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Kioto no existe

La mala conciencia de los que ya se han desarrollado –o no del todo, como España– sin embargo, es patente en la libertad que se da a todo el resto del mundo para que emitan todo el CO2 que quieran

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El crecimiento de Asia, en particular el de China e India, durante los últimos años, ha revolucionado el mundo de la energía. Durante 2003 la producción de petróleo en todo el mundo aumentó un 3,5% –y ha sido insuficiente para atender un aumento todavía mayor de la demanda–, pero la de carbón lo hizo en casi un 7%. Entre otras razones, porque el coste de producir energía eléctrica quemando carbón es la tercera parte del que resulta si lo que se utiliza es, no ya petróleo, sino gas natural. Y al tiempo que existen discrepancias profundas respecto a las existencias de petróleo a largo plazo, no las hay respecto al carbón. Es un producto abundante, casi inagotable, fácil de transportar y sus depósitos mayores se encuentran, precisamente, en el tercer mundo, en China e India, pero también en Latinoamérica, Rusia, Australia y –como de casi todo– en Estados Unidos. El precio del carbón ha aumentado en 2003 casi un 80%, arrastrado por la demanda y subida de precios del petróleo, pero sigue siendo –como explicaba al comienzo– un producto barato para producir energía.
 
Traigo a colación estos datos para relacionarlos con la posible entrada en vigor del protocolo de Kioto el próximo mes de febrero de 2005, y su efecto en el objetivo que pretende: evitar el calentamiento global; porque hay una mayoría de especialistas que aseguran que ese calentamiento está causado por el uso masivo de energías de origen fósil, en concreto petróleo y carbón. Una proposición no científica en la definición popperiana, porque esa afirmación no es contrastable. Pero dejémoslo ahí.
 
Sin embargo, el propio protocolo de Kioto preveía que hubiera países que no lo ratificaran, como Estados Unidos, y otros a los que, aunque lo ratificaran, no les afectaría, imponiéndoles restricciones, dado su carácter de países en vías de desarrollo, caso de China e India.
 
Nos encontramos, por tanto, en este momento, con que los mayores consumidores de energía del mundo, Estados Unidos, China y la India no tiene ningún límite a la producción y expulsión de CO2 a la atmósfera y que, por el contrario, la Europa desarrollada tiene que ser cuidadosa porque si expele más CO2 que el acordado tiene que pagar grandes multas que, según el tratado, terminarán invirtiéndose en países como China e India, entre otros muchos, que –como acabamos de ver– no tienen ninguna restricción para la producción de CO2. Una situación que no preocupa mucho en nuestro decrépito continente, porque casi el único país que incumple es España, porque mientras la economía española crecía y creaba empleo en los últimos diez años –y aumentando en justa correspondencia el consumo de energía–, el resto de Europa permanecía estancado –con excepciones como Irlanda– consumiendo la misma, o incluso –caso de la Alemania reunificada- cada vez menos energía.
 
El protocolo de Kioto se va a aplicar, pues, efectivamente, imponiendo restricciones y multas, quizá a 60 ó 70 millones de personas en el mundo (España y otros pequeños países en Europa), mientras los 1.300 millones de chinos, los 1.200 millones de hindúes, los 380 millones de americanos, los otros 350 millones de europeos que sí cumplen Kioto por su estancamiento, el resto de la población de Asia –con la excepción de los 120 millones de Japón, que también vive estancado desde hace 13 años– y, por supuesto, los quizá 500 millones de africanos, no participan en el esfuerzo.
 
Las cifras de crecimiento del uso de más energía de la que hablamos son apabullantes. Sólo en China la producción de carbón ha pasado, en 4 años, de 500 millones de Tm. a las más de 1.000 millones de Tm., que posiblemente producirán este año. Para que tengan una cifra con la que comparar, España produce al año 20 millones de Tm. de diversos tipos de carbón.
 
Lo que pretendo con estas líneas es poner de manifiesto la auténtica importancia de Kioto: lo limitado de sus pretensiones, lo patético que resulta ver reflejado en su texto la mala conciencia de los políticos europeos que, azuzados por la preocupación ecológica de sus poblaciones, han aceptado el castigo que podría suponer Kioto por el pecado de haber crecido y haberse desarrollado antes que el resto del mundo –desde el S. XVIII–, por haber consumido energía sin límites, ni medidas de control de calidad durante más de dos siglos, mientras el resto del mundo sólo quemaba leña.
 
La mala conciencia de los que ya se han desarrollado –o no del todo, como España– sin embargo, es patente en la libertad que se da a todo el resto del mundo para que emitan todo el CO2 que quieran. Pero ¿qué sentido tiene limitar las emisiones de 450 millones de personas, de los que sólo alrededor de 60 / 70 millones se exceden de lo acordado en Kioto, cuando no hay límites a los otros 5.500 millones de personas que viven en el mundo y que es, ahora, precisamente, cuando van a comenzar –ya lo han hecho– a emitir masivamente CO2 a la atmósfera? Por cierto, la hipocresía se completa porque los mismos prejuicios ecologistas que condicionaron a los políticos europeos a aceptar Kioto, les obligan a renegar de la energía nuclear –que no emite CO2 –, e incluso de la de origen hidroeléctrico, por el supuesto irreparable daño medioambiental que producen.
 

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