido algo más del 3%, también en relación con el mismo mes del año pasado, sobre todo por la fortísima caída en la inversión de bienes de equipo. Finalmente, el crédito bancario ha rebajado su crecimiento hasta el 7%, mientras el de las cajas de ahorro lo ha hecho hasta por debajo del 15%.

Los atentados en EEUU afectarán negativamente al crecimiento de ese país y también, una vez más, al de la Unión Europea, la cual, por cierto, está creciendo ahora sólo al ritmo del 1,7%, muy por debajo del 3% con el que se preveía que iba a terminar el ejercicio.

En España, aunque el grueso de la temporada turística ha pasado, la actividad de este sector se resentirá, al menos hasta finales de año. Nuestro segundo gran sector industrial, la producción de automóviles, también se verá afectado por la parálisis mundial y el exceso de capacidad del sector en su conjunto.

En este contexto, es razonable pensar que la inflación termine el año cerca del 3% y que el PIB se mueva también en torno a esa cifra. Unos resultados en línea con lo que, yo al menos, había previsto al comenzar el año, aunque con un brusco final que acentúa la debilidad para el próximo ejercicio.

Los puntos más brillantes de este ejercicio serán, sin duda, el empleo –medido por el número de afiliados a la Seguridad Social– y el indiscutible logro del equilibrio fiscal, que no corre ningún peligro. El próximo año es otra historia.

A la contracción del sector automovilístico y al menor crecimiento del turismo habrá que añadir la fragilidad de las telecomunicaciones y, sobre todo, la depresión de nuestros principales mercados exteriores: Europa en primer lugar, pero también EE UU, Iberoamérica y Asia. A lo que habría que sumar el menor crecimiento previsible del sector de la construcción. Un panorama tenebroso.

Pero hay otro factor, la introducción del euro, cuyos efectos contractivos aumentan todavía más la incertidumbre. El canje de pesetas por euros hará que se reduzca el dinero legal en circulación, en la medida en que una parte considerable del dinero negro presente en nuestro país se habrá blanqueado en euros, que pasarán a estar depositados en cuentas corrientes y de ahorro en lugar de estar en manos del público. Este fenómeno hará que disminuya la construcción de viviendas y la compra de bienes de consumo duradero. Por otra parte, la falta de demanda y el brusco descenso de la cantidad de billetes en circulación acentuarán un fenómeno que ha comenzado en este ejercicio, el menor crecimiento del crédito de bancos y cajas de ahorros.

En conclusión, 2002 será el peor año económico desde 1995. El crecimiento del PIB difícilmente alcanzará el 2%, con una inflación también menor que la actual, y que probablemente se situará en torno al 2,5%; con poca creación de empleo y un imposible equilibrio fiscal –aunque el déficit no debería ser mayor del 0,5% del PIB– tras los gastos asumidos por mayores prestaciones sociales en la última reforma del mercado de trabajo y los acuerdos para la financiación de las autonomías.

En Europa, para quien quiera consolarse, la situación será mucho peor. Y en América, además de estar pendiente todavía el definitivo ajuste de la “nueva economía”, habrán ahora de asimilar el comienzo de esta nueva guerra que significa la lucha contra el terrorismo.

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