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Cuando gobernar es gastar

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El secretario de estado de Hacienda y Presupuestos ya ha anunciado que en 2004 el cierre de la cuenta de la Administración Central se hará con déficit. El del conjunto de las Administraciones quizá también. No hay de qué escandalizarse, el socialismo es gastar. Es gastar el dinero de los demás, recurriendo al déficit tantas veces cuantas se considere políticamente necesario. No hay ejemplos de política económica del socialismo en países europeos –con la excepción de Suecia– que no terminen en tragedia para el crecimiento y el empleo. La decadencia inglesa hasta la Sra. Thatcher, el desfondamiento alemán, el fin del milagro italiano de los setenta, la crisis francesa iniciada por la semana de las 35 horas y la experiencia del socialismo español, son fenómenos políticos y económicos muy parecidos. Es verdad que tanto en Gran Bretaña como en Italia y Alemania una parte importante del deterioro se debe a gobiernos conservadores, pero siempre se trataba de gobiernos acomplejados con el “progresismo” y tan adictos al gasto como los socialistas.
 
No hay progreso posible con el socialismo. Y en España, por segunda vez, lo sufriremos en nuestras carnes. Con el PSOE y el aditamento de los nacionalistas se perderá empleo, y se resentirán la productividad y la competitividad de nuestras empresas. El equipo económico que ha organizado el PSOE, que a nivel personal es indudablemente competente, en particular el de Hacienda y Comercio, no tiene, sin embargo, fuerza política para enfrentarse a los desmanes a los que obliga la presidencia del gobierno y la propia ideología socialista.
 
El PP había encarrilado la economía española por el camino de la responsabilidad en las cuentas públicas. La política económica del PP no fue –y me repito– obra de Rato, sino de Aznar. Sólo el presidente del gobierno puede dirigir la política económica. Y me temo que Zapatero no es Aznar y no ya por principios, algo que conocíamos, sino por sus actuaciones. El Sr. Zapatero, como presidente, se está manifestando voluble, dispendioso y débil con el dinero público, porque piensa, como la mayoría de los socialistas, que gobernar es gastar.
 

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