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Euroescepticismo

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Ya hemos alcanzado el 4% de inflación interanual, mientras la economía –aunque no opine igual un sector del Gobierno– continúa dudando entre el estancamiento y una desaceleración más profunda. La cifra impresiona, porque, aunque se esperaba, se creía que se alcanzaría en diciembre, y ello hace temer que pudiera subir todavía más.

La consolidación del aumento de los precios a un ritmo de crecimiento tan alto acerca el riesgo de que también los salarios aceleren su alza, el peor panorama posible para la economía española. La parte pésima de la noticia no es tanto la subida en sí de los precios, cuanto que se produzca en un momento de reducción del ritmo de crecimiento del consumo.

Este escenario era el que nos preocupaba a los que la entrada de la peseta en el euro nos parecía prematura. La evidente pérdida de competitividad que comporta –a niveles del 4%, con otros países de la unión monetaria en el 1%– se traducirá, si ese diferencial no disminuye, en menor crecimiento que el resto de los países de la unión en tres o cuatro años.

Si esto ocurriera se habrían cumplido –desgraciadamente para España– todos los temores de los euroescépticos: un gran crecimiento en los primeros años del euro, cuando las devaluaciones y el tipo de cambio favorable, de 166,386 pesetas por euro, dejarían sentir sus efectos y unos años posteriores, y muy largos, de desaceleración y menor crecimiento que Alemania y Francia, los países que no devaluaron antes de la integración en el euro.

En repetidas ocasiones he expresado mi opinión de que el test de la unión monetaria para la economía española será el de ver si somos capaces de volver a crecer tras una recesión o una desaceleración profunda, como la que estamos sufriendo. En la historia de España, al menos en el reinado de la peseta, nunca fuimos capaces de volver a hacerlo sin devaluar previamente. Sigo dudando que esta vez, cuando es imposible devaluar por nuestra pertenencia al euro, consigamos superar la desaceleración.

Afortunadamente, el rigor fiscal que ha impuesto el gobierno nos permitirá impulsar algo la economía en 2003, gracias al descenso del IRPF. Para los años siguientes, sólo quedaría ese mismo factor de expansión nacional autónoma. Pero si el deseo de ganar las elecciones emborracha al PP hasta llevarle a incurrir en un déficit público en 2003 o los años siguientes, o si gana el PSOE –en cuyo caso es inevitable el aumento del gasto público–, la economía española comenzaría a sufrir tanto por el tipo de cambio como por las finanzas públicas. Ambas variables contribuirían al estancamiento económico. El peor de los mundos posibles. Sin ninguna esperanza.

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