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Donaciones y créditos

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Uno de los eslóganes de los manifestantes contrarios a la guerra contra Sadam Husein era el “no a la sangre por petróleo”. Nadie lo repite en estos momentos, pues es evidente que la reconstrucción de Irak implica unos tremendos gastos, que soportará, básicamente, Estados Unidos. Ni siquiera el restablecimiento de la capacidad de producción de petróleo será suficiente para atender a las necesidades más urgentes de la población, a la financiación de infraestructuras y a un mínimo pago de la deuda exterior heredada de Sadam Husein y que supera los 100.000 millones de dólares.
 
España se ha comprometido a pagar 300 millones de dólares, que es mucho dinero, excepto cuando lo comparamos con los mil millones de dólares de créditos FAD que nuestro gobierno concedió al argentino de Duhalde, en un gesto inútil, pues su sucesor, Kirchner, se muestra cada vez más envalentonado, dispuesto a provocar la quiebra de las principales empresas argentinas de capital español, en concreto las que suministran servicios básicos a la población. En el caso de la donación a Irak existe, al menos, la esperanza de que nuestro dinero contribuya a mejorar la suerte de los iraquíes, y a que la instauración de un régimen diferente, lo más democrático posible, constituya un elemento de moderación en Oriente Medio.
 
Lo único discutible, en relación con la donación española, es dejar en manos del Banco Mundial la elección de los proyectos en los que se va a emplear ese dinero. La administración española ha demostrado que es mucho más fiable que los organismos dependientes de las Naciones Unidas a la hora de distribuir la ayuda internacional.
 

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