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Entre la vergüenza, la indignación y el asombro

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No puedo remediar el sentimiento de indignación que me invade ante el comportamiento del PSOE y el resto de las izquierdas en los días posteriores al atentado de Madrid y previos a las elecciones. La tradición golpista de la izquierda española se puso una vez mas de manifiesto. No se respetó ni el dolor de las victimas, ni la legalidad ni, por supuesto, la verdad. El pasado —y presente— revolucionario del PSOE, verbalizado y organizado por Prisa, apareció una vez más; primero por el temor a perder las elecciones y después para propagar la infamia de que el ministro Acebes mentía al atribuir el atentado a ETA y ocultaba información vital a los españoles.
 
La vergüenza que siento, compartida por más de nueve millones de personas, no va a variar el resultado de las elecciones. Pero quiero que quede constancia de que a mí, y a muchos españoles, nos afecta la manipulación de la izquierda. Y que no tienen razón, aunque una mayoría de españoles les apoye.
 
Durante el último año hemos vuelto a comprobar que la violencia, la intimidación, las amenazas y la mentira son las señas de identidad de buena parte de la izquierda española. Es posible, incluso, que sin la colaboración de los terroristas, el PSOE hubiera ganado las elecciones, o hubiera igualado los resultados del PP, lo que sumado a los escaños de todos los nacionalistas le hubiera permitido gobernar. Pero la utilización del dolor de las víctimas deslegitima el próximo Gobierno del PSOE. Gobernara legalmente, y no seré yo el que proclame lo contrario, pero su mandato estará manchado de ignominia.
 
No es muy frecuente que unas elecciones se ganen por la política exterior defendida por uno u otro. Y en esta ocasión tampoco ha sido así. La guerra de Irak parece haber sido determinante, pero aún más inmediato era su influjo en las elecciones de mayo y no pesó en los resultados, a pesar de ser unas elecciones locales y autonómicas en las que podía haberse castigado mucho más al Gobierno del PP. Estas elecciones se han decidido por el atentado de Madrid, no por la política exterior.
 
Es posible, por lo que se va sabiendo, incluso, que pesara en los terroristas marroquíes más Perejil que Irak. Aunque tampoco está claro el nivel de colaboración con Al-Qaeda y con la ETA. Quizá lo sabremos, o quizás no, porque ahora gobernará el PSOE y seguro que el ministro del Interior no será una persona tan recta como Acebes.
 
Para mantener, ante muchos votantes, que el PSOE ha ganado por su posición en política exterior, Zapatero y Moratinos no han dudado, en sus primeras intervenciones, en afirmar que España cambiará sus alianzas, aunque nos perjudique. A cambio de nada renunciamos a los acuerdos de Niza, que nos permiten, como Estado, hacer valer nuestros intereses y opiniones en la construcción de la Unión Europea. Directamente nos declaramos país de tercera división, vasallos de Francia, y nos entregamos a la volubilidad del presidente francés de turno, que decidirá por nosotros. Sin negociación, sin compensación, sin hacer siquiera la pantomima de una cumbre de la reconciliación con la vieja Europa.
 
Lo que significa una entrega de soberanía, sin consulta popular, mucho mayor que la que supusieron los acuerdos de entrada en la Unión Europea y los posteriores de Maastricht y de Amsterdam. Aceptamos todo lo que decidan Francia y Alemania, sin posibilidades de razonar. Renunciamos a nuestro voto. Renunciamos a defender nuestros intereses económicos y políticos. Renunciamos a poder defender a otros países aliados. Traicionamos a Polonia y a muchas nuevas democracias del este de Europa, que se apoyaban en nosotros para completar su transición a la democracia y defender sus intereses. No hay incompetencia en las posiciones políticas del PSOE, hay el deseo de ocultar cómo se han ganado las elecciones. Y por ello se sacrifican, sin negociación, los intereses de todos los españoles, excepto los de la clase política gobernante.
 
El giro en política exterior se completa con el cobarde abandono a nuestros aliados en Irak. No importan los acuerdos ni los compromisos. Aunque en esta ocasión no se puede acusar a Zapatero, como en el caso de la Unión Europea, de no haber advertido lo que pretendía hacer. Pero debemos ser conscientes de que una declaración de hostilidad abierta contra Estados Unidos supone unos tremendos costes para España. Económicos, pues vamos a perder la posición privilegiada que habían ocupado allí nuestras empresas en estos meses, con lo que eso implicaba para Iberoamérica, y políticos, pues frente a los riesgos que puede desencadenar una crisis nacional, la amenaza a Ceuta y Melilla por parte de Marruecos, y el desafío terrorista, etarra e islámico, dejamos de contar con el apoyo de la única superpotencia mundial; incluso peor, nos encontraremos con su indiferencia o su hostilidad. Gane quien gane las elecciones norteamericanas. ¿En quién va a confiar Zapatero? ¿En la Francia de Giscard —el protector de etarras—, en la de Chirac —enemigo de España durante la crisis de Perejil—?
 
A la demagogia previa a las elecciones ha sucedido el cinismo, por parte del PSOE, de pretender defender posiciones europeístas y antimilitaristas, cuando lo que se quiere es ocultar la utilización partidista del atentado de Madrid.
 
Durante unos días me he sentido profundamente avergonzado; después me he indignado. Ahora estoy asombrado. De momento por la política exterior. Pero seguro que esto sólo es el aperitivo y que tendremos, desgraciadamente, muchos más motivos para la estupefacción.

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