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La excepción irlandesa (12-2-01)

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El inmejorable estado de salud de la economía irlandesa provoca acidez en los responsables comunitarios. Atreverse a crecer al 10%, con un superávit presupuestario del 4,6% del PIB, les parece una afrenta a los burócratas de Bruselas.

El pecado irlandés es haber programado para 2001 una rebaja de impuestos que –aunque dejará el equilibrio presupuestario en claro superávit— supondrá, aparentemente, un empujón a la economía de 0,5 puntos. Poco que añadir a un país que atrae a sus propios emigrantes de otras épocas, tiene un paro inferior al 4% y ha superado en renta per a Gran Bretaña.

Simultáneamente, y es el motivo oficial de la rabieta de la Comisaría del Sr. Solbes, la inflación de Irlanda, continuará en altísima tasa. Tras alcanzar el 7% en 2000, ha descendido sólo hasta el 5%, aproximadamente.

El Sr. Solbes desdeña la teoría económica que explica que esa inflación es la consecuencia de los bajísimos tipos de interés del euro –4,75— para una economía que crece al 10% y quiere arreglarlo subiendo todavía más el superávit fiscal. Se trata de un objetivo no contemplado en los acuerdos europeos, que sólo preveían que los planes de estabilidad de cada país debían buscar el equilibrio.

Para más inri, la deuda pública irlandesa continúa su descenso y es ya la segunda más baja de la Unión Europea, después de haber alcanzado, a finales de los ochenta, el 120% del PIB. La afrenta que significa el éxito de una economía de bajos impuestos es más de lo que pueden soportar nuestros eurócratas, que buscan en la reunión de ministros de finanzas comunitarios la condena del intento irlandés de volver a bajar los impuestos, una medicina que provoca vahídos al socialdemócrata Solbes.

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