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El futuro de nuestra industria

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La industria  española, como la mayor parte de la europea, tiene un futuro complicado.  Una gran parte de Asia –no sólo China, sino también India, Corea del Sur o Taiwán, además de los países del este europeo– cuenta, en estos momentos, con mano de obra cada vez mejor formada, pero barata, tecnologías modernas compradas en occidente, presencia activa de multinacionales que integran sus producciones en sus cadenas globales, monedas débiles –ligadas al dólar– y acceso libre a los mercados de los países desarrollados, que hace tiempo abandonaron las limitaciones a las importaciones de productos industriales. 
 
Esa competencia –que, a veces es desleal porque se manipulan los costes de producción para reducirlos artificialmente– será tremenda durantes los próximos diez o veinte años.  Hasta que el aumento del nivel de vida en esos países comience a igualar sus costes de producción con los de los países desarrollados y su demanda interna se multiplique.
 
Para afrontar ese periodo de máxima competencia, la industria española necesita inversiones en tecnología, mejor formación profesional, flexibilidad laboral –que significa que la empresa pueda decidir cómo se distribuye temporalmente el trabajo durante el año–, moderación salarial, atención a los clientes y creación de marcas.  A pesar de lo cual, muchas industrias se tendrán que desplazar a otros países.
 

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