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El éxito español y el fracaso argentino

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A. España y Argentina: planteamientos comunes
El desenlace de la crisis argentina, con la población desesperada y los políticos paralizados era previsible desde hace al menos cinco años. La razón última de la tragedia es una política económica equivocada; no motivos sociales y políticos –que también los hay. Los pocos que en España nos declarábamos euroescépticos, en relación con la integración de la peseta en la Unión Monetaria, –yo al menos– teníamos claro que el riesgo que corría la economía española era terminar en una situación económica, social y política como en la que ahora se encuentra Argentina.

Una unión monetaria, o un tipo de cambio fijo irrevocable de la moneda nacional con otra externa, o con el oro –aunque este es un caso especial–, al margen de lo que ocurra en la economía nacional, es un disparate teórico. Para que el experimento resulte positivo tienen que cumplirse una larguísima serie de condiciones, todas difíciles, política y socialmente. Y basta con que se incumpla alguna de ellas para que esa política económica termine en desastre.

Un ejemplo histórico pertinente de la crisis argentina es la que sufrió Gran Bretaña a principios de los años veinte, cuando el entonces ministro de hacienda, Churchill, decidió el reingreso de la libra esterlina en el patrón oro a un tipo de cambio sobrevalorado. Fue uno de los momentos estelares de Keynes, denunciando certeramente que esa decisión se convertiría en una catástrofe para su país. Tuvo razón en todas sus apreciaciones y hasta que Gran Bretaña no abandonó nuevamente el patrón oro no pudo salir de una terrible situación que, de hecho, se prolongó hasta la gran depresión.

B. El euroescepticismo español
Mi temor, cuando me oponía a la entrada de España en la Unión Monetaria a principios de los noventa, era doble. Por una parte, que la entrada se produjera a un tipo de cambio irreal, sobrevalorado, a 63 pesetas el marco alemán. Este primer riesgo pudo conjugarse cuando las cuatro devaluaciones de la peseta entre 1992 y 1995 llevaron el tipo de cambio con el marco al entorno de las 80 pesetas. Pero había un segundo riesgo, que los gobiernos posteriores a la unificación monetaria no tuvieran en cuenta que había que cumplir otras condiciones igualmente exigentes para que la unión monetaria no se transformara en una losa para la economía española sino en un impulso para el crecimiento y la modernización. Era imprescindible eliminar el déficit público, reducir el gasto público en términos de PIB, mantener estable el volumen total de deuda pública y lograr que los precios interiores y los costes laborales unitarios subieran igual, o ligeramente más, en el peor de los casos, que los del promedio del área económica en la que íbamos a integrarnos.

Mi desconfianza en todo tipo de gobiernos, de izquierdas, centro, o derechas, era muy alta. Con nuestros antecedentes, con un déficit público en torno al 8% del PIB en 1993 y 1994, equilibrar las cuentas públicas parecía una quimera. Mi postura, y la de otros euroescépticos, era: primero las reformas y después la integración. La postura del primer gobierno del PP fue diferente; mantuvo que sólo la integración en la unión monetaria les daría legitimidad para proponer y aplicar un ajuste fiscal y que si planteaban este ajuste sin el incentivo de la integración en la Europa monetaria no tendrían el apoyo político y social suficiente para llevarlo a cabo.

El primer gobierno del PP, la primera legislatura de José María Aznar fue contundente. Los ajustes se hicieron, se logró el equilibrio fiscal y fue posible que la economía española entrara en un proceso de crecimiento espectacular, al amparo de los bajos tipos de interés que permitía la nueva moneda y de otras medidas, como la moderación salarial, la política de privatizaciones y la reducción de impuestos.

Los riesgos de la integración en la unión monetaria no han desaparecido para la economía española. Sigue siendo imprescindible tener equilibradas las cuentas públicas y lograr que nuestro aumento de precios sea inferior al crecimiento de la productividad. Por eso es fundamental la ley de equilibrio financiero que ha propuesto, y conseguido que se aprobara, nuestro ministro de hacienda, el Sr. Montoro. El riesgo de la integración monetaria sólo desaparecerá cuando la economía española demuestre que es capaz de salir de una recesión sin devaluar –algo que no ha ocurrido nunca en los últimos cien años– y si logramos alcanzar el nivel de renta media europeo antes de que perdamos el diferencial de precios a nuestro favor, que nos permite competir activamente con nuestros socios europeos.

C. El caso argentino
Esta larga digresión era necesaria para explicar el fracaso de la política económica argentina de fijar irrevocablemente el tipo de cambio del peso con el del dólar, que se tomó en 1991.

Durante unos años, la economía argentina creció con firmeza, mientras se benefició del tipo de cambio favorable con el que se produjo la integración del nuevo peso con el dólar. Y también contribuyeron las entradas masivas de inversión extranjera y los ingresos fiscales provenientes de la venta de empresas públicas. La conjunción de estos tres fenómenos permitió que los tipos de interés se redujeran sustancialmente y que la economía creciera con solidez hasta 1996.

Después se agotaron esos tres factores. El tipo de cambio, con un dólar que se apreció enormemente, dificultaba la competencia internacional; disminuyeron los ingresos fiscales por privatizaciones y las entradas de capital extranjero por compra de empresas argentinas se agotaron.

Simultáneamente, los gobiernos argentinos se olvidaron de las rígidas condiciones que debía cumplir una política de tipo de cambio fijo y empezaron a incrementar el gasto público. Durante unos años no pasó nada, hasta que el aumento de la deuda pública se tradujo en un pago cada vez más voluminoso de intereses que, a su vez, incrementaban el gasto público y volvían a hacer crecer el déficit. Después, comenzaron a subir los tipos de interés y todo el experimento fracasó.

Desgraciadamente para Argentina, el genio malévolo de Domingo Cavallo se preocupó de hacer casi imposible una devaluación típica, pues se propició que tanto las familias como las empresas argentinas se endeudaran en el interior en dólares. En esas condiciones, una devaluación provocaría la suspensión de pagos de la mayoría de las empresas y familias argentinas. Cavallo pensó, sin duda, que esta realidad moderaría a los gobernantes de turno, que los convertiría en gestores prudentes que evitarían a toda costa el excesivo gasto y déficit público. Se equivocó. Y mientras ha estado en el gobierno ha intentado dar marcha atrás a una década de decisiones de aumento del gasto público, reduciendo salarios y forzando una disminución del gasto de la Administración central y las provincias. En la historia económica, este tipo de políticas de reducciones nominales de precios y salarios no han tenido ningún éxito. Lo único que ha funcionado ha sido la pérdida de ingresos reales y la disminución de precios reales que se logra por un proceso de inflación, que si se controla puede resultar positivo y si no se hace puede terminar en hiperinflación.

La economía argentina ha entrado en un círculo vicioso de reducción del PIB, menores ingresos fiscales, mayor déficit público, reducción del gasto público nominal, mayores tipos de interés, reducción de la oferta monetaria (porque los argentinos retiran todos los dólares de la circulación que pueden) que provoca nueva reducción del PIB, repitiendo una y otra vez toda esa rueda de miseria. El proceso sólo se acabará cuando desaparezcan los dólares de las reservas del banco central y toda la economía se mueva sobre la base del trueque o de la utilización de una tercera moneda sustancialmente devaluada respecto al dólar. Pero antes de llegar a este extremo el país habrá suspendido pagos. Cuánto más tarde, peor, porque la acumulación de deuda pública será mayor y más difícil será la renegociación internacional.

D. Otros elementos diferenciales
En este ejercicio de comparación entre el éxito español y la tragedia argentina, también debería haber mencionado otros tres hechos que facilitaban el éxito de España y contribuían al fracaso argentino. En España se ha prescindido totalmente de la peseta y se ha adoptado el euro, y el comercio exterior se realiza en un 70% con países de la zona euro. En Argentina se han conservado dos monedas, con lo que los tipos de interés nunca bajaron lo que podrían haberlo hecho y los intercambios en dólares con países de su entorno económico no son relevantes. Y en tercer lugar, la deuda pública española era deuda interna financiada en pesetas por los residentes españoles y la argentina era exterior y en dólares, con la consecuencia de que las devaluaciones no incrementaron la deuda externa en términos de PIB en el caso de España y la devaluación en Argentina supondrá que la deuda pública superará probablemente el 120% del PIB, porque es difícil pensar en que el tipo de cambio del peso no se deprecie hasta dos pesos por un dólar.

E. Conclusión
Tanto en el caso argentino como en el español, una política económica centrada en la adopción de una tercera moneda exige que las exigencias de comportamiento fiscal ortodoxo y de otro tipo por parte de las autoridades de cada país, se prolongue al menos una generación, entre 15 y 20 años. Sólo así, esas actuaciones pasan a formar parte de las tradiciones políticas y sociales del país y evitan, así, la pérdida de competitividad dramática que surge cuando no se respetan las reglas.

En el caso de España el rigor impera desde 1995, aproximadamente. Harán falta entre 10 y 15 años adicionales para poder proclamar, sin asomo de duda, que la unión monetaria ha sido un éxito. En el caso de Argentina, hay que partir de cero, permitir la libre fluctuación del peso, renegociar la deuda pública, habilitar un procedimiento para que la deuda en dólares de empresas y familias no se revalorice automáticamente con la devaluación del peso y lograr que, una vez estabilizado el tipo de cambio, se cumplan los requisitos fiscales que no se han respetado hasta ahora.

No parece sensato dolarizar después de la experiencia de la convertibilidad. Parece más prudente aceptar que las instituciones políticas y sociales no han demostrado, por ahora, ser capaces de responder a las exigencias de una moneda como el dólar. Y asumir los riesgos de tener un banco central irresponsable, porque lo que nunca se puede evitar es tener gobiernos irresponsables que se gasten lo que no tienen.


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