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Daños colaterales: el caso cubano

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El tirano Castro lleva más de 40 años apoyando el terrorismo y cualquier operación que signifique una agresión contra los intereses de Estados Unidos. Fue de los primeros en aplaudir la subida de los precios del petróleo a mediados de los años setenta y a principios de los ochenta, convencido de que la URSS continuaría regalándole todo el que necesitara. Nunca previó que las subvenciones, primero, y la URSS después, desaparecerían. Aunque lo cierto es que las consecuencias, en términos de carestía y desabastecimiento, las pagan los cubanos, no él ni su oligarquía. Y también es cierto que ahora ha logrado que el perturbado Chávez pague, como antes la URSS, parte de la factura.

Si aleccionador es el caso del petróleo, lo es más aún el del terrorismo. En Cuba se han entrenado terroristas de todo el mundo, incluyendo a los de ETA. Y Cuba ha fomentado y exportado el terror donde ha podido, sobre todo en América Latina, África y Oriente Medio.

Los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington han debido llenar de satisfacción al viejo terrorista que es Castro, aunque públicamente haya manifestado su pesar por las víctimas inocentes. Lo que probablemente no esperaba eran las consecuencias políticas y económicas para Cuba.

Toda el área del Caribe está soportando caídas del turismo de entre el 50% y el 75%. Cuba no es, precisamente, de los más afectados, porque su turismo es básicamente canadiense y europeo, pero la caída de actividad le puede suponer más de la mitad de los ingresos netos por turismo.

Lo que Cuba había comenzado a experimentar eran las consecuencias de las mayores trabas legales de envíos de dinero de exiliados cubanos en Estados Unidos a sus familiares en la isla. La confirmación de la desaceleración económica ha agravado las pérdidas de ingresos de la economía cubana por ese concepto.

Lo inesperado ha sido la decisión rusa de dar por cancelado el arrendamiento de la base cubana de Lourdes, situada al sur de La Habana y que es el principal centro de espionaje de Rusia fuera de su propio país. El complejo de radioescucha de Lourdes fue construido por la URSS en un área de 50 Km2 de extensión, a un coste de 3.000 millones de dólares en los años 70. Hoy viven y trabajan en ese centro 1.500 asesores rusos con sus respectivas familias. La Habana cobra al año más de 200 millones de dólares anuales en concepto de arrendamiento, además de participar, en parte, de los frutos del espionaje.

La nueva alianza entre Rusia y Estados Unidos —que ya había intentado que se cerrara la base con ocasión del otorgamiento de créditos y ayudas tanto propias como del FMI— ha sido determinante. El enemigo común es ahora el fundamentalismo islámico, al que Castro apoya como puede.

Sin los ingresos de la base de Lourdes, y recortados drásticamente los procedentes de los exiliados (hasta hace un año la principal fuente de divisas), y del turismo, una nueva suspensión de pagos parece inevitable.

En esta ocasión el resultado será una hambruna de grandes dimensiones. Y comenzará, nuevamente, el proceso negociador. España, el principal acreedor y primer inversor en la isla, tendrá que pronunciarse sobre la concesión de nuevas ayudas y la refinanciación de las más recientes.

Es la hora de las exigencias políticas, de controles a la actividad subversiva, de la imposición de reformas democráticas y de las exigencias económicas, para evitar que cualquier ayuda humanitaria pueda transformarse, una vez más, en un negocio para el régimen.

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