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Fracaso en Cancún

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El previsible fracaso de la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Cancún es, también, un retroceso de la globalización. Ésta es un proceso por el que se impulsa la competencia entre los productores de cualquier bien o servicio en todo el mundo, lo que resulta beneficioso para todos los consumidores.

Sus enemigos son, en primer lugar, la mayoría de los gobiernos, que ven limitada su capacidad para defender a sus empresas menos eficientes; en segundo lugar, todas las personas, partidos políticos, ONGs y organizaciones que defienden gobiernos no fuertes, sino intervencionistas, y apoyados en altos impuestos; en tercer lugar, los empresarios que o no quieren o no pueden aguantar la competencia, y, en cuarto lugar, todos los empleados que temen, también, perder su puesto de trabajo si su empresa, o su país, no son suficientemente competitivos, por la razón que sea.

Ante tal conjunción de enemigos, el avance de la globalización podría parecer un milagro, pero no es sino la respuesta racional de los políticos a los enormes beneficios –en forma de precios más bajos– de los que disfrutan los consumidores –en definitiva, los ciudadanos que votan, donde lo hacen– en todo el mundo. La globalización no sólo ha elevado el nivel general de vida, sino que ha estrechado las diferencias entre países ricos y pobres.

Pero, en momentos de crisis económica –como los actuales–, la defensa de los intereses de los sectores más expuestos a la competencia, como el sector agrícola en los países desarrollados, se impone a los intereses generales de la población. El fracaso de Cancún es el triunfo de la irracionalidad, del temor y del egoísmo de los gobiernos de los países ricos.

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